Jacaranda, que a ti no me acostumbre

Sevilla se viloetiza de color azul cerca del Parque de María Luisa. Es la Jacaranda que florece. Altos árboles callados en otoño y en invierno, alzan sus brazos luminosos como el puro quebrar del aire de una mano femenina bailando por sevillanas.

Azules casi añil, casi luz, casi anuncio de pasión, con fondo de cielo más azul sevillano.

Y he temido, Jacaranda, acostumbrarme a ti. Me estremecí al pensar en el día que pase a tu sombra y no me digan nada tus pétalos, ni sienta la luz, ni agradezca la belleza.

Y voy a decirte, amiga, que no voy a permitirme esa ruina de verte y quedarme ciego de indiferencia. Muchas cosas en la vida ya perdí – la perfección es un instante, dice Nadia Comaneci – como para perderme tu resplandor. Te buscaré y pelearé para que te quedes en ese recodo que hay entre la retina y el alma.

Es un misterio el porqué nos acostumbramos a las cosas grandes y a las personas valiosas. Es terrible descubrir –siempre tarde, siempre tarde – el olvido de lo inolvidable por esa indiferencia diaria, como un derecho original al cariño de una madre, a la sonrisa del primer amor, al atardecer de los días, a los líderes del trabajo, a los campeones que nos acompañan muy en silencio, pero muy ejemplares y a la flor de la Jacaranda que baila por sevillanas al redoble de los vientos.

José Ángel Domínguez Calatayud

 

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