Escuchar en Público

Me llaman para hablar en Público. Lo agradezco, me encanta. Adoro mi profesión y, palabra, siento pasión por esas gente joven o mayor, formada o aprendiz, casada o soltera, que se sienta su mirada frente a mis ojos, ojos que se humillan pensando el honor que me hacen.

Esa pasión no llega a nublarme el entendimiento. Yo también he sido, soy y seguiré siendo público de charlas, presentaciones, homilías y conferencias. Y constato que ni siempre soy buen escuchador, ni los que me rodean en las salas lo son todos, al menos plenamente.

Parece como si al relajarse la disciplina en la escuela y en la familia hiciese falta extender una red de Presentaciones sobre cómo Escuchar en Público, para entrenar en el aprovechamiento de ponencias y ponentes. Para enseñar cosas como que:

1.- Sentarse en una butaca no es derrumbar las lumbares hasta el extremo de asiento, displicente actitud de hamaca playera. A la larga, además, esa dejadez produce problemas de columna.

2.- Mascar chicle (pegándolo después de bajo del asiento) denota cierta actitud distante y, en su caso, una tanto antihigiénica. Dicen los expertos internacionales que para el conferenciante es peor aún ver al público morder directa y ostensiblemente limón: al ponente se le llena la boca de una jugosidad que puede llegar a ahogarle en su propia saliva.

3.- Blackberry y otros smartphones están hechos para comunicarse y compartir “tuits”, mensajes y sentimientos. No lo dicen las instrucciones, pero está comprobado, que esos aparatos admiten periodos de descanso, como, por ejemplo, la presentación que se me está haciendo. La eficacia de las presentaciones y de la Comunicación presencial reside en un alto porcentaje en la mirada y no en la calva o en la coleta o en el flequillo de la audiencia.

4.- Los teléfonos móviles tienen la posibilidad de ser apagados mientras estoy en el cine, en misa o en una conferencia (también en el AVE). Tienen una posición de “silencio“, para que no suene mientras alguien se ha tomado la molestia de estudiar un tema y contármelo a mí y al resto del público. Comprendo que a veces a uno se le olvida y entra en la sala sin haber activado la posición “silencio. Comprendo, por tanto, que se oiga una vez un sonido de llamada. Pero, ¿dos veces? Y ¿tres veces? La pregunta que me hago: ¿en qué vez estamos ante la estupidez o la mala educación?

Más allá de oír, escuchar define y distingue al Homo Sapiens más nitidamente que la capacidad de hablar. Ser público de una presentación, una clase o acto de comunicación es una dignidad a la que hay que responder a la altura del encuentro, bien sentado, mirando al frente, tomando, si es oportuno, notas que nos aprovechen y siempre mostrando con los ojos y el lenguaje corporal un respeto, una actitud personal (de persona) que nos eleva y enaltece a la sociedad a la que pertenecemos.

 

 

 

 

José Ángel Domínguez Calatayud

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