La Rotonda interior

En un post anterior cité de pasada de La Rotonda. Era este un lugar central de la casa paterna. Se trataba de un espacio, considerable ampliación del pasillo, con ventanas de cristal emplomado que daban al patio y que hacía las veces de sala de estar: punto de encuentro. Sala de vivir.

Rincón de tertulia. Recodo del primer amor, mientras, tú y yo, quedábamos tocados por la frase certera, por la estrofa de Sound of silence  o por la dicha de estar juntos mientras veíamos “La senda de los elefantes” (Elisabeth Taylor, Peter Finch) en la televisión.

Moyúa, 6

Sé que escribo esto porque he leído un mensaje tuyo y porque Iñigo, ese hermano y común amigo, se nos ha ido. Un plus de emociones. Pero ahora llueven retazos de realidad ¡Ah! aquella Rotonda.

Es compleja la vida de una casa de familia numerosa a la que en los días señalados se unía otra familia con sus propias alegrías y heridas.

La Rotonda sirvió entonces de crisol, de lecho de río alpino donde la corriente y el chocar medido de unas rocas con otras limaron aristas y nos forjaron tal y como somos. También, acaso rendidos en ese fondo tal que piedras vivas, contemplábamos cómo los rayos de sol, conversaciones de luz, iluminaban nuestras almas para grabar en ellas tesoros de ideas, pensamientos y emociones. De todas ellas doy gracias. Somos hoy lo que entonces  fuimos. Pero seremos lo que ahora somos  y querramos ser.

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En mi vida no puedo interpretar ya nada sin referirlo a aquellos espacios y tiempos de la casa familiar tan cuajados de frases, besos, risas, abrazos, riñas, reconciliaciones. Allí, padres, madres, hermanos, hermanos, primos y primas hacíais vibrar un especial universo: el Universo de La Rotonda.

A sus barrios periféricos – comedor, despacho, habitaciones y salones – se extendía la actividad. Pero en la Rotonda el aperitivo de martinis, de copas  de cava y de argumentos de los mayores era ciertamente la savia que hoy circula por nuestra mente y nuestros recuerdos.

Sé que te reconoces, como yo, en frases, que allí escuchamos. Los dos sabemos que al proyectar partes de nuestras vidas hemos buscado en el desván lleno de recuerdos de aquella Rotonda de Moyúa.

Hoy, con la sensibilidad a flor de piel y corazón, como en un volcán en ebullición, las emociones más profundas y los recuerdos más tiernos abandonan las cavernas en que dormitaban para sorprenderse de estar vivos y de verse tal cual nunca dejaron de ser.

Se han ido todos. No sé si a los toros, al cine… qué más da. En el amplio chester  verde nos miramos y en el tocadiscos suena “Wild World” de Cat Stevens. No es que te guste mucho. Pero es de esas canciones que te dicen que te cuides si vas a marcharte. Todos acabamos  por irnos: ley de vida. A veces de muerte.

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Pasados los años sigo reteniendo notas y compases que una guitarra me clavó a una estrella: si me río es porque la nota de la risa sonó alegre entre las paredes de la  Rotonda. Si lloro, que no lloro, es porque se quebraron – Rain and Rears – los últimos verbos que jamás debieron pronunciarse entre la Rotonda y el hall. Cuánta palabra maldita por estúpido juvenil afán de domino.

Si escribo, y escribo tan a menudo, es mucho por lo mucho que se llenó mi mente en momentos de lectura en la Rotonda, en discusiones de los mayores o en silencios de ojos grandes.

Un privilegio. Así entiendo esos años jóvenes de manos entrelazadas, de salidas y venidas. De un paraguas al salir al estreno de Oliver o cualquier otra película. Años jóvenes en los que se compusieron canciones que hoy vuelven a versionarse: “Those were the day” (Mary Hopkins) o el imperecedero “Yesterday” (The Beatles)

La Rotonda, era para nosotros esa estación de descanso, antes de la siguiente aventura en la nieve de Reinosa o de risas e intimidades en las calles cercanas, tomando un vino o comprando un regalo.

