Arquitectura y Cultura Visual

Reabre el New York Times la polémica sobre el monumento a la memoria de Dwight Eisenhower. Lideró las tropas aliadas en el frente Occidental hasta el fin de la II Guerra Mundial. Presidió los Estados Unidos de Norteamérica de 1953 a 1961. En esto le precedió Truman y le sucedió Kennedy. Sus decisiones de carácter internacional se regían por el principio de no dejar crecer el poder soviético: CENTO, SEATO y OTAN son hijas del contemporáneo “si vis pax para bellum” y comadres con el Pacto de  Varsovia de la guerra fría. Interiormente crecimiento, red de carreteras, expansión aeroespacial, más y mejor educación, impulso armamentístico y construcción de un espíritu nacional fuerte.

No es extraño que al comienzo de este milenio políticos e intelectuales de variado signo se reunieran en el despacho que el veterano senador Daniel Inouye tiene en el Capitolio para promover un reconocimiento de Ike, como era conocido el general y presidente. La Eisenhower Memorial Commision salió de aquel despacho y en 2009 encomendaron la creación de un monumento al prestigioso arquitecto Frank Gehry.

Cuenta Philippe Kennicott en el periódico neoyorquino que el proyecto presentado ha originado discusiones y comentarios adversos como que parece inspirado en el boato comunista,  o en las vallas publicitarias o, en modo de dardo más hiriente, en los muros de un campo de concentración de hitleriana fachada.

Realmente estamos ante un reto más de arte que de política y de comunicación de un presidente que tenía bastante claro cómo no comunicar. “No se me ocurre nada más aburrido para el pueblo estadounidense que tener que sentarse durante toda una media hora mirando mi cara en las pantallas de sus televisores” dijo en cierta ocasión.

El proyecto y su maqueta, lo que realmente presentan para ser elevado delante de un edificio del departamento de Educación y de otro relativo a la navegación aérea es un espacio, como un parque translúcido, enmarcado por tres paneles en sendas líneas de un rectángulo en el que se distribuyen unos bloques regulares con evocaciones de la actividad de aquel presidente que lideró el desembarco de Normandía y los primeros años de la subsiguiente paz.

Sobre los tres muros citados, sostenidos por diez lisas columnas, se inscriben en metal unos árboles, unos perfiles de árboles mejor, que quieren recordar volúmenes – quizás aromas y siempre emociones – de su Denison natal.

La obra de Gehry (Museo Guggenheim de Bilbao, Centro Stata del MIT, Sala de Concierto Walt Disney enLos Ángeles y otras grandes creaciones) nunca pasa desapercibida, ni sus proyectos novedosos dejan de provocar reacciones. El arte moderno – si es verdad que existe el Arte – es una realidad que interpela, que acaso aprovechando un primer shock desea que le aceptemos o le rechacemos como es, pero en ningún caso que pasemos como si allí no hubiera nada.

No es la nada es la forma lo que nos pregunta sobre la belleza y quiere de nosotros una afirmación. Vale el no, con tal de que sea una afirmación de un sí. Si no existe el arte, al menos no dudemos de la belleza y de quienes la buscan. Esta obra de Frank Ghery es prueba de que está muy viva el ansia por representar lo imposible de ofrecer a una universal satisfacción.

Aquí lo dejo para que el espíritu de aquel pragmático presidente no venga a acusarme con aquellas palabras: “un intelectual es una persona que emplea más palabras de la necesarias para decir más que lo que sabe”.

José Ángel Domínguez Calatayud

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