Autoridad, redes y prosperidad

Cuando Álvaro D’Ors, catedrático de Derecho Romano e ilustre humanista, definía qué era una “autoridad” decía que era el saber socialmente reconocido. Cuando se refería al “sabio” expresaba que era el que escribe de lo que sabe, anclando así la sabiduría al modo peculiar en el que la civilización judeo-cristiana había venido reconociendo esta cualidad. A diferencia de otros grupos humanos en los que los saberes se transmiten oralmente de unos a otros y de una generación a la que le sigue, en el Occidente cultivado ha habido un empeño histórico en dejar rastro escrito (da igual si es en escritura cuneiforme o en logos empresariales) de aquello que transmite conocimientos fiables. Lo que no estaba escrito no existía. Y si existía moría en pocas décadas. Nada contiene sabiduría sin el molde de la escritura, del dibujo o de la imagen evocadora.

La supremacía histórica de Occidente se había fundamentado en esta realidad y en dos grupos de procesos para la prosperidad.

El primer grupo de procesos es aquel en el que cabe inscribir todas las mejoras técnicas

  • para la producción y re-producción de lo visible (escrito o en imagen);
  • para su almacenamiento y custodia de incolumidad;
  • para su distribución cada vez a más gente, cada vez más rápido;
  • para la recepción y tratamiento de las críticas, es decir de las actividades de mejora y actualización de esta sabiduría mediante su comunicación e intercomunicación con otros sabios. Toda sabiduría humana es provisional. Si no que se lo digan a los buscadores de bosones.

El segundo grupo de procesos es el referido a la distinción. No todo vale o, al menos, no todo vale igual, como erróneamente piensan algunos…salvo quizás cuando se trata de su propios privilegios.

También Álvaro D’Ors explicaba a sus alumnos que “la labor del jurista es definir y distinguir”. Hoy más gente realiza esta función. La autoridad  – ese saber socialmente reconocido – jugaba en esto el papel impagable de decir a la comunidad qué era lo cierto, lo bueno y veraz, distinguiendo así aquello que debía ser seguido de lo que merecía ser abandonado por falso, malo o mendaz.

Como toda sabiduría humana es provisional, en algunos casos posteriores actualizaciones admitidas por la autoridad también posterior proporcionaban el nuevo referencial a la misma sociedad que los alzaba. Pero uno siempre acude a esa autoridad porque uno no es capaz de sustituir con su solo criterio, siempre y en todo, el crecido y creciente océano de conocimientos escritos, registrados o edificados.

Hoy la sociedad, en gran medida vinculada a las pantallas de ordenadores y Smartphones y, a través de ellos a Internet, se enfrenta a retos de autoridad basados en el igualitarismo que proporciona Google, como determinante, no de cuál es el saber, sino de quién es la autoridad, quien es el saber socialmente reconocido, a quién hay que seguir en la correcta definición de un término o quién es el que dice cuál es la persona más influyente.

La estadística y la complejidad de los algoritmos de este “buscador”, son los encargados de designar a la nueva autoridad, mediante su pageRanke, seleccionándolo de entre las páginas más citadas, enlazadas y referenciadas y las que con mayor frecuencia modifican su contendido (actualización). Cuando Sergei Brin y Larry Page dieron a la luz en la Universidad de Stanford su trabajo “Anatomía de un buscador hipertextual a gran escala” fueron visionarios del poder aliado de la matemática, la informática y la interconectividad. El estudio dio origen a Google, pero no es tan seguro que acertaran a prever todas las implicaciones y consecuencias de hacer operativa su creación y la consiguiente progresiva sustitución de la calidad por la cantidad, de la cualificación por el “topic”.

Pues una cosa es lo masivo y otra los acertado; una cosa es el criterio y otra bien diferente el cálculo; una cosa es lo sabio y otra lo reiterativo; una cosa es lo bueno y otra lo frecuentemente apetecido, como quinientos millones de moscas pueden acreditarlo cada mañana.

 

 

 

 

 

José Ángel Domínguez Calatayud

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