Claro que era un privilegio elevado a los cielos la Rotonda cuando llegaban las horas, qué cortas, de la Navidad donde esa familia amplia que éramos tíos y primos se reunía. A nosotros nos permitía la reconciliación y el beso de la paz. Filter. Sí y un cigarro, LM tú, Chester robado a papá yo. Luego, más tarde en el final de los días de las risas sonaba el “Closet to You” (Carpenters).

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Pero nada iguala la felicidad – una suerte, un don, portento regalado – de las tardes en que se descubre lo que la vida mejor puede darte. Pocos habrán tenido una conjunción de “casualidades” que les permitan gozar de lo que era tan improbable como inmensamente inspirador: el ser.

Ser uno mismo y ser de otra persona en un mismo largo día a día, tarde a tarde… Sucedió porque lo quiso el cielo y lo ciñó a la Rotonda y a las personas que la habitaron. Eran los días en que el corazón encuentra su libertad acompañada hasta el último horizonte.

Mientras, California sueña.

Idea fuente: ninguna. Sí un sentimiento abrigado en la Rotonda de la casa paterna.

Música que escucho. «California dreamin’”, Sia (2015) traída de la película «San Andrés». La versión de original de The Mamas & The Papas (1966) pervive.

José Ángel Domínguez Calatayud

Amistad reencontrada

Una de las más gozosas pequeñas impresiones en la vida es la mirada del reencuentro.

Han pasado los años desde aquella tarde en que te despedías. Los caminos se separaban. Era irremediable como el curso de un río que se parte en dos lenguas.

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En ese instante piensas con pena que todo se acabó. Ya no habrá unión. Acaso sólo el disuelto y fundido participar de ambos algún día en ese mar que es el más allá tras la muerte. No, el río no vuelve. No, la vida no regresa.

Y sin embargo jirones de tu vida están adheridos a hábitos tontos de cada uno de mis días: la manera de doblar la servilleta; un lenguaje sólo nuestro; no decir nunca «adios». Pero sobre todo un puñado de melodías que te escuché cantar, o que oímos juntos aprendiéndonos la letra en inglés, hasta que de tanto traerla a los oídos son ya la canción, la única que es nuestra: nuestra canción.

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En los días de temblor, miedo e incertidumbre, o cuando como hoy tengo que decirme que los de mi estirpe no lloran, encuentro ahí un remanso de comprensión, un refugio compartido, Sí, lo sé, lo comparto sólo con la soledad. Pero estoy seguro de que ella es también “nuestra” soledad.

Está seguridad la tienes tú también porque es indudable que quedaron rastros imborrables. Se pueden apartar, claro, los recuerdos. Pero la amistad que ha domesticado las aristas del adiós te hierve tan pronto como respiras un aroma o lees en algún lugar una noticia de nuestros rincones.

La amistad es esa conversación de los días capaz de vincular a dos personas con lugares, sonidos e imágenes que para otros se muestran inertes, vacíos de todo sentido.

Ayer, al volver a verte – sí, sé que te vi –,  tuve ese minuto de felicidad intensa que existe – estrella errante – cuando las almas asoman a los ojos y abrazan la seguridad de conocer que nunca estaremos impersonalmente confundidos ni tras la muerte.

La amistad reencontrada no es mirar atrás, es saber que el mismo firmamento tiene un significado que nos es propio. Entendemos, porque nos comprendemos. «Comprender es compartir». Sin palabras, entre líneas, entre gestos…con sólo mirar a lo mismo. Quedan cosas por hacer. Quedan versos que cantar. Queda vida, la que quede, por vivir. Y caminar hasta la última orilla.

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Idea fuente: no son las muertes lugar de reencuentro

Música que escucho: A qué le llaman distancia, Jorge Cafrune (1967)

José Ángel Domínguez Calatayud

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Eneco

Se piangi amore,

io piango con te

perché sono parte di te.

