Golf y vida diaria (5. Reparar “piques”)

Cuando una bola de golf cae con fuerza desde el cielo sobre la delicadísima superficie que rodea la bandera produce una depresión o cráter que es directamente proporcional a la fuerza del impacto e inversamente proporcional a la dureza del green. La trayectoria de la hendidura, conocida como “pique” (ball mark o pitch mark) y el dibujo de sus bordes lo determinan la dirección del golpe y el efecto (backspin) impresos por el jugador a la bola en su golpe de aproach.

Si podemos imaginar que nuestras palabras son bolas de golf y que el corazón de nuestros interlocutores es el green nada impide pensar que nuestros golpes (frases) producen señales en el alma de los otros, cuya profundidad es directamente proporcional a la carga semántica de lo que decimos e indirectamente proporcional a la madurez y firmeza de carácter de la otra persona. También, sabemos que la intención de nuestra palabra viene contenida en la mirada. El efecto buscado que acabará dibujando las aristas de sus bordes se identifica con nuestra comunicación no verbal: postura, gestos, ademanes, etc.

Del mismo modo que existen ball marks existen word hurts. daños verbales.

En el Golf las reglas de cortesía imponen reparar el pique, devolviendo al green su aspecto y consistencia originales. Si se hace bien la hierba se recupera en veinticuatro horas; si no se hace o se hace mal puede llegar a tardar quince días, en los que lucirá una fea cicatriz. Como herramienta puede utilizarse un simple tee o un “arregla piques”, que nunca debería faltar en nuestra indumentaria. Dos direcciones de web pueden ser útiles para aprender a reparar un pique: golfycia y about: de esta última es la foto que acompaña a estas líneas en la que vemos a tres profesionales en actitud reparadora: Morris Hatalky (izquierda), Mark Johnson (centro) y Ben Creshaw.

En la vida diaria, nuestras word hurts no son tan sencillas de reparar, porque los cráteres que producimos se hacen en un espíritu. “El hombre es un espíritu en el tiempo” (L. Polo). Ciertamente, un simple despiste en una norma de educación convencional se arregla con un “disculpa”. Pero, en el extremo opuesto, ¿cómo vamos a restablecer la integridad de un espíritu de una persona cuya fama hemos arrastrado humillándola públicamente?

Cada vez que hablamos – en general, con cada comunicación – tenemos la capacidad de influir en los demás, y ellos de influir en nosotros. Esto, lejos de ser una calamidad, es una oportunidad de embellecimiento mutuo, de enriquecimiento que aporta nuevas capacidades a la vida diaria.

Si somos capaces de trabajar nuestra propia madurez, le daremos a nuestro carácter la dureza del humilde, que no se deja impresionar por cualquier comentario y que con elegancia, disculpa al instante el desahogo insulso del otro o el comentario superficial. No es poca cosa para cuidar nuestro green interior y proteger el de otros e ir aprendiendo a pasar por alto los roces propios de vivir juntos. No es poca cosa, pero no es fácil si ese green interior está hueco por dentro, sumido en un carcomerse continuo, un rumiar de agravios de pretendidos honores mancillados. El peor aproach es el amor propio.

La vida diaria será un buen campo de juego si aprendemos a perdonar y a pedir perdón, a construir puentes con los demás y no a volarlos, a jugar en el trato con conversaciones que no pretendan tanto la exhibición de un backspin espectacular, sino ganar juntos el hoyo de este día. El buen humor es un termómetro de nuestra capacidad de compasión, virtud necesaria para echarle alegría al partido de la vida.

 

 

 

 

José Ángel Domínguez Calatayud

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