Acompañar para comunicar

Jamás podrá sustituir a las personas o cuidadores porque es simplemente un complemento”, comparte Miguel Ángel Salisch cone al autor del artículo en el blog “La Trinchera” del diario El Mundo (13/03/2012). La frase de este investigador de la Universidad Carlos III se refiere al robot  Maggie que ha sido presentado en sociedad.

Maggie es el apelativo familiar con el que se denomina en el Robotics Lab de esa universidad a quien nació llamándose Magellan y que se une a los compuesto cuasi-androides de prestigiosas universidades americanas y japonesas. Sus capacidades lo hacen especialmente competente para la compañía útil ya que, es capaz, por ejemplo, de leer códigos de barras de medicinas y  comunicar a su dueño el nombre de la medicina y hasta su fecha de caducidad. Puede hacer compañía y seguir a su dueño. A juicio de M.A. Salisch no está lejos el día en que los hogares tengan sus robots domésticos que, como éste, puede ser ayuda para personas con alguna dolencia o, simplemente, mayores. Así debió entenderlo la Fundación Alzheimer que ha suscrito un convenio con ese centro de investigación. Veremos.

Casi secuestrados ya nuestros ojos, nuestras manos y gran parte de nuestra atención por la pequeñas pantallas manejables y a la espera del desarrollo y pacífica invasión de estos robots, podríamos revisar si nuestros enfermos, ancianos, cónyuge, compañeros de trabajo y nuestros propios hijos tienen la compañía humana a la que tienen derecho: la nuestra.

Porque podría ser que un robot les diga a ellos cuándo caduca el sobre de Frenadol, pero nadie nos advierta a nosotros que nuestra cuenta corriente de amistad y comprensión está en números rojos y necesita urgentemente un ingreso de escucha. No sólo de compañía, los dos solos mirando una serie televisiva, sino una charla en la que el otro tenga la oportunidad de decirnos lo que quiera… y si quiere.

Pero en cualquier caso, el crecimiento personal que experimentaremos – aunque no nos diga nada- nos llena una depósito invisible pero real de acogimiento y de fidelidad a lo humano por encima de devices, smarts y plasmas.

La voz interior cuando acompañamos con cariño a un enfermo se llena de palabras nunca dichas y que quizás nunca verbalizaremos pero que nos facultan para hacer mayor y más delicado bien cada vez a mas gente.

Hay silencios que son palabra. Hay palabras que son imagen y gesto. Hay gestos que son cápsulas de infinito, de piedad enriquecida con la esencia del más bello discurso nunca dicho. Yo no puedo olvidar aquellos ojos de aquella enferma terminal de aquel hospital.

 

 

 

 

 

José Ángel Domínguez Calatayud

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