Incomunicación

Hoy, cuando se cumple año y medio de la muerte de mi suegra (colapso por tumor galopando sobre Alzaheimer-come-neuronas) me pasa su hija, la mejor de todas las esposas, colaboradora e inductora intelectual de las ideas apreciables que aquí se puedan leer, una entrevista aparecida en XLSemanal (14-08-2011) de Victoria Souviron a Juan Manuel Pascual (“43 años. Neurólogo malagueño, dirige el departamento de enfermedades raras de la Universidad de Texas”). Leer más, aquí.

Su lectura me hace pensar en la incomunicación en la que viven mis coetáneos, cómo hemos llegado a esto en tantos casos y, lo que más debería incitarnos a actuar, qué hacer para una comunicación al servicio de la plenitud humana.

El texto, que no tiene desperdicio incluye una pregunta de la periodista acerca de los “cambios que pueden darse en el cerebro a partir del uso generalizado de las nuevas tecnologías”. El profesor Pascual no se va por las ramas: “el principal déficit viene de la sobrecarga de información, que se recibe fraccionada y fuera de contexto, lo que conduce a la hiperactividad y, peor aún, a la falta de atención. Esto provoca que el componente receptivo y asociador del cerebro, que es lo que hace la inteligencia, se vea limitado y por tanto, también la capacidad de comprender, asociar, reelaborar y, en definitiva, desarrollar la creatividad”.

En mis análisis de situación de la Comunicación en empresas, veo con frecuencia el aislamiento de los miembros de los equipos entre sí y de ellos con sus jefes y colaboradores directos. Sí, todos tienen Blackberry, pero para algunos a su pesar. Sí, hay mails: miles y miles de mails, con copia a toda la corte celestial, que esta corte, por cierto, reenvía sin abrir a la papelera ¡¡reciben decenas!! Sí, hay memoranda y reuniones semanales y diarias. Pero están nadando en la incomunicación. ¿Por qué? En algunos casos porque literalmente no saben escribir, leer en alta voz o hablar de algo con más contenido que la última ordinariez que ha vomitado alguna cadena televisiva. Hablar, escribir y leer (sobre todo a los clásicos) son ejercicios previos a la comunicación para que esta fluya y sirva para comprender.

Comprender es compartir. He visto perder una hora de una reunión entre dos altos directivos que daban significado exactamente opuesto el uno al otro al término “amortización”. Palabra.

La consecuencia es la falta de conversación o al menos, de conversación inteligente en donde se comunican las almas más allá de las epidermis. El final, por muy conectados que parezcamos (Google, Facebook, Twitter, Tuenti, Wassup), por muchas emociones asociadas a etiquetas en fotos o suspiros de una canción, se instala la incomunicación por vía de comunicación insustancial y desarraigada de la verdad. Verdad sobre la mujer y el hombre; verdad sobre los valores de la empresa y la capacidad de sus directivos; verdad sobre uno mismo y las preguntas y respuestas sobre un más allá. No es filosofía: es balance, es familia, es vida.

Pensaba en lo insondable de la incomunicación y en el bien que podemos hacer para extender un mundo de comunicación y relaciones leales y sostenidas.

Todas las imágenes sobre los últimos días de mi suegra –segunda madre- me venían ahora a la cabeza y su pregunta reiterada, varias veces cada tarde, cuando íbamos con ella al Café de Indias: ¿te acuerdas cuando te conocí? Y el cariño imprescindible para alzar el momento y llenarlo de más dignidad y contestar que sí y para escucharle contar, una y otra vez, cómo fue ese encuentro que su voraz enfermedad había convertido en una fantasía dulce y querida.

Necesitamos una sociedad que tienda derechamente a comprender y diagnosticar sus propia y compleja dolencia que aísla e incomunica a las personas y que, como en el caso somático, “es un engranaje de distintos mecanismos que conspiran y se agrupan para dar lugar a ella” (JM Pascual).

A partir de ahí quizás podamos responder, con humildad a algunas cuestiones que se te plantean en esta “sopa” comunicativa:

Si no puedo echar raíces, ¿quieres que me haga aire – “oxígeno y argón”- o silencio, vacío, nada?

Sin tu idea en un contexto, ¿cómo me oriento en tu mundo?

Si tu felicidad son 160 caracteres, ¿no te parece muy corta?

Si tu sonrisa es un emoticono ¿Cómo puedo reírme contigo durante más tiempo?

Si el smart ha secuestrado tus ojos ¿Cómo me veré en su fondo? y después, ¿qué horizonte veremos juntos?

Si tu abrazo es un #, dime: ¿qué estás abrazando?

Si tu palabra es efímera ¿Qué me atará a ti?

Si tú eres fugaz para mí, ¿qué será de mí? ¿No habrá un “nosotros”?

¿Te acuerdas cuando te conocí? ¿Te acuerdas?

 

 

 

 

 

José Ángel Domínguez Calatayud

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2 respuestas a Incomunicación

  1. Juan Manuel Pascual dijo:

    Gracias por su comentario. Rara vez recogen lo que uno dice en estas breves entrevistas por falta de espacio y otros factores. Sin animo de echar mas len-a al fuego, quizas encuentre mas informativas aun estas dos. Atentamente. JMP

    http://www.malagahoy.es/article/malaga/1014821/la/investigacion/cancer/esta/siendo/gran/fracaso/pese/todo/lo/invertido.html

    http://www.ymalaga.com/contrapunto/molinos+y+gigantes/la-actividad-cientifica-ejerce-un-efecto-terapeutico-sobre-el-dogmatismo.49720.html

    • Gracias, profesor, por haber fijado su atención y ocupado su valioso tiempo en mi humilde Blog. Le pido perdón por lo tardo de mi respuesta.
      He leído con placer los dos textos cuyos links acompañaba y me sumo a los comentarios laudatorios que uno de ellos recoge: Tengo que releerlos, pues es un mediterráneo extraordinariamente sugerente.
      Me alegra su búsqueda de la verdad y el fondo humanista de su trayectoria: que la encuentre… o que Ella le encuentre a Vd.
      Le saludo con admiración y cordialidad. José Ángel