Mónaco, Deo Jurante

Es tan falsa como persistente, la idea de que basta un lugar ilustre para hacer guapa a la gente. Para Mónaco vale lo mismo que para Fuengirola que “aunque la mona se vista de seda mona se queda”. O lo otro de “quae natura non dat, Salmantica non praestat”. Quiero decir que no basta que los invitados a una boda como la de el Príncipe Alberto de Mónaco con la nadadora sudafricana Charlene Lynette Wittstock cubran los cuerpos con “armanis” y”carolinasherreras-nys”, ni que el mar de cabezas se pueble de “philiptreacys” en imposible equilibrio, para producir una explosión de glamour. También es verdad que no les ayuda, más al contrario, cosas como la inusual confección de los uniformes de los guardias de Palacio, a base de penacho rojo négligée sobre casco de guardia urbano de los sesenta, en chocante mix con camiseta roja de vigilantes de la playa bajo casaca y pantalón de charanga de carnaval. No hablaré de los uniformes de su máximo jefe.

Especialmente hiriente debió resultar al buen gusto de algunos la aparición de la muy musa de la Francia más chauvinista, Inés de la Fressange con sombrero de paja con cinta negra, un vestido de ibicenco luto, tipo almacén chino de Cartaya y calzando unas sandalias chipionescas. Es una pena ese desprecio a la dignidad del matrimonio. Entre la frescura natural y el abandono veraniego hay una fina línea que fue traspasada con amplitud. Lo siento, pero aquel día el palacio de los Grimaldi no era ni el circo de Estefanía ni un chiringuito playero. El respeto -esa invisible forma de elegancia espiritual – forma parte de la ceremonia y una cambia lo que haya que cambiar -¿verdad Grace Kelly? – para que no se malogre la esencia del evento ni la magnificencia del hecho histórico.

A estas alturas de la película apenas cobra interés el que Violette –hija de esta Inés, vistiera el mismo Chanel que Alexandra de Hannover, hija la princesa Carolina, allí presente.

En el conjunto sombrío sintetizado arriba resaltan algunas evidentes muestras de elegancia:

Carolina,  siempre Carolina de Mónaco, Princesa de Hannover, esplendor en Palacio, con esa amplia pamela blanca que le obligaba a alzar el rostro dibujando un perfil de atractivo mirar dentro de sus gasa de seda Chanel Alta Costura, blanco roto, con talles lilas como sus zapatos bicolor y la sombra de su transparente chaqueta.

Chapeau, en los tres días de fiesta, para los vestidos de Charlene. Me gustó cómo llevaba el Akris para la ceremonia civil – amplia falda pantalón en turquesa con sencilla chaqueta del mismo tono, con bolsillos pegados y cuello smoking – bocetado por ella misma. Aplauso también para el traje de boda (Armani) que difuminaba el rostro de la novia bajo un velo de tul y metía en el barco de su escote sus amplios y atléticos hombros dando al conjunto, cola de veinte metros incluida, una fluidez gótica de río sereno al que las lagrimas de Swarovsky del traje ponían contrapunto como de rocío.

Farah Pahlevi de verde pistacho sabedora que, como escribió Lope de Vega “quien se viste de verde, a su rostro se atreve“, lucía solera imperial como quien desde sus ojos derrama fragancias. Roto el corazón sonríe la dignidad.

Bottega Veneta se esmero en vestir de champán un buen corte para la difícil Madaleine de Suecia que, clutch en mano y cinturón a juegon sonreía al compás de la pluma de su tocado floral que le hacía parecer todavía más alta.

El color lila de los caramelos “La Pajarita” parecía haber inspirado a la armoniosa Hélène, esposa de Bernard Arnualt (presidente del lijo LVMH).

Entre los señores, el conde de Wessex, que representaba a la Reina de Inglaterra, y que acudió con la condesa vestida en gris fumé, constituía el sólo, sin más ayuda, todo un desfile de ceremonial señorío, enfundado en un soberano chaqué gris que le sentaba de maravilla, con su chaleco cruzado del mismo color y en perfecta armonía con el poderoso nudo de su corbata y su recortada barba, nacida gris para no desentonar en el conjunto.

No me extiendo más y cierro con la cena ofrecida por el matrimonio, haciendo referencia a Carlota, hija de Carolina y su traje de fiesta azul celeste que, bajo la capa del mismo color, evocaba la sutileza de su abuela Grace cuando gobernaba el glamour de Europa desde esta bahía mediterránea.

Que sean todos felices, que sigan buscando la belleza y que, como decía en su discurso nupcial el Príncipe Alberto que todo ello sirva “para conducir el Principado con la ayuda de Dios (Deo Jurante)”.

 

 

Olga Gil Rubio para José Ángel Domínguez Calatayud

 

 

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