Shakespeare: lo verosímil

El estreno estos días de “Anonymous”, película de Roland Emmerich (Independence day, El día de mañana) en la que se defiende la tesis de que Shakespeare nunca escribió un una palabra de sus treinta y siete obra teatrales, da pié, más allá de los indiscutibles méritos de la cinta, a considerar la dimensión de la duda y el misterio como energía para generar audiencia.

Lo insondable, la propia dificultad para tener certezas sobre lo ocurrido, despierta y aviva una curiosidad que abre puertas a las versiones de la realidad, es decir a otras composiciones verosímiles, cuyo mayor atractivo es su improbabilidad. No pueden ser probadas las tesis, luego pueden ser degustadas por el intelecto sin ofensa a su misión.

La inteligencia, mejor las inteligencias deben su existencia a la misión de buscar y adherirse a lo verdadero. Pero lo verdadero no se muestra desnudo salvo en contadas ocasiones. Lo verdadero se presenta vestido de imagen, de palabra, de sentimiento, de estremecimiento, de luz y de sombra para retar a la persona a reconocerlo. En nuestra limitación – no tenemos un poder infinito de discernimiento- nos valemos de la interpretación de lo recibido sometiéndolo a control de verosimilitud: ¿Es verdad?

Nos preguntamos si es verdad, pero nos contestamos si es verosímil. Deseamos tener certeza porque la certeza aquieta la mente. Pero cuando aparece la duda volvemos a someter a control la verdad.

La posibilidad de que las firmes convicciones que tenemos sobre aspectos históricos, científicos y artísticos no tengan fundamento irrefutable, lleva a muchos a sostener una postura de falta de compromiso con la búsqueda de la verdad, que, vivida como una expresión de libertad, paradójicamente les arrebata la capacidad de emplear – aplicándola a un objeto – esa irreductible ansia libertad, enterrándolas en el subsuelo de su humanidad, como un cadáver cenizas de lo que podrían haber alcanzado.

El sembrar la duda, tiene, pues un mercado, para los malvados y los corruptores, para muchos que van de listos y quieren ganar, aunque sea sobre la infamia, la sospecha y la habladuría. No es difícil, pero tampoco es ético. Hay cosas verosímiles que nacieron y acabaron siendo mentiras.

El origen africano de Obama, la pervivencia de Elvis Presley, la mendacidad del primer hombre en la Luna o la autoría ajena a William Shakespeare de Macbeth pueden vender periódicos y dar base a leyendas urbanas o a obras de ficción histórica, pero al final la verdad se abre paso.

Sí, como dice la excelente crítica de Anonymous, que firma Fernando Gil-Delgado en Fila Siete al final, “El teatro se convierte en el punto de encuentro de grandes y pequeños, y en el teatro The Globe, Oxford se da cuenta del enorme poder de las palabras sobre el pueblo”.

El pueblo recibe, hoy como entonces, palabras e imágenes, pero hay una obligación de no engañar con el envoltorio de veracidad lo que no es verdad. O ¿debemos poner en boca de William las palabras de Rodrigo, moro veneciano, en Otelo? “Porque cuando mi acción externa demuestra el acto nativo y la figura de mi corazón en complemento externo, no es mucho tiempo después de que yo sólo me pongo mi corazón en la manga para los cuervos que picotean. Yo no soy el que soy” ( Othello Act. 1 escena 1).

 

 

 

José Ángel Domínguez Calatayud

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