Sorridi sempre, se tu non vuoi .

(Se piangi, se ridi, Bobby Solo)

Te has ido un día de Santo Tomás apóstol, que ya es metáfora en alguien como tú que escudriñabas toda duda hasta llegar a la certeza.

Periodista de casta, hermano, cerraba una madrugada contigo el periódico – era el Diario de León, entonces el que dirigías -, y no perdonabas entonces la falta de ortografía, la errata o la dejadez profesional. Como el de aquella persona, periodista recién salida del horno facultativo, que te confesaba que no encontraba el singular de “heces”.

Podía haberlo preguntado a cualquiera pero tuvo la osadía de ir al director que más podía amar la palabra.

La palabra. Cómo te afilabas el cerebro para arrancar a nuestra lengua la palabra que fuera exacta y aplicable al concepto que tu mente arropaba. Y una vez hallada desenvainabas pluma para no volverla a su lugar hasta que aquella verdad fuese puesta en negro sobre blanco. “Ni las saques sin razón, ni la envaines si honor” te oigo repetir en mí.

Eneco, periodista has sido siempre, hermano. Buscador de verdades; contrastador de afirmaciones, escritor de artículos valientes y defensor de grandes y pequeños vulnerables. Sí, los grandes también son atacados con infamia; y en ese momento tu columna, audaz en tiempos de ira, polvo y metralla, exhibía gallardía al acusar a ETA que en su vesania cobarde había disparado por la espalda – ¡y querían ser llamados gudaris! – a Pilar Careaga de Lequerica, la que fue alcadesa de Bilbao.

Y con el valor, Eneco, Iñigo, la pasión de un corazón desbordante de ansias de vivir. Te tengo presente en aquella imagen de tu juventud, elegante, bien vestido para dirigirte  quizás a La Bilbaína. También en la Semana Grande de Bilbao, cuando llenabas cada rincón de La Rotonda – esa sala de estar de brazos abiertos – con los arias del Rigoletto de Giuseppe Verdi, ópera a la que asistirías dentro de poco.

Pero mientras. con el libreto en la mano, nos metiste hasta la médula los acordes italianos que cantaban “Questa o quella per me pari sono/A quant’altre d’intorno/D’intorno mi vedo/Del mio core l’impero non cedo/Meglio ad una che ad altra beltà”.

Sí, Iñigo, buscabas otra belleza, ¿verdad? Y entonces o dibujabas, o construías con una sierra de marquetería un aeroplano ¡que volaba! Y yo, cuatro años menor que tú, me quedaba pasmado de tu habilidad.

Otras veces coincidíamos en la calle, quizás Colón de Larreátegui o en el Metrópoli, o en el recién abierto bar de estilo psicodélico en la calle Rodríguez Arias, llamado “1900”. Tomamos unos vinos, yo acompañado de una prima y tú con un grupo alegre, mocerío bilbaíno en estado puro. Te metías de broma y muy cordial con mi acompañante o nos contabas el último chiste… “¿Sabes el de ese de San Sebastián que coge la autopista de Behovia?”. Tenías gracia en torrentes de caída libre.

Y ya en casa, casi de madrugada, asaltábamos los restos de un festejo que papá había organizado a base de sólo dulces para los sobrinos. ¡Ah, aquella fuente de arroz con leche! Tras un rato de confidencias a dormir hasta el día siguiente.

La memoria quiere borrar y yo le ayudo hoy, algunos dramas, que los hubo como en toda familia. Y adrede me refugio contigo y con ella, guitarra en mano, evocando canciones que sellaron fantasías de luz y gloria interminables.

Coplas como las de tu amiga María Dolores Pradera (“Porque estás que te vas,/Y te vas, y te vas, y te vas/Y te vas, y te vas, y no te has ido/Y yo estoy esperando tu amor,/Esperando tu amor, esperando tu amor/ O esperando tu olvido”.

