Partícula de Dios, imagen y semejanza

En el CERN (Centro Europeo para la Investigación Nuclear) andan inquietos, después de haber andados inquisitivos durante años alrededor del LHC (Large Hadron Collider), buscando confirmar la existencia del bosón de Higgs, esa partícula – hasta hoy hipotética- que estaría en condiciones de dar una “explicación del origen de la masa de otras partículas elementales, en particular la diferencia entre el fotón(sin masa) y los bosones W y Z (relativamente pesados). Las partículas elementales con masa y la diferencia entre la interacción electromagnética (causada por los fotones) y la fuerza débil (causada por los bosones W y Z) son críticos en muchos aspectos de la estructura microscópica.” (Wikipedia, voz bosón de Higgs)

El campo de Higgs y el bosón de Higgs son dos formas de ver el mismo fenómeno. Esta dualidad se deriva de uno de los principios más desconcertantes -pero también mejor establecidos- de la física cuántica (la antiguamente llamada “dualidad onda-corpúsculo”). El caso más familiar es el de la doble naturaleza de la luz, que consiste a la vez en un campo electromagnético y en un chorro de partículas, o fotones. El modelo estándar de la física subatómica divide las partículas en dos grandes grupos: las que constituyen la materia (fermiones, como los quarks) y las que transmiten las fuerzas (bosones, como el fotón). El propuesto bosón de Higgs, por tanto, sería una partícula”. (AR/Javier Sampedro. El País 10/09/08)

A este bosón de Higgs se le llamó la partícula de Dios, encantador nombre atribuido a Sheldon Glasgow (Nobel de Física 1979) pues sería capaz de explicar, desde este lado lo que desde el otro originó la aparición hace 13700 millones de años la activación de la materia y la materialización de la actividad cósmica.

Hay descubrimientos, como el de la penicilina, explicaba Glasgow, que se producen por un azar, es decir sin buscarlos directamente. Otros, como la estreptomicina o éste de la partícula de Dios, necesitan una planificación.

El acelerador de partículas, un anillo de 27 Km bajo los Alpes y una inversión de 6000 millones de euros, justifica su existencia en encontrar el esquivo bosón o, en caso contrario el desmontaje de buena parte de la física moderna.

Es algo maravilloso: el descubrimiento de otra de las claves existenciales forma parte, de alguna manera, de la misión del hombre de la tierra. Del mismo modo que un bosón puede constituir necesaria partícula de materia, desvelar esa partícula es figura de un andar del hombre fuera del hombre hasta las bellas playas de la infinita sabiduría. Claro que la clave de ese hombre más allá del hombre está en él mismo, haciéndole ser un “quién” con sentido, no ya partícula, sino “imagen y semejanza” de Dios.

 

 

José Ángel Domínguez Calatayud

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