Una gaviota al horizonte

Les oía hablar en la mesa de al lado. No tenía otro remedio. Las mesas en Yucas, en Torrequebrada, están algo juntas y ellas hablaban alto. No gritaban. Su voz era normal. Su rostro, el de amigas que se cuentan confidencias.

Yucas

Me llegaban sus inquietudes, pero no parecían darse cuenta. Tampoco les importaba, me parece. En aquella terraza sobre él Mediterráneo yo era una parte más del paisaje. Quizás para ellas un guiri llegado del Reino Unido.

.- Desde aquel día no supe más de él -, dijo la más morena

.- Chica, tú le dijiste adiós – respondió la más rubia.

.- Sí. Y Ahora soy una buganvilla, que trepa la roca para mirar el horizonte de este msr

.- Y el sol del atardecer quema tus ojos.

Horizonte

.- Querría volar como esa gaviota y romper el silencio, las olas, las nubes, la distancia con tal de decirle que no sé qué es un horizonte.

Idea fuente: las gaviotas nunca vuelan al horizonte.

Música que escucho: Me cuesta tanto olvidarte, Mecano

José Ángel Domínguez Calatayud

Mi buganvilla no la maten

Las personas no podemos acabar siendo hojas superfluas de la Humanidad. Tampoco flores excesivas, excedentes, para la tierra.

Esta mañana he ido a ver a mi amigo Alberto ingresado por una importante dolencia cardiaca. Y de paso hacia el Hospital me he encontrado la estampa de la foto que acompaña estas letras.

Reconozco que, por motivos que no son del caso, ando un poco sensible. El corazón tiene  suspiros que sólo otro corazón escucha, ahora en silencio. Pero el hecho de ver buganvillas condenadas a muerte me ha conmovido. Sé que es natural y que entre las la tareas de un buen jardinero está la labor de poda. Son excedentes de la justa ornamentación del seto. Otras  veces esta matanza es necesaria para fortalecer la planta.

No eres una bungavilla: eres vida humana

No sé. Tanta belleza descartada me ha golpeado dentro. No tanto por ella misma, sino por que ha proyectado en mi mente el asesinato asistido de una mujer mayor con Alzheimer en Holanda.

Cuando he visto a Alberto en la cama del hospital he pensado en las buganvillas. “Lo he pasado mal esta vez, amigo”, me ha confesado con la boca lo que sus ojos claros de mirada bondadosa ya me declaraban: había estado más allá que más acá.

Las vidas de las mujeres y los hombres en la tierra no son genéricas, flores excedentes de la tierra que hay que desechar por edad, enfermedad o comodidad de la familia.

La vida de las mujeres y los hombres en la tierra son recia sangre individual que palpita gracia a un espíritu único para cada una, para cada uno. Ese espíritu le confiere tal dignidad que, aun en el dolor – o precisamente en él –, cada persona es acreedora del máximo amor, atención y cuidados, incluidos los paliativos, para que se sepa querido. Y necesario.

No eres, amigo, un sobrante del planeta, un desecho, algo molesto del que deshacerse, para que el arbusto de la ¿sanidad? ofrezca una imagen solvente, o para quitarte de en medio de la familia, ni siquiera si en tu desesperanzado sufrir dijiste que no querías vivir. ¿Quién sabe?

Eres un buganvilla única. Necesaria. Viviente y dadora de vida, de color, de belleza para un mundo de compasión confundida. No permitiré que te quiten de en medio – .¿me oyes?  -; y te abrigaré en el frío; te cambiaré la almohada; secaré tu sudor; acudiré al médico para decir que te alivie del dolor.

Los dos viviremos un día en el que, aunque no me reconoces ahora, me dirás: “qué bien que no me matases aunque sufría; cuánto valoro el amor que me diste. Y eso que yo te había olvidado”.

No eres buganvilla más que en su hermosura: eres persona, alma, amor al que amar.