Ella se fue. Otros detrás.

Y ahora tú, Iñigo, firmabas “Eneco, casicrónicas salmanticenses”, y prendías un fuego vivo en cada corazón de los que te quisimos, hermano del alma.

Irse es tremendo. Pero quedarse sin ti – solo ausencia sola – es abrazar un hueco, elíptico y oscuro,  como de gran angular visto en una Nochevieja desde el balcón de la Plaza de Moyúa.

Desde esa altura teníamos en frente, al fondo, el Hotel Carlton y más a la derecha la tienda de discos Vellido, donde habrías comprado el último single de Bobby Solo, que sonaría por la casa horas después.

Ella se fue. Otros detrás. Y ahora tú, nos reúnes a todos en un recuerdo de ternura incontenible. No lloro: me abrazo a ti.

Idea fuente: a Iñigo, ese hermano amigo

Música que escucho: «Se piangi, se ridi, Bobby Solo (1965)

José Ángel Domínguez Calatayud

Damnatio memoriae o plantatio posterum

Está a punto de estrenarse, será en septiembre, el largometraje Downton Abbey. Ello da pié a Stuart Jeffries (Never mind the forelocks: why film should give up its obsession with the upper class. The Guardian, 20/06/2029) para escribir un apretado artículo iconoclasta sobre la serie del mismo nombre y, en general, sobre la imagen que se vende de una Inglaterra superior porque la aristocracia lo gobierna todo, y, más que nada, por estar vigente la costumbre genuflexa como propia de la civilización británica.

Echa la culpa a casi todos, pero sobre todo a una cultura que desde el otro lado del Atlántico que los (nos) coloniza, vía fílmica, con una visión distorsionada de una sociedad que nunca existió, de amos buenos y servidores complacidos de su posición.

Trailer Downton Abbey (2019)

Según el autor es esta perspectiva la que ha suministrado líderes y primeros ministros tories salidos de Eton (Cameron, May, Johnson) que, en su opinión, han sido una calamidad. Y puede tener razón, ojo.

En fin, es divertido leer su entusiasta defensa de un igualitarismo del que, por otra parte, no aporta un solo ejemplo verosímil de eficacia que invite a seguirlo. Estará en otro artículo.

Pero, sacando frutos positivos, hay que darse cuenta de que cada uno tiene siempre un pasado “que siempre fue mejor”. Normalmente un lugar, un tiempo que la pátina del olvido de lo malo nos lo presenta mejor.

Parte del cine español de las cuatro últimas décadas, por ejemplo, y la actual Televisión Española se esmeran en presentar un país bellamente igualitario, respetuoso con la mujer, culto hasta devoción de la diosa Sabiduría y de una paz beatífica que coincide sólo con los seis primeros años 30 del siglo pasado y que hay que recuperar. “Golpe a golpe/verso a verso”.

Son marcos mentales de gran falsedad pero de extraordinario atractivo hasta que uno estudia o se topa con ejemplares actuales de esa visión arquetípica. Pero “golpe a golpe” van a legislar, estructurar la sociedad sin pararse a pensar en las consecuencias a largo plazo.

Caminos de grandeza

¿Sería posible buscar la unión a base de no faltar a la Historia y construir sin derribar a nadie del pasado?

El Reino Unido, Francia – que ahora quiere rescatar la mili – y España, somos naciones con historia,  y ya está. Mas los mimbres del futuro no están en el odio y el revisionismo de lo que nunca volverá, si no en las aspiraciones de nuestros jóvenes. Cambiemos de una vez la  “damnatio memoriae” por la “plantatio posterum”.

Idea fuente: Historia: la idealización de la Historia y la revisión desde el presente.

