Y enciendo el fuego

Hoy, como tantos otros días, inmerecida bendición de mi vida, he conversado con muchas personas. Una a una no son gente. Me gusta la gente, pero me entusiasman las personas. Cada uno, cada una es un espíritu en el tiempo. Como estamos encerrados en las incontables paredes del tiempo cambiamos. Nos vamos transformando. Nos deterioramos. El tiempo es compañero de nuestro equipo. El resto del equipo son ellos y ellas: personas.

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Ayer Paco tuvo que retirarse del partido: su gato, jugando le había mordido la mano; le dolía y la tenía inflamada. Nos dijo que se iba al médico.

Por su parte Juan tendrá que llevar el lunes a su caniche gigante de gran belleza al veterinario. Otra amiga tiene peceras con ejemplares exóticos: malawis; globos, ángel emperador; un par de moorish idol, peces tigre y qué se yo.

En la terraza del ala Oeste de la Casa Club mis amigos dan de comer con cariño trozos de patatas fritas o migas de pan a la colonia de gorriones que anidan entre las vigas.

Está bien, coleccionar o tener afición por los animales.

Muchos otros buscan tener coches, relojes, pistolas, bonsáis o mansiones. Son cosas en el tiempo. Aunque el tiempo por naturaleza tiende a cero para animales y cosas, me parece bien si a ellos les parece bien.

Pero tiene mejor aspecto coleccionar amigos. Hay una parte de los amigos que también desaparece. Ley de vida es la muerte. Pero sólo si pensamos que ahí acaba todo. Entonces tendrían razón y un amigo es como un coche, como un caniche gigante o como un pez tigre.

Pero la verdad que yo percibo es que soy querido no como una pistola, como el gato que ronronea el sofá o el gorrión que se zampa, sin dar las gracias, un migajón.

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No me resigno a que la emoción de querer pueda morir en una negra tarde de mayo. No me es posible vivir pensando que no podré dar de mí infinitamente. Será un dar torpe, de acuerdo, porque este espíritu no es perfecto pero tendremos que querernos aquí para hacer nadar este corazón hasta el latido sin fin.

Cierto que ya invertimos algún tiempo en algo a favor de personas. Seguro que sí. Ya lo hacemos. La amistad y el amor están en eso.

Tantas veces se ven pasos en sentido contrario como la queja, la grosería o el juicio desaprensivo.

A mi restaurante se viene a disfrutar, me molesta la gente que lo juzga todo” dice Bittor Arginzoniz (El Mundo, 17/11/22): “lleva más de una hora delante del fuego. ‘Vivo en un caserío a un minuto en coche de Etxebarri y, entre las siete y las ocho, me meto aquí y enciendo el fuego’, cuenta este Premio Personaje Fuera de Serie 2019 en Gastronomía.” Y no entiende el ánimo criticón, quejumbroso.

Asador Etxebarri

Y enciendo el fuego. Es sencillo y, con la llama diaria, lo que prende es felicidad. El motivo primero es la persona. Y, una vez amada, la comunicación tendrá que hacer el resto: enciendo el fuego, lo mantengo vivo; escucho, miro, recuerdo, avivo la brasa, hablo, escribo. Y mientras el tiempo representa su función, el espíritu hace la suya: renacer. Con esto no puede el tiempo.

Idea fuente: disfrutar; la amistad mejor.

Música que escucho: Detalles, Roberto Carlos (1971)

José Ángel Domínguez Calatayud

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Volved a los principios

Volved. No es una orden. ¿qué autoridad podría tener para darla? Volved es una sugerencia, una recomendación, un ruego si queréis, mis amigas, mis amigos. Lo descubrí hoy mismo.

Esta tarde de sábado he jugado un campeonato de golf. Podría haber sido de rugbi, de fútbol cinco,… de bolos. ¡Qué más da!

Pero ella estaba allí, en la cafetería donde he parado a tomar un sándwich.

Ni por  la hora ni por el sitio esperaba encontrarla. Estaba sola. Sola es una palabra  corta también para describir su estado de ánimo. Un alma es la compañía de los que te quieren, de los que te recuerdan, de los que te esperan. A Cira, esa tarde, parecían faltarle los tres tipos de plenitud.

Charla en la cafetería

Hoy, después de mi pobre resultado deportivo, quería haber estado sólo con mi sándwich, mi Dos Maderas con Coca-Cola Zero Zero  los mail pendientes de leer en el móvil y, en todo caso, mi música, la que suelo poner cuando escribo. De hecho estaba pensando de qué escribiros.