Idea fuente: la vida humana no sobra; no es algo genérico: es personal.

Música que escucho: Se piange, se ridi. Bobby Solo (1965)

José Ángel Domínguez Calatayud

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Comunicación: la vida-tunel

Le reconocí nada más verlo. Estaba más envejecido, claro. También algo encorvado y con un aspecto errático a la orilla de la Ría, junto al Guggenheim. Si me hubiesen preguntado entonces hubiera dicho que aquel compañero de la juventud iba a tirarse.

Museo Guggenheim, Bilbao

Decíamos ayer…

Sí: que al comunicar hemos de tener en cuenta sus referencias vitales. ¿Qué hay dentro del que me habla, del que me escucha, del público que me lee?

Sin un mínimo de sintonía no habrá nada común. Sin nada común, nada se comparte. De persistir la ausencia de pulso sintónico, el final puede ser peor: no es largo ni tortuoso el camino de la indiferencia al desprecio.

Esta es uno de los motivos de que convivamos con ese tipo de  Robinson-Crusoe-Urbano que esta en una isla en medio del tráfico, en los ascensores, en la oficina y  -¡ay! – en nuestra casa. Se aísla, nos aleja de su playa-smart y se defiende de nosotros con unos pedúnculos adheridos en sus orejas.

Muchos de estos humanos, no todos, tienen una vida-túnel. Otros se encuentran en vida-túnel porque se metieron ahí (trabajo, deporte, labores domésticas) cuando eran jóvenes y al pasar los años se miran en el espejo estupefactos, sorprendidos de que su vida siga siendo igual. ¿Qué es esto? ¿Dónde se han ido mis días?

Y llega un mañana en que, abandonado el túnel por un instante, uno se encuentra con una compañera de clase o con un colega de la juventud y entonces el estupor se convierte en angustia: ¿qué tengo, 50, 60, 70 años? ¿Por qué éste sonríe? Mejor, ¿por qué no sonrío yo por dentro?

La oscura vía en la que has vivido te hace considerar que tú existencia es bien poca cosa.

Uno puede estar en una vida-túnel por mucha circunstancias buscadas o impuestas de algún modo.

La auténtica vida-túnel es la de quienes absortos en sí mismo no tuvieron tiempo para los demás. Ni siquiera para mejorarse a sí mismos. El ejemplo que me viene a la cabeza es la vida de Emilio, protagonista de una novela de Xavier Dominguez Marroquín, mi padre. Emilio, vida-túnel, queda retratado en el mismo título. “Vivió para nadie”. Y en uno de los primeros párrafos: “Ante el dilema Cristo o Barrabás, Emilio se quedó con la ‘o’

Esa “o” es la boca del túnel que lleva camino de la falsa libertad. Sin compromiso, sin entregarse ni a una mujer, ni a una causa, ni a un ideal era más que un hombre un vegetal viajando oscuro en un contenedor de un tren que iba siempre bajo tierra. Es decir, bajo alma.

Tratar de comunicar con alguien así presenta la dificultad de que ese alguien ni te ve, ni te oye. Romper la cáscara sin que le dañe la luz es cosa de cirujanos de la mente y de oftalmólogos del espíritu.

Photo by Tim Graf on Unsplash

Me acerqué a él y, con una cara de sorpresa que parecía dar las gracias caminamos hasta la puerta del Museo. Era de un curso delante del mío en el colegio, pero habíamos salido de potes por Ledesma con la misma pandilla. Estudió arquitectura y le fue bien, con mucho trabajo hasta la crisis de 2007. Pero se recicló y salvó los muebles (y las alfombras, pinturas, residencias y otras posesiones) con un programa de cálculo. Estaba allí de pie y con rostro de circunstancias; había ido a ver la exposición Jenny Holzer, me dijo. Ese tipo de cosas eran de las pocas ventanas que dejaban ver la luz en su ya angustiada vida.

