Golf y vida diaria (1. El saludo)

Mantengo la teoría de que la vida diaria tiene un parecido enorme con el golf, tanto en aspectos del carácter que anima a las personas que lo practican, como en la importancia social de los comportamientos en uno y otro ámbito.

De hecho las directrices de etiqueta del golf pueden, en muchos casos, ser referidas a lo que se espera de cada uno como buen ciudadano, ya que, como dicen las Regla del Golf (“Etiqueta: Comportamiento en el Campo”), “el principio fundamental es que en el campo debería mostrarse respeto a los demás en todo momento”. Hoy me refiero al papel del saludo en la cortesía del campo de golf y su paralelismo en la vida de cada día.

En el Golf, antes de iniciar un partido, en el teeing ground, es usual que los jugadores se presenten diciendo cada uno su nombre y apellidos si no se conocen de antes; se saludan, también al concluirlo, estrechándose la mano amistosamente, mientras con la mano libre se descubren, en el caso de llevar una gorra o sombrero. El caballero que saluda a una dama, además, puede hacer un leve gesto de inclinación como si fuera a besar su anillo. Este último gesto está siendo sacrificado en los altares de la igualdad y viene siendo sustituido por ósculos en ambas mejillas. No soy partidario, y menos si, tras el último putt en el hoyo 18, el sudor corre sin freno desde la frente al rostro. Soy de los que piensan, que el sudor es un bien personalísimo que no es correcto transferir a ninguna señora, sea del hándicap que sea y pertenezca al club que pertenezca.

En la vida diaria pasa como en golf: al llegar a los sitios se saluda, del mismo modo que al cruzarnos con alguien conocido.

La convivencia diaria sufre hoy, en no pocos lugares, de un doble mal en dos extremos: la indiferencia y la ordinaria chabacanería. En Francia es firme la regla de cortesía de dar la mano por la mañana a toda persona conocida que te encuentres. Es algo muy serio que se practica con litúrgica severidad en las oficinas y lugares de trabajo y entre los vecinos. Pues bien, me contaba una alta directiva francesa de una multinacional que en París, cada vez con mayor frecuencia, hay vecinos que se cruzan en un pasillo y cada uno mira a la pared más próxima con tal de no tener que saludarse: esta indiferencia, hija del individualismo, daña el principio de igualdad y si no se corrige cierra los corazones incluso a la necesaria compasión.

En el otro extremo, en la vida y en los links de un campo de golf, se está extendiendo la idea de que todos somos compadres y que no hay porqué contener ningún deseo de expansión y francachela. En principio, me parecen muy sanos el optimismo, la alegría y el espíritu jovial. Pero una cosa es eso y otra que, tras el cortés saludo inicial y durante los tres primeros hoyos el compañero competidor te cuente su vida y, lo que es más terrible, quiera, con pertinaz insistencia e incontenida curiosidad, que le cuentes la tuya.

Reconozco que puedo parecer duro, pero además de la cuestión de la propia intimidad está cuestión de la concentración: con mi hándicap de juego (hoy 19,5) necesito hacer esfuerzos ímprobos para centrarme en el swing y no retirar la vista de la bola ni la intención del objetivo. Por ello sufro muy mal que en el tee del hoyo 1 y siguientes, quiera el compañero competidor – un hasta ese momento perfecto desconocido – hurgar en mi interior para rastrear cuáles son mis preferencias políticas, deportivas o culinarias. Tampoco tengo mayor interés en que me recite, justo al iniciar el backswing, el parte meteorológico de José Antonio Maldonado – “¡hay que ver el calor que va a hacer hoy!” – que, al igual que él he consultado antes de salir de casa.

En fin, la cortesía en el golf y en la vida demanda saludarse y despedirse como gente civilizada y mantener la conversación en los términos que mejor se ajusten al lugar y a las circunstancias: la simpatía es algo que debemos practicar con naturalidad para hacer la vida más llevadera a los compañeros competidores y a los conciudadanos.

José Ángel Domínguez Calatayud

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