La máquina que lee el pensamiento

Me he pasado buen parte de mi vida sin comprender del todo al “pensamiento que lee la máquina”, también conocido como ingeniero (industrial, mecánico electromecánico). Mi limitación venía de una casi congénita aversión a los números, combinada con una muy incompleta inteligencia espacial y cinética. Desde esa infancia mecánica he disfrutado viendo a mis queridos ingenieros de la fábrica intentar descifrar los ruidos, los olores y hasta los dibujos que una talladora imprimía en una pieza de acero. Era y es un ejercicio admirable de investigación para el que son preparados con desorbitado esfuerzo en las Escuelas Superiores Técnicas.

El pensamiento que lee la máquina tiende en ocasiones a la extrapolación. El profesor Ginebra (IESE), él mismo ingeniero, decía en broma que en las Escuelas de Ingenieros enseñan básicamente dos cosas y una de ellas era a extrapolar. Si eres un pensamiento que lee la máquina, en el trato en las personas, puedes caer en la tentación de intentar extrapolar conclusiones sobre sus procesos, sus conductas y reacciones, lo que produce, cuando no crueles, sí resultados estrambóticos y hasta ridículos.

Debo de reconocer que con su paciencia – y a veces con la mía, que los ingenieros tienen también su “que” – llegamos a un grado razonable de convivencia pacífica y de aprendizaje del que extraje no poca ciencia simple y comprensión más práctica de los problemas de las cosas materiales y su combinación con otros materias o con la energía.

Estaba bastante satisfecho de mis avances cuando de repente, la Universidad de Berkeley da un paso más y ya no se trata de los hombres que leen máquinas, sino de la máquina para leer hombres.

Ya es bastante doloroso ver a tanto psicólogo aficionado intentando auscultar mis míseras ideas e intenciones como para dejar que vayan por ahí construyendo una máquina que lee el pensamiento. El mío, solo lo lee – y desde lejos – la mejor de todas las esposas, a la que le basta una sola mirada para conocer lo que tramo,  lo mismo que sabe el estado de ánimo de cualquiera de mis inmejorables hijos ya sea directamente, a través de Skype o incluso simple teléfono. “Este hijo mío está guapo y contento”, dice tan campante después de un rato de charla telefónica con el mejor de los varones a quien no ve hace meses. Lo de contento, me puede valer. Pero, ¿cómo puede saber que está guapo? Un de los muchos benditos misterios de la mujer que lee hijos.

Profundizando en el hallazgo, resulta que los investigadores han conseguido descifrar la actividad eléctrica que se produce en el cerebro cuando una persona escucha una conversación. De esta forma, son capaces de saber qué palabra ha escuchado un ser humano gracias sólo a las señales que emite su cerebro.

Leo en El Mundo (01/02/2012) que, “para reconstruir conversaciones imaginadas se pueden aplicar los mismos principios que hemos usado en esta investigación para traducir las verbalizaciones internas de alguien“, explica el autor principal del trabajo Brian Pasley, investigador del Instituto de Neurociencias Helen Wills, de la Universidad de California en Berkeley. “Hay evidencias de que oír un sonido e imaginar ese mismo sonido activa áreas similares del cerebro“.

Resulta delicioso saber que, para dar explicación de lo descubierto, se han fijado en Ludwig van Bethoven que, siendo sordo, tenía la música en el cerebro y era capaz sin oírla de reproducirla en un pentagrama. Esperemos que progresen, para tantos, como las víctimas del “síndrome del cautiverio”, capaces de oír y entender lo que se dice a su alrededor, pero con un grado de parálisis tal que no pueden responder a esos estímulos de modo alguno. Gana la Salud, gana el Hombre, gana la Comunicación.

 

 

 

José Ángel Domínguez Calatayud

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