La Marca Oxford

Oxonian es el nombre que recibe un egresado de la Universidad de Oxford. De este centro, líder en los ranking del Reino Unido, han salido –son oxonians – 26 Primeros Ministros (Blair); más de 30 líderes políticos internacionales (Clinton); 12 santos (Tomás Moro); escritores universales (Oscar Wilde, C.S. Lewis), científicos, medallistas olímpicos y hombres del progreso técnico como el coinventor del World Wide Web, Sir Timothy Berners-Lee; compositores y una larga lista de celebrities. Por sus aulas han pasado 48 reconocidos con el Premio Nobel.

Bien, pues puede que los difuntos oxonians se remuevan en sus tumbas y los vivos alcen asombrados las cejas al leer (Daily Telegraph de 19/09/2011): “La Universidad de Oxford, ha sido acusada la otra noche de malbaratar su imagen después de cederla para una “vulgar” línea de muebles de marca”.

Sobre el escudo de Oxford (representación de su marca, y con ella de su historia y tradición) tiene derechos ahora Halo Lincensing, corporación radicada en Hong Kong, que empleará esta licencia para prestigiar mesas, aparadores y vaya usted a saber que otros artilugios.

Hemos trabajado con miembros del claustro y colegios individuales para asegurarnos de que sólo tengan licencia productos de categoría que puedan acreditar que son relevantes para la universidad, su historia y sus logros y la venta de cada producto con licencia genera unos royalties para la Universidad”, se justifica un portavoz de la Universidad.

La Marca tiene un valor. Hoy, lo sabemos, también tiene un precio. Esa es la lección que se confirma con esta transacción.

Sin embargo, un caballero nunca se despoja de sus espuelas, ni un señor cede su escudo y sus armas por dinero. Esto es elemental y forma parte de valores como los realzados en sus libros por  el oxonian J.R. R.Tolkien.

El lema del escudo de la Universidad de Oxford, las tres primeras palabras del Salmo 27, “Dominus iluminatio mea” parecen de sorprendente actualidad en esta hora tenebrosa en la que ponemos precio a sobrevivir y alguno se pregunta, continuando el versículo, “quem timebo?”.

 

 

 

José Ángel Domínguez Calatayud

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