Total, que me he sentado en la mesa con Cira, tras asegurarme de que a nadie esperaba.

.- Claro que puedes sentarte. ¿Quién, si no? – me ha dicho, diciendo con los ojos más que con las palabras.

Ya la frase tenía su mensaje, una carga de profundidad.

Después hemos hablado de viejos amigos del lejano Bilbao. Casi era un divertido juego de adivinanzas. El tiempo no borra los sentimientos que clavaron sus anclas en nuestra biografía, pero deshace los detalles como el café al azucarillo: quién estaba allí el día del primer saludo; cuándo fue el primer baile o el primer beso; qué fue de tal o cual amiga del cole; qué fue de aquel grupo musical que formasteis entra cuatro amigas.

Gran Vía

Nos hemos reído con tonterías de dos teenagers que ya son sixtagers. La perspectiva del tiempo es la que es. Puede ser maravillosa. También cruel.

Yo, escuchándola pensaba en “A la búsqueda del tiempo perdido” (Proust) que ella ha citado. Y, también, esperaba que en algún momento me preguntara por Alejo: los dos fueron la primera pareja de enamorados que conocí de cerca. A ellos el tiempo les dio sus dos caras: la de la maravilla y la del cruel dolor que ya no tuvo consuelo: cuando ser todo paso a ser nada.

.- ¿Le has visto últimamente? – preguntó con una aire de fingida indiferencia, desmentida por su característico gesto de labios fruncidos mientras sacudía de su falda unas inexistentes migas de pan.

.- ¿A quién? – fingí por mi parte por ganar tiempo. Tiempo que, mirándome a los ojos con una ligera inclinación de cabeza, no me concedió.

.- ¡Ah! ¿Ale? estuvimos viendo juntos un exposición de Magallanes. Sigue bien. Algo idealista, como siempre.

.- Ya – respondió, sabiendo que idealista significaba que aquel muchacho de la Gran Vía no olvidaba lo inolvidable. Luego siguió como si lo que decía a continuación no tuviera que ver nada más que con un invierno de abrigo en el norte.- Le he dicho que vuelva…; ¡¡Volved!!.

.- ¿A quién te refieres?

.- Una sobrina que se ha peleado. Se ha marchado de casa. Me lo ha dicho sentada donde tú estás ahora. ¡Volved!, le he dicho: aunque sea unas horas. Mírale como la primera vez, como la segunda. Escucha lo que vaya a decir. No digas más. Pero volved. Vuelve para asegurarte de que si tienes que huir esa huida es la mejor solución. Eso le he dicho.

Photo by Lukas Neasi on Unsplash

.- Entiendo – le he respondido. Ella y yo sabemos con experiencia que son cantidad matrimonios y familias que no se  dan segundo tiempo, partido de vuelta o, siquiera, una corta prórroga.

Pasa lo mismo en la amistad, en la política y en los negocios que confunden valores con principios. Los primeros te dan la motivación que es tan necesaria. Pero los principios hablan de la integridad, de lo que se quiso al iniciar y de lo que no depende de uno. Uno depende de ellos.

.- Finalmente, después de una hora de conversación ha decido volver. Cosa de realismo y pensar en la consecuencias. Como le he citado a Marcel Proust me ha escrito un mensaje con un cita suya: “Nous n’arrivons pas à changer les choses suivant notre désir, mais peu à peu notre désir change”.

Adaptar poco a poco los deseos sin cambiar los principios da mucha armonía vital.

Dejé a Cira muy tranquila. Y, sí, más pensativa. Creo saber por qué.

Idea fuente: los valores son nuestra elección. Los principios nuestra inteligencia.

Música que escucho: Foolish Games, Jewel (1995)

José Angel Domínguez Calatayud

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Ancianos pero personas

Entré esta tarde en la iglesia del Corpus Christi de la Avenida de la Palmera. Eran las siete de la tarde. Para ser día laborable había un buen número de personas. Me puse en la zona media de la derecha.

Dos bancos por delante estaban dos personas viejas. Ancianas, si lo prefieren. De la tercera edad, si se me ponen oficialistas y políticamente en orden.

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Me atrevo a presumir que eran matrimonio. Ambos vestían de gris elegante, a juego con sus cabellos. El abrigo de ella, de amplios cuadros, se mantenía sujeto por la espalda con una trabilla del mismo paño y doble botonadura. Él vestía una amplia cazadora invernal.

