Ética y confidencialidad

Los titulares del día se ponen de acuerdo algunos días, y, como sigo sin creer en la casualidades, suelo interpretarlas en clave de llamada a buscar qué hay de grande entre las miserias que coinciden.

El diario Cinco Días, en un esplendido artículo de Maruxa Ruíz del Árbol, pone en pie las trapisondas de directivos japoneses de Olympus desveladas por Michael Woodford (arriba en la foto) consejero delegado de la firma nipona de cámaras y endoscopias que fue despedido por ese motivo. Ahora la policía ha detenido a la cúpula que, al parecer dedicó a transacciones irregulares “sólo” 1150 millones de euros.

La noticia del lado de la Cultura Visual la leo en Hechos de Hoy y se refiere al éxito en los Goya de la película de Arbizu “No habrá paz para los malvados”, en un thriller de corrupción narco-policial.

Cuando hace unos días asistí a un seminario del profesor Pedro Nueno (IESE), le escuché hablar, con esas sabia retranca irónica que muestra de vez en vez, de los problemas en los que se meten algunos por pensar que en las organizaciones  (empresas, instituciones, gobiernos) se respetan las clausulas de confidencialidad. ¡La confidencialidad no existe!, enfatizó. Parecía querer decirnos que si no somos capaces de ser honrados por principios, al menos, seámoslo por sus consecuencias.

Porque ¿alguien cree que se pueden untar 1150 millones de euros y que eso va a quedar en secreto, que nadie lo sabrá jamás? El profesor Nueno nos puso algunos ejemplos de escándalos vistosos que saltaron  al prime time de las cadenas de televisión y a las portadas de diarios de todo el mundo donde la confidencialidad ya se había roto al cuarto de hora de la firma del compromiso de silencio.

Uno puede escapar de la cárcel por el transcurso de unos pocos días de la fecha de prescripción de las faltas, pero no es posible escapar al veredicto de la opinión pública que llega antes y, probablemente más injusto que el Juicio Final, donde, por cierto, se sabrá todo.

En los foros empresariales y en las memorias de las grandes empresas se alzan voces y se escribe abundantemente sobre Responsabilidad Social Corporativa (RSS). Tienen razón. La tienen y eso es útil si no olvidamos tres cosas.

1.- No existe la confidencialidad.

2.- Las instituciones con casos descubiertos de corrupción habían obtenido, en su mayoría, la aprobación de sus actividades y sus cuentas habían sido auditadas cum laude.

3.- La corrupción – cualquier corrupción – se aloja primero en el corazón del hombre cuando se hace a sí mismo la primera trampa.

Por todo lo dicho podemos admitir que la integridad puede ayudar a generar cash flow, pero sobre todo es una inversión a largo en confianza en las relaciones personales y comerciales y un depósito en la cuenta de dormir bien cada noche.

 

 

 

 

José Ángel Domínguez Calatayud

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