Esas dos últimas palabras las pronunció él mientras nos dirigíamos paseando cerca del Parque.

Me sorprendió lo pronto que me abrió su corazón para contarme que se había casado; que no tenía hijos; que se había divorciado (ella estaba harta de no verle, de no sentirlo, de no recibir muestras de cariño); que ganó una pasta; que viajó; y que estaba sin luces por dentro: sin meta ni esperanza.

Paramos a tomar una cerveza en el Patito Feo, de la calle Máximo Aguirre y los dos nos alegramos de esta distracción de contarnos cosas de los viajes a esquiar los domingos de inviernos, de los bailes en La Bilbaina, de aquella chica – qué habrá sido de ella -, y del otro compañero. Y de mí. Y de él. Y ahí miró a la calle y suspiró.

Photo by NeONBRAND on Unsplash

.- Amigo, ¿qué hago? Nada vale. Nada vale nada – me decía.

Pedimos otro par de cervezas.

.- No tengo consejos. Pero sí te digo que salir de esta oscuridad es como salir del metro. Necesitas un destino y salir en alguna estación a ver luz y respirar. Te diría que aproveches esta conversación y salgamos juntos en la próxima.

.- ¿Qué quieres decir?

.- Me has dicho que tienes fotos de arte;  esa es nuestra primera estación. Vamos a publicar juntos un libro para iluminar a otros.- le sugerí.

.- Pero tú ya no vives en Bilbao… -quería excusarse

.- Preston vive en Massachusetts y Child en Florida y se están forrando como coautores de novelas de acción. Sabes que se puede – le dije riendo

.- Puede más el que quiere que el puede, me dijiste una vez – musitó con añoranza y me dio un abrazo fuerte de bilbaíno, para continuar-: iba a quitarme la vida…

.- Pues ahora nos quitaremos juntos la muerte – le respondí apretándolo junto a mí.

Idea fuente: sabemos que la vida está en hacer feliz a alguien.

Música que escucho: Amigo, Roberto Carlos (1977)

José Ángel Domínguez Calatayud

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Comunicar: la vida-puzle

Todo lo que comunicamos está en nosotros. A veces en aterradora desnudez. Otras vestido de ropajes del entorno. Ruidos externos. Circunstancias que son también un “yo”, un “nosotros”.

Photo by Sticker Mule on Unsplash

Para algunos la vida es un camino. Para otros la vida es una casa. Para muchos es un túnel,  o una carrera de obstáculos, o una lucha a brazo partido por sobrevivir. Pocos hay para quienes la vida sea de una pieza. Pero para mi amiga – no es la única – la vida es un puzle.

Cada uno vive su vida así. Es una vida intransferible y desde ella escribe, habla, sufre, abraza, sueña, comunica y muere. Es este un dato que pasamos de largo al tratar con alguien, al traducir un artículo, al descifrar las querencias de un público o la lágrima de una mujer.

Vuelvo a mi amiga. Más que amiga, debería en justicia escribir pues tengo testimonio en mi carne de lo que le debo. Con justa reciprocidad nos cantábamos “you’ve got a friend” sinceramente. También cuando la distancia hacía impracticable el “and soon I will be there”, al menos físicamente.

La vida también es un carrusel, un tiovivo y en una vuelta volvemos a vernos las caras. Eso me pasó la otra tarde en Comillas. Hacía muchos, muchísimos años que yo no volvía a la ciudad palaciega. Ella tampoco es habitual allí. Yo tenía que ocuparme de un evento de comunicación. Mi amiga, con ligero atuendo veraniego, paseaba mirando, turisteando con la atención de quien en las piedras de los escudos de armas disecciona con el bisturí del recuerdo infancias adheridas.