Ella parecía no atender a la misa que había comenzado: miraba a muchos lados. Él, sin perder detalle del rito no quitaba ojo de la mujer. Ella era menuda y temblorosa como una última hoja de árbol en otoño. Más robusto él y más alto estaba presto asistir a su mujer que, como un gorrión, seguía con los ojos lo que a su alrededor ocurría. Dos amplias manchas oscuras en su mejilla derecha hablaban del tiempo y sus estragos.

Nunca me pareció angustiada, pero sí inquieta o interesada por lo que ocurría cerca de nosotros. En algún momento, siempre a destiempo de la liturgia sonaba su dulce voz con una plegaria. El marido con exquisitos modales de una ternura llena de paciencia le decía algo al oído y ella entendía que la atención estaba en el altar.

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Siguió la ceremonia. Al poco de volver de la comunión volví a escuchar la voz de ella diciendo “vamos para allí”, señalando el pasillo como si quisiera volver a comulgar. Sujetándola suavemente de la manga derecha el hombre volvió a decirle al oído algo con pausa y ella desistió de avanzar. Pero cantó por su cuenta, ella sola y en tono muy quedo, una estrofa de la canción que los asistentes habían cantado unos minutos antes.

No sé que enfermedad padecía aquella mujer con la cabeza trastornada. Pero sí supe, y confirmé cuando pasaron por mi lado al salir de la mano por el pasillo central, que el amor tiene muchas formas pero un sólo corazón.

Photo by Priscilla Du Preez on Unsplash

Puede sonar brutal, pero si pierdo la cabeza quisiera ser tratado con la ternura con la que aquel anciano comunicaba con pacientes gestos todo una amor en lo concreto. Puede sonar irreal, pero aquel cariño era de novios. Puede parecer imposible pero me hice casi niño en la sombra del templo imaginándome capaz de volcar una tierna ayuda enamorada a mi lado y a mi adentro.

Idea fuente: minutos de servicio de visible amor, evocadores de los que no vemos.

Música que escucho: And I Love You So, Perry Como (1973). El autor de la canción fue Don McLean que la lanzó en 1969.

José Ángel Domínguez Calatayud

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Coraje para la verdad

Me he tropezado esta mañana con una canción de Celine Dion, titulada “Courage”. Para ser veraz, ha sido ella la que me ha salido al paso. No Celine, claro, sino la canción.

Ha asaltado mi móvil por medio de una “recomendación” de YouTube. Tiene esta plataforma audiovisual la costumbre de enviar avisos con recomendaciones de cortos vídeos y música. Lo tienen bien trabajado. Envían pocos y cortos, pero certeros vídeos de golf, mi aflictiva afición, y de cuestiones humanísticas. Será el Big Data o los perfiladores, pero me tienen más que fichado que a Pablo Escobar. Y lo dicho: aciertan. Aciertan en los videos y en las canciones: casi todas las que envían me gustan. Algunas han acabado siendo “música que escucho” en más de un post de este Blog Personal.

Photo by Markus Spiske on Unsplash

Aún reconociéndome culpable de que tengan tantos datos de mí, reconozco que me agrada en este caso hallar música que me inspira.

Por eso, volviendo a la canción de la artista canadiense, me ha parecido genial que “Courage” entre hoy en mi vida como una suspiro de esa amiga que no me olvida y se une a mí como si yo pasase malos momentos.

Las grandes aspiraciones de la humanidad están necesitando valor de personas normales. Y, con más razón de las personas excepcionales. “Courage, don’t you dare fail me now”. “Coraje, no te atrevas a fallarme ahora” es el estribillo y la llamada.

La verdad, que es algo que existe, está gritando a nuestro coraje que no le fallemos: desde periodistas a profesores de instituto; de modelos a políticos, de sabios a expertos, de ti a mi; está esperando algo más de lo hecho hasta ahora.

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Ruedas de molino se están repartiendo desde tribunas, series y documentales como ibuprofeno y la buena gente tragándoselas sin siquiera receta.

Eso era de esperar pues se ha ido cebando el motor del embuste ante nuestros propios ojos. Y no en cosas sin importancia, sino en asuntos como mujer, matrimonio, libertad de educación, respeto a la vida, defensa de la libertad de otros, salarios, creación de riqueza y un largo etcétera.

Cada uno de nosotros, sobre todo los que por tener el talento están más obligados a actuar, podría hacer de la canción de Celine Dion una oración al levantarse. Una plegaria llamada “Coraje, no te atrevas a fallarme ahora”. Sí, hoy, esta mañana.

