Anonimato, información y libertad

Aquel día mi padre, después de rasgar el sobre y sacar del interior la carta la leyó y, con una apacible sonrisa, me la pasó para que yo la leyera. El texto que tenía entre mis manos – expelido con toda seguridad por lo que hoy se llama eufemísticamente “entorno de ETA” – estaba lleno de insultos, amenazas,  improperios y otras lindezas, la más suave de ellas con acento en la n: era una típica carta anónima. Miré a los ojos grandes de papá que estaban serenos y que me comentó con el humor habitual en él: “he recibido muchas cartas sin firma, pero esta es la primera vez que recibo firmas sin carta“.

Desde antes, pero más desde entonces he sentido un repugnancia profunda por los anónimos y la falta de gallardía.

Informa El País (16/09/2011) de que “la organización Anonymous publicó ayer en internet, en varios sitios de descargas, datos personales de una treintena de policías —en su mayor parte destinados en el servicio de escoltas de la Presidencia del Gobierno, según los hackers—, supuestamente robados de la página web de la Policía Nacional“. Y  al leer la noticia resulta claro que una cosa mezquina, a la altura moral de sus emisores, es mandar cartas insultando, y otra cosa distinta es dibujar cibernéticas dianas en las espaldas de treinta policías. Anonymous desvela sin dar la cara, solo la careta.

Esa “valiente delación”, es posible que alimente el gordo ego de un hacker que ha burlado (¡qué risas!) las medidas de seguridad del organismo público encargado, precisamente, de vigilar por la seguridad de todos. Lo que es seguro, es que pone en riesgo vidas y bienes que merecen una protección mayor a causa del mayor bien de la integridad y dignidad de la persona. Aquí ya no hay risas.

El derecho a la libre información es casi ilimitado y es bueno que lo sea. El “casi” está donde todo conciencia formada sabe sin necesidad de más consideraciones. Hacer de modo anónimo ese chivatazo sólo describe la naturaleza desviada de una conducta sin libertad real, pues ha matado su responsabilidad tras la careta virtual.

 

 

 

 

José Ángel Domínguez Calatayud

 

 

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