El silencio es lo primero que nos dijimos después de la sonrisa del encuentro. Cuando llevas mucho tiempo sin andar cuesta cada paso. Lo mismo tras años de no verse y de no hablarse más allá del “feliz cumpleaños” telefónico. Así que las palabras salían torpes y los malentendidos rápidos. La bicicleta de la comunicación también requiere unos minutos para andar recta si hace tiempo que no pedaleas.

Enseguida, llegamos de los recuerdos a las risas, de las risas a la composición de la situación personal y de ahí a la vida. La vida que de verdad late en nuestros pasos y en el alma.

Photo by Ryoji Iwata on Unsplash

Ahí descubrí que ella llevaba años viviendo una vida-puzle.

La vida-puzle no es exactamente una vida truncada como la dura del parado de edad o la del atleta que se rompe y debe cambiar todos sus hábitos. Tampoco es una vida desordenada, ni plenamente sin sentido. Bebe de semejantes fuentes pero tiene una distinta profundidad.

La característica de la vida-puzle es, lógicamente, que está compuesta de piezas como todo rompecabezas. Pero el rompecabezas como el motor a explosión son órganos complicados. Mientras que la vida, como un plato de espagueti es complejo. Complicado y complejo no es lo mismo. Las piezas de un motor o de un puzle no modifican a las demás: se complementan y ya está. Pero uno no puede tirar  de un espagueti sin mover, sin afectar al espagueti de al lado. Pues la vida-puzle,  por ser vida es compleja como ese plato de pasta. Si dices, haces, olvidas o mueves algo cambias la propia vida y la de los cercanos.

La hondura de todo ello llega al paroxismo con la pérdida de una pieza del puzle. No me refiero a la muerte de un ser querido, aunque pudiera ser. La pérdida que hunde en un abismo de dolorosa impotencia es la de lo amado en vida: hermano, esposa, amigo íntimo, hijo mayor…

En esas estaba mi amiga más del alma. La yedra del muro de “Los Castaños” miraba muda nuestros cafés. Y ella me contaba lo que no puedo desvelar pero que tenía la pinta de un abisal pozo de pena.

Cafetería «Los Castaños», Comillas

La confianza hacía fácil comunicar. Comunicar es compartir. Pero ¿es que hay palabras acaso para llenar el hueco de la pieza que falta? “¿En qué estrella estará?” cantaba Nena Daconte.

Se me ocurre que nada suple las piezas vitales. A veces el cerebro te deja descansar con un trampantojo y funcionas como si estuviera ahí. El peligro de la desesperanza puede conjurarse como en los puzles clásicos poniendo en su sitio las piezas de referencia.

En la mesa de al lado un abuelo, al que parecía que le habían encargado del cuidado de una nieta, se esforzaba con la pequeña niña para componer un puzle.

.- Primero busca las esquinas; vamos a buscarlas juntos.

Nos quedamos mirando con curiosidad.

.- ¡Muy bien! Ya están las esquinas. Ahora los bordes. No es tan difícil. Ves. Aúpa.

La firmeza de las piezas de referencia es una necesidad para recuperar la ilusión vital. Todos tenemos cuatro puntos fuertes que nos permiten mantenernos cuerdos cuando alguna pieza tira demasiado, o no vuelve, o peor…

Mi amiga del alma volvió a mirar a la niña y al abuelo, luego tomó una hoja de la yedra de aquella pared y la retuvo unos segundos en sus manos. Me la dio y me dijo:

.- Todavía no encuentro todas las piezas de referencia en mi vida-puzle. ¿Eres tú, Amistad, una de ellas?

Idea fuente: la amistad en la comunicación

Música que escucho: En Qué Estrella Estará, Nena Daconte (2006)

José Ángel Domínguez Calatayud

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Blanca, somos nieve

Descanse en Paz

Más cerca del cielo fuiste a despedirte, Blanca. Con una parte de tus suspiros hechos vaho. Con el recuerdo de cumbres ascendidas y vertiginosos descensos. Tu eras nieve. Otros son mar.