No te atrevas a dejarme solo a la hora de hablar lo cierto; a la hora de callar la ofensa; a la hora de escribir el amor. No te atrevas a abandonarme cuando debo abrazarme al dolor del débil. No puedo sin ti, Coraje de la Verdad, ni mirarme al espejo, ni andar las espinas que quitan angustias o cantar las alegrías de – ¡tantas! –sendas limpias y sin doblez para unir sin claudicar, servir sin esperar gratitud.

El coraje para la verdad es un emergencia nacional. Y la verdad se busca, se encuentra, se contrasta y se dialoga sin temor. La verdad necesita una pelea propia porque no es el timbre para que llegue el champagne.

Traduzco a Dion.

Entonces, coraje, no te atrevas a fallarme ahora

Porque no es fácil cuando no estás conmigo

Este mundo de locura va más rápido ahora

Y es un choque de trenes, pero aún no me estrellaré

Mientras tu eco nunca se desvanezca”.

Idea fuente: sugerencia de una canción para salir de la cobardía y la mediocridad.

Música que escucho: Courage, Celine Dion (2019)

José Ángel Domínguez Calatayud

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El lugar es comunicación. Y el tiempo

En otra vida tuve que organizar conferencias y convenciones. Ahora les llaman eventos. Aceptemos la palabra que evoca el tiempo, lo que pasa y deja de ser, lo exactamente eventual. El tiempo es superior al espacio.

El tiempo no es el final. El lugar sí es el final. Sólo así se entiende lo de “ahí te quedas”. El tiempo, sin embargo, sobrevive a la expresión “tú tiempo se acabó”. Puede finalizar el tiempo de dedicarse a una cosa. Pero somos mutables y renacemos a nuevos retos. La vida continúa, aquí o Allá. Es la clave para entender la necesidad de “aprovechar el tiempo”, que resuena a revitalizar, a dar un nuevo y refrescante aire a lo que queda de existencia.

En cambio “aprovechar el espacio” suena radicalmente a limitación.

Total, que viene mi amigo Leandro. Hoy es su santo. Pero ni su fiesta le ha liberado de acudir al fisioterapeuta que le trata una lesión. Hoy le iba a manipular huesos y músculos en una sala de consulta diferente a la habitual.

Allí ha sacado la foto que acompaña estas líneas. Es una frase conocida fijada en la pared delante de la camilla: CUIDA y ama tu cuerpo, es el único lugar que tienes para VIVIR”.

.- ¿Qué te parece? – me ha preguntado

.- Me parece necesaria la primera parte, eso de “cuida tu cuerpo” – le he respondido.

Estoy convencido de que si hay que cuidar la Naturaleza, la parte más cercana de ella es nuestro cuerpo con su piel, sus músculos, sus huesos y todo sus órganos. La falta de atención al propio cuerpo es un descuido. Imperdonable siempre que no degenere en una de estas dos cosas: en obsesión o en olvido del cuerpo de las otras personas: 1000 niños mueren diariamente por falta de acceso al agua potable.

Pero insisto, lejos de fariseísmos, cuidar el propio cuerpo es un deber.

La segunda parte de la frase – Cuida tu cuerpo, es el único lugar que tienes para vivir – tiene su capacidad de gancho. En este sentido es una expresión con cierto ingenio como reclamo para el yoga, los productos nutricionales o una mejor atención a las causas del lumbago.

Ahora bien, ¿es una frase cierta? ¿No es más verdad si la expresamos a la inversa: cuida tu cuerpo, es el único lugar que tienes para morir?

A Leandro esta respuesta le parece una boutade. Quizás tenga algo de razón.

Y a mi, no obstante me parece si no más atractiva, sí más real la frase escribiéndola así: “Cuida tu eternidad, es el lugar donde vas a vivir para siempre”.

El cuerpo sí es el final. El tiempo no es el final: tiene continuación, porque está hecho de libertad: será sustituido por la responsabilidad de haberse dado.

Por eso, aun sin saberlo, vivimos hasta el estremecimiento lo más parecido a la eternidad que es el amor. Aquellos gritos que emitía la arena mientras caminábamos juntos por una playa del Norte; el aliento perdido, la mano amiga, el cuadro pintado para enmarcar un sueño o el poema de amor. La eternidad es el lugar donde ya puedes empezar a vivir la confidencia, la amistad vivida y viviente, y la risa dulce de lo que no acabará.

Leandro se ha quedado pensativo. Recuerda algo. O alguien.

En un rincón del alma

Idea fuente: cuida tu cuerpo, es el único lugar que tienes para vivir.

Música que escucho: Need You Now, Lady Antibellum (2010)

José Ángel Domínguez Calatayud

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