Libro de Aclamaciones: El Padre

Aunque “él” se merece más que aplausos, no va por “él” esta entrada en el Blog, sino por las personas que anoche me atendieron y me dieron de cenar en el Restaurante El Padre, en la calle Serrano 45, Madrid (España). No he podido saber a qué progenitor se refiere el nombre del negocio fundado en 1983, pero seguro que fue alguien que mostró interés por el trabajo hecho con perfección y con recta intención para servir a los demás.

Para tener una primera información basta con visitar su página web, pero para saber de El Padre hay que acudir a comer o cenar.

Una vez allí lo de menos es la variada carta de comida y la descomunal carta de vinos y licores: yo conté hasta 300 variedades. Lo que de allí importa es que se trabaja a conciencia para dar de comer al hambriento en un clima de cordialidad y amabilidad.

Recordarán mis lectores que ayer andaba yo con el ánimo bajo (ver post de ayer),  después de enterarme de que si me comía un filete arrebataba al mundo mil litros de agua, no tenía yo cuerpo para carne, como dejé escrito en mi post. Así que me dispuse a una cuaresmal cena de solo pescado.

Y lo conseguí, aunque esté mal decirlo, con la brillantez que me acompaña, gracias a mi ángel de la guarda que, además de encontrarme aparcamiento cuando lo necesito, me recuerda algunas obligaciones y guía mis pasos a restaurantes adecuados.

Por eso no tuve que llorar dejar sin agua al mundo mientras me cenaba unos Cogollos con Ventresca de Bonito, una Lubina a la Bilbaína (recién llegada la nueve de la noche desde Vigo), regados con vino Blanco de Rueda (un vino joven tipo Mantel Blanco). De postre un Flan de queso y caramelo (en el que el queso, según me informó el maître, no estaba muy potenciado, como pude confirmar).

Me disponía a pedir la cuenta, pero no es fácil en El Padre sustraerse de la actividad coctelera, por lo que volvieron a traerme la carta de cócteles y licores. Después de unos treinta minutos de cuidado estudio de sus páginas (cientos de páginas, podría decirse con algo de exageración) me incliné por lo tradicional y seguro y sin la mínima concesión a los daikiris, rompehihagados, rones a las finas hierbas y wakas-wakas de lima, pedí un Marc de Champagne Möet Chandon, que es apostar sobre seguro.

En El Padre no se conforman con traerte la copa y la botella, ¡qué va!: se acercó Mario con un carrito y sus utensilios a realizar sus ritos. Que ¿quién es Mario? Si componer música y dirigirla es un difícil arte, multipliquen eso por diez y verán a este “responsable de destilaciones” (como gusta que conozcan su oficio, que otros llaman mixólogo y los más antiguos barman) y verán, digo, cómo se dispone la temperatura de la copa con cuatro pequeños icebergs que son batidos con la bella armonía  con la que se mueve el aire del Gran Teatro de Viena mientras se ejecuta una aria de Las Walkirias; verán luego que se retiran los hielos y se seca con una servilleta el borde de la copa. Luego se vierte desde esa oscura botella de licor una generosa dosis en el decantador con una suavidad extrema, sin la más tenue salpicadura. Las manos de Mario, finalmente, sirven, como una melodía, solamente la mitad del contenido del decantador, para no saturar de manera inelegante la bóveda de sabores y aromas que se forma en la copa. ¡Magnifico!

Por todo lo anterior, por el oficio bien ejecutado y la amabilidad manifiesta del equipo rindo admiración e inscribo en el Libro de Aclamaciones a Mario y a todo el equipo de profesionales de El Padre.

José Ángel Domínguez Calatayud

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