Buscando la belleza

La búsqueda de la belleza es una de las ocupaciones más interesantes cuando dejamos el negocio para vivir el ocio. Y en este descubrir de cada día, encontramos la primera realidad: el ocio no es un colapso del vacío con forma de “vuelta y vuelta” en el tostadero personal de una playa sureña. El ocio de los seres racionales,  no solo animales es, con toda probabilidad, otra cosa.

Muchos están ya de vacaciones en Europa y el ritmo de las ciudades ha bajado, más que sensiblemente, y de manera señalada en los espacios industriales, comerciales y financieros.

La belleza puede ahora abrirse paso en nuestra agenda sin pretextos para que nuestro espíritu sea capaz de recibir y disfrutar lo que es agradable para la vista. También para el oído, el olfato o para esa parcela del intelecto que ser deleita con la buena lectura.

¿Dónde encontrar esa belleza en estos días? Lo primero sería buscarla en la Naturaleza, esa obrar grandiosa donde están todos los colores y la luces y las sombras y los palpitares. La montaña, los picos, la sierras dejan una huella en el espíritu, cuando ese espíritu se deja de teléfonos móviles, devices y smarts y se decide a contemplar.

La contemplación, es cierto, requiere unas condiciones mínimas para que la belleza cumpla su misión de agradar a la vista y, en general, al sentido estético. Por ejemplo, un algo de cierto parecido al silencio en los ruidos del alma, que le deje el suficiente nivel de pureza interior y le ajuste la visión más allá de la personal indigencia. Sin pureza no hay visión. Sin visión no hay contemplación. Sin contemplación no hay verdadera belleza. Sí: la belleza está ahí, pero inerte como la ropa que cuelga en mi armario. La ropa no será ropa mía hasta que efectivamente me vista. La belleza actúa igual en nuestro ánimo: pide contemplación.

Además de en la Naturaleza, lo bello habita en las obras de los hombres y es preciso descubrir en ellas lo que ofrecen. La pintura, la escultura, la poesía, la literatura de ficción, la música vienen cargadas de belleza que podemos vivir serenamente con toda nuestra emoción.

En la actual “civilización de las pantallas” se abre paso todo el abanico de posibilidades de la cultura visual, como podemos apreciar en el cine o en las novelas gráficas en donde guionistas, dibujantes y realizadores plasman visiones que compartir para comprender. Siempre comprender es compartir.

El tiempo de verano, es una ocasión para ese recrearnos  – volver a crearnos – y a ello contribuye de modo determinante que le dediquemos un tiempo, un lugar y un poco de voluntad de volver mejores que cuando nos fuimos. Contemplar y aún más crear belleza nos hace mejores personas cuando recose – remienda – tanta fealdad de la que somos partícipes.

Comunicar será, a la vuelta, algo distinto y más rico si abrimos los ojos y el alma, buscando la belleza que quisimos sembrar, como vibra en aquel poema:

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida, 
porque nunca me diste ni esperanza fallida, 
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

Porque veo al final de mi rudo camino 
que yo fui el arquitecto de mi propio destino; 
que si extraje las mieles o la hiel de las cosas, 
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas: 
cuando planté rosales coseché siempre rosas.

…Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno: 
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas; 
mas no me prometiste tan sólo noches buenas; 
y en cambio tuve algunas santamente serenas…

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. 
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

(Amado Nervo. En Paz. Artifex vitae, Artifex sui)

 

 

 

José Ángel Domínguez Calatayud

 

 

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