Te escucho

Te escucho, estoy pendiente de ti. Me importas, me interesa lo tuyo.

En realidad eso es lo que debería sentir el otro antes de que le hablemos, si queremos que lo que digamos a continuación recale en el puerto de sus necesidades.

Porque ya sea nuestro auditorio una sola persona – quizás un joven –, la familia en la sala de estar o un auditorio repleto, si nuestra comunicación no echa claramente anclas en las necesidades de quien tenemos delante, se ausentará de nuestra presentación, aunque nos parezca que está allí porque vemos o intuimos su cuerpo. Se conocen incluso casos de personas capaces de dormir con los ojos abiertos, lo que engaña a no pocos conferenciantes.

Sucede como en esa deriva de las relaciones con algunos jóvenes que te miran cómo hablas, mientras sus orejas destilan cable eléctrico insertado por un extremo al oído y por otro a la i-pod, al i-phone o cualquier smart reproductor de música. ¿Te están escuchando? ¡Ni siquiera te oyen!

Una suerte de aislamiento acústico, forrado de espuma de indiferencia cubre muchos de los intentos de relación humana de la sociedad de la pantallas y devices. Es axiomático: con los oídos tapados no puede escucharse.

Pero sería una ingenuidad pensar que con sólo arrebatar al pabellón auditivo los auriculares, se descorchan el cerebro, el corazón y la empatía.

La costumbre de soltar el propio discurso no la tienen en exclusiva esos políticos y famosos que convocan ruedas de prensa para, una vez leído el propio comunicado, no admitir preguntas o aclaraciones. Razón llevan los periodistas que se rebelan ante tamaña falta de respeto a su trabajo.

También nosotros antes de hablar, antes de escribir, deberíamos recalar en el puerto de las necesidades de nuestras gentes – amigos o públicos – y en la quietud de sus aguas preguntarnos ¿qué le falta? ¿Qué le sobra? ¿Cuáles son sus miedos, sus recelos? ¿Hasta dónde llegan sus anhelos? y ¿qué parte de mi narración le ayuda a ser gran persona, le entretiene o abre cerrojos de silencios y angustias autoimpuestos a su corazón?

Este ejercicio no siempre puede hacerse con profundidad, pero incluso en esos casos el comunicador, el speaker, el blogger, el profesional que trata con personas (médico, maestro, sacerdote), y cada uno en su interlocución con otro congénere, debe otear para discernir un poco siquiera qué dolores o qué alegrías están ocupando la bocana del puerto de la comunión de ideales o, al menos, de visión compartida de la realidad. Saltar por encima de esa alegría o ese dolor, intentar rodearlos, las más de las veces produce el efecto contrario al deseado en toda comunicación: otro candado en esa puerta que sólo se abre desde dentro.

Mirar de frente, recibir, acoger y transmitir que se acepta de modo irrestricto a la otra persona comunica un setenta por ciento de lo que ibas a decir. Y quizás en ese porcentaje estaba lo más valioso de tu discurso.

 

 

 

 

 

 

José Ángel Domínguez Calatayud

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