Las personas nos distinguimos por ser mar o por ser nieve. Una u otra, pero no las dos: la mar o la nieve.

Hay cuentos preciosos, trayectorias vitales de gente de tierra adentro que descubre el mar para meterlo bajo su piel y quedar cegada ante esa maravilla siempre la misma y siempre cambiante.

Otros, acaso poco después de dejar de ser niños, sienten que el corazón les cambió, se les hizo grande, sin límites, cuando vieron la nieve. No sólo ver nevar. Personas, tú y yo, que fuimos cautivados al sentirla bajo los pies, muy fría pero que incendiaba el corazón desde aquella primera vez.

Éramos jóvenes de ciudad y costa. De hábitos urbanos y uniformes de colegio. De lluvia gris, bella también en la gris ciudad. Y descubrimos que había una excursión a  esquiar. Nos apuntamos y fue un día inolvidable, seguido de otros en una edad emocionante y torpe: esquíes, gafas, guantes, anorak  y gorro chulo.

Alto Campoo

Cómo disfrutamos en la preparación, en reunir todo, en soñarnos descendiendo juntos por la pendiente y en tener muchos ratos nuestros y únicos. También, que especial nervio la víspera para no quedarnos dormidos. Y madrugar. Y vestirse. Y atarte yo la botas atrevido. Y el autobús y la música. El día fantástico con los amigos que continuó con la fiesta apreski y más canciones con el cuerpo medio roto.

Hay personas que son mar. Hay personas que son nieve y la viven a tope y no de modo aficionado. Blanca, así fuiste. Naciste en ella. En ella creciste y te la sabías de memoria. Hasta ese momento único, cuando la nieve pierde su propia mansedumbre para convertirse en obsesión de décimas de segundo. Ahí te elevaste a otro plano.

Entonces la nieve es la amiga entrañable que enardece el corazón pero que también es roce que frena el palpitante descenso de un slalom. Amiga que te da gloria, como a ti. Pero que tiene momentos que te reta y sabes, Blanca, – supiste -, que ella o tú. Y tuvo que ser ella. La nieve siempre sale victoriosa al final, como los ojos de la persona amada que guardan los recuerdos, como el santuario que es de la belleza de las montañas que nunca pudimos conquistar del todo.

Tuvimos la nieve. Ella nos tuvo a nosotros. Y todo tiene su momento, menos ella, la nieve, que cada invierno vuelve con aires mansos y tersura forjada de vientos y fríos para decirte ¿por qué no volvemos?

Volví un fin de semana pero en otro paraje distinto y vi que, como las madres, seguía igual de hermosa. Más asentada si quieres, con los desafíos pacificados y los recuerdos revolucionados. La vida, ese lecho de contradicciones, cantaba una vieja canción que dio en la diana: “vendo la nieve en una hoguera”.

Ahora, desde esta madrugada, todo un mundo de la nieve, del esquí, de la familia y el deporte llora Blanca – blanca paloma, Blanca– porque al caer en la montaña rebotaste hasta el cielo.

Photo by Emily Toycen on Unsplash

Al decirte hasta luego –no decimos adiós- teníamos la tentación hoy, de cantar con Adamo una  canción de la primera vez: “Triste certitude/Le froid et l’absence/Cet odieux silence/Blanche solitude”. Pero no es verdad, la muerte no tiene ya el viejo poder: está vencida: “tristitia vestra vertertur in gaudium”. Vuestra tristeza se volverá gozo.

Si hay un algo en tierra que hable de Fe, es la arena cierta junto al mar. Mas si quieres escuchar el poema infinito de la Esperanza sube a la montaña. Mejor si, como en aquella mañana, está nevada. Llevamos la nieve dentro. O dentro llevamos el mar. Somos mar. Somos nieve.

Idea fuente: Descanse en paz, Blanca Fernández Ochoa

Música que escucho: Tombe la niege, Salvatore Adamo (1963)

José Ángel Domínguez Calatayud

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