Cuando Dios se coló en los Juegos Olímpicos

A principios de agosto recibí mail de un amigo  que me enviaba un artículo periodístico con estos titulares y entradilla:

En China se aprobó la presencia de Biblias en los Juegos Olímpicos; en Londres, no.

El país asiático China repartió 10.000 ejemplares de Biblias, 30.000 copias del Nuevo Testamento y 50.000 folletos con los Evangelios; el COI ha vetado “material impreso o libro de carácter religioso” debido a “razones de seguridad”. (Sic)

En el Reino Unido no es algo nueva una actitud decididamente anticristiana en los círculos de poder; hace meses, la enfermera Carline Petrie fue suspendida de empleo por ofrecerse a rezar por una enferma de ochenta años, y eso que Mrs. Phippen, la paciente, había afirmado: “estoy segura de que lo hizo con la mejor intención”. Menos mal, podemos concluir. Es chocante que rezar por otro pueda suponer algo inquietante. Como el llevar cruces. Tal fue el caso de Nadia Eweida, conminada por la dirección de British Airways a quitarse un crucifijo que era visible con su uniforme. Hay más: el Gobierno de Cameron respaldó oficialmente que la High Court de Londres impidiera a un matrimonio de negros de religión católica el adoptar a un niño pues era inevitable el choque de sus convicciones con “el estilo de vida homosexual”, en cuyo caso debía prevalecer éste y por tanto ese aspecto no podía ser detraído del proceso educativo de un niño. En suelo británico se preparan para nuevo asedios a la libertad de las conciencias y, concretamente, la libertad para profesar sin enmiendas la religión católica. El tono de la polémica es tan alto que hasta el Daily Telegraph se alarmó de los tintes totalitarios de este relativismo y, saliendo en defensa de una visión menos agresiva hacia lo cristiano, dejó escrito:

“Estamos siendo testigos de una moderna Inquisición secular, un decidido empeño para forzar a todos a aceptar un nuevo conjunto de ortodoxias, so pena de afrontar la condena como herejes sociales

Por eso no era de extrañar que la ignorancia religiosa acampase en el COI y temiese fantasmas católicos violentos cercando el Estadio olímpico, así que mejor prohibir los Evangelios.

No es fácil cosa dar “patadas al aguijón” como escuchó hace dos mil años el fabricante de tiendas nacido en Tarso y como lo demuestra la Historia de las persecuciones descaradas y violentas o educadas y ladinas. No es fácil, no. La vieja URSS lo comprobó al derrumbarse y el COI y el gobierno de Su Majestad al abrir las puertas a los atletas, pues son muchos los que elevan la mirada al Cielo. Es más: entre los más prestigiosos son visibles las manifestaciones espontáneas de fe que ni la BBC puede ocultar mucho tiempo.

No soy partidario de cambiar la carrera de 200 metros por una procesión ni de licencia olímpica a la “levantá” de pasos de Semana Santa. Cada cosa debe