Música que escucho: Cantares, Joan Manuel Serrat (1969)

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Periodismo o envoltorio

Don't give up
You know it's never been easy
Don't give up
Cause I believe there's a place
There's a place where we belong
(Don't give up, Peter Gabriel)

«Nuestra audiencia nunca ha sido más grande de lo que es ahora. Tenemos más personas que leen el Atlanta Journal-Constitution que en cualquier otro momento de nuestra historia». Esto lo declaraba Kevin Reilly en el Comité Judicial de la Cámara de representantes de los Estados Unidos, presidido por el demócrata David Cicilline.

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El editor del Atlanta Journal-Constitution continuó su argumentación diciendo que muchos de los que forman parte de ese número récord de lectores no estaban pagando por tal privilegio, sino que estaban viendo el Journal-Constitution en otros sitios: Google, Facebook. «Si otros – añadió – vuelven a empaquetar nuestro periodismo y ganan dinero con él,  y nada de ese dinero, sin embargo, retorna al periódico local, lo que hacen es cargarse la próxima historia o hacer más desafiante exponer el próximo escándalo».

«Si ese ciclo continúa indefinidamente, el periodismo local de calidad se marchitará lentamente y, al final, dejará de existir» concluyó Kevin Reilly.

Jeffrey Toobin, autor del artículo (The House Judiciary Committee Considers Antitrust Law, the Tech Giants, and the Future of News, The Newyorker, 14/06/2019) califica de “terrible estado de cosas” las descritas por este testigo que resume:  “en otras palabras, las crónicas de los periódicos se publican y leen en Google y Facebook, y esas empresas, no los periódicos, obtienen los ingresos de la publicidad”.

Los números de la factura publicitaria no por conocidos son menos impactantes.

“Como señaló Cicilline, de 2006 a 2017 los ingresos publicitarios en la industria de los periódicos cayeron en picado de cuarenta y nueve mil millones de dólares a 15.6 mil millones”.

El Congreso de los Estados Unidos y también las autoridades comunitarias europeas se hayan sumergidas en este debate acerca del reparto justo de la retribución de los esfuerzos informativos: profesionales del periodismo y empresas de información de una lado; de otro las grandes tecnológicas de la búsqueda y navegación veloz por Internet.

En una Tercera de ABC (“TECNOLÓGICAS CONTRA LA DEMOCRACIA«, ABC, Sábado, 15/06/2019, pág. 3), Miguel Henríquez Otero, presidente editor de “El Nacional de Caracas, acentúa el rasgo de alarma acerca de los navegadores en esos conglomerados on line: “como resultado del alto tráfico de usuarios por sus páginas –en Google se realizan más de 3.500 millones de búsquedas diarias – han logrado la concentración de la inversión publicitaria de la que sacan una ventaja desproporcionada”.

Su conclusión nubla el horizonte de libertad: “medios de comunicación cada vez más empobrecidos… lo que reduce la amplitud de la oferta de información y opinión, que es uno de los fundamentos de la democracia”.

Dicho de otra manera  si los Google, Apple, Amazon, Facebook se limitan a ofrecer su “envoltorio” para un rápido – instantáneo – acceso a la información y opinión y eso atrae audiencia y, consiguientemente, publicidad que no paga el contenido que un profesional investigó, analizó, constató, cribó, redactó, maquetó y publicó con su firma nos enfrentamos, como dice Toobin a un “terrible estado de cosas”.

Importa el “envoltorio” que cubre el caramelo, el osito de peluche o el anillo de boda. El envoltorio – esa red visible, tangible e inmediata – se lleva la tarta publicitaria, dinero que no retorna sino en migajas al creador o al empresario de comunicación.

Algo habrá que hacer. O al final, desaparecido el papel-prensa, tendremos en la pantalla del ordenador el papel-envoltorio del caramelo virtual pero sin el dulzor de buenos textos escritos para ser amados por cerebros inteligentes y con criterio.

Photo by Elijah O’Donnell on Unsplash

Idea fuente: del papel-prensa al papel-envoltorio

Música que escucho: Don’t give up, Peter Gabriel con Kate Bush (1986)

José Ángel Domínguez Calatayud

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