Celebrity or Lighthouse

Celebridad o Faro: esa es la cuestión en la estrategia de comunicación de una empresa. Celebridad es reconocimiento social de la alta dignidad de alguien por el servicio prestado con prestigio a través de la puesta en valor del rendimiento de los propios talentos.

Por debajo de la celebridad está la fama que no requiere la acreditación de efectos del talento. Ser famoso no es ser célebre. La fama es un residuo bienoliente de la extensión en la sociedad del conocimiento superficial de alguien y no necesariamente de sus obras. Que acompañe a las celebridades no nos hace confundir la  fama con la celebridad, pues muchos son tan apasionadamente estimados como pobres en contribución al bien social. No voy a poner ejemplos.

A la misma altura que la celebridad está la autoridad, saber socialmente reconocido, pero aquí sobresale más su profundo saber que su presencia exterior, su lucimiento en el candelero. “Fulano es una autoridad en cirugía maxilofacial”, decimos para recomendar a alguien unas buenas manos que enderecen su maltrecho rostro o para dejar constancia del crédito que nos merece en esa especialidad.

Estuve la otra tarde en un evento social que fue presentado por una guapa ex modelo y actual empresaria reconocida: es una celebridad, a la que acompaña la fama. A mi parecer, y en el contexto del acto, el que fuera célebre determinó que se le adjudicara el papel de presentación de los distintos personajes. Ella no era una autoridad en la materia, lo que se podía verse con claridad en que insistentemente acudía a los papeles del atril para hilvanar frases con sentido y orientación especializada del evento.

Entre los demás personajes hubo autoridad. No me refiero al poder (potestas), sino a la auctoritas, a ese estar todos seguros que pocos, fuera de ellos, sabían mejor de lo que hablaban que ellos mismos.

Con razón, hay capas cultivadas de la sociedad – o que aprecian la sabiduría – que están hartas del “famoseo” y buscan, a veces sin saberlo, gente que les diga dónde está la frontera entre el papanatismo y el conocimiento. Hay sed de saber. Hay sed de cultura. Hay sed de diversión que no avergüence, de humor que no dañe y de la alegría de navegar por mares de certidumbre. Para esto está la comunicación para llenar espacios luminosos. Y si no que se lo pregunten a tanta web llena de vacío, a tanto canal televisivo que sueña con “horizontes de grandeza”. El actual liderazgo, o su ausencia están clamando como aquellos versos que Leonard Cohen tituló TeachersFollow me the wise man said, but he walked behind / sígueme, dijo el sabio, pero él caminó detrás”. Y es que sean más o menos célebres, aparezcan en couché, salmón o negro sobre blanco, se necesitan integridades encarnadas en personas que indiquen dónde está el mar y dónde el escollo; que nos dejen ver la marea y ofrezcan la seguridad irrompible de lo permanente valioso. Faros, comunicadores del ejemplo y de la cultura visual, dibujadores de ambiciones y planificadores de remontadas para mentes envejecidas. Fortalezas frente a los hirientes embates de la mar brava de una ira mal contenida. Faros en la noche de cada empresa. Los hay, pues que luzcan.

 

 

 

 

José Ángel Domínguez Calatayud

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