Espíritu de superación y fuerza comunicativa

Todo esto de las Olimpiadas, de gente corriendo, saltando, nadando y jugando tiene una atractiva fuerza de comunicación.

Desde los coleccionistas de pins de los juegos hasta los amplios reportajes, pasando por las imágenes llenas de plasticidad de los cuerpos en ejercicio y pasando por las estrategias de clasificación o las olas de emociones encontradas de vencedores y vencidos es un muestrario de mensajes compartidos. Sobre todas estas experiencias hay una que anuda a las personas y es la de poner en común liza las propias facultades y talentos y hacerlo del modo más joven, pacífico y admirable posible.

Unos juegos olímpicos tienen la capacidad de poner en sintonía muchos espíritus tanto de deportistas y sus entrenadores como de los públicos y éstos en directo o  a través de la televisión, de la radio o de Internet.

¿Qué aspectos de la fuerza comunicativa ponen en marcha la pruebas deportivas olímpicas y su especial mundo de retos?

En primer lugar, el afán de superación. Sin duda es un mensaje cargado de activadores de nuestras nostalgias de lo mejor. Todos tenemos un biografía en la que asoman su cara esos momentos en los que nos propusimos algo con fuerza y que absorbieron horas y recursos nuestros, aspiraciones íntimas y sueños de altura. Este recuerdo del fuego interno que se inflamaba por alcanzar una cumbre, aunque objetivamente sólo fuera una colina, emerge de nuestra memoria para hacernos compartir la noble lucha de un atleta. En el interior del espíritu humano hay una formidable voz, inaudible para los demás, que nos dice que nosotros también pudimos y aún podemos proponernos y movilizarnos para llegar allí, ese “allí” que es, en todo caso, un “más allá”.

El segundo aspecto de la fuerza comunicativa que una Olimpiada pone de relieve, es la suerte de empatía que invade todo el evento. No sólo que no hay más enemigos que el crono, la fuerza de la gravedad y la resistencia omnipresente de lo físico, sino que los demás atletas son dignos adversarios a quienes no se pretende vencer como personas – la humildad brota sola en el buen deporte- sino sólo superarlo en sus marcas, en esa actividad, en ese ejercicio elegido en cada caso como la propia prueba. Este hecho, el ser sólo una prueba, el levantarse de nuevo para seguir corriendo, el respeto por los otros, la frescura joven de un dinamismo inocente abre poros que permanecían cerrados en nuestros anquilosados afanes y en las envidias rumiadas. Un vendaval de comprensión borra toda aprehensión. Y todos esos “otros” son un poco yo mismo, o, mejor aún un nosotros-Humanidad.

Esas dos fuerzas merecen un incondicional apoyo y alimentación para hacerlas perdurar. También están reclamando un fundamento transcendente que las doten del vigor que sólo tienen las cosas del espíritu humano cuando es reconocido como merecedor de algo menos metálico que una medalla, aunque sea de oro.

 

 

 

 

José Ángel Domínguez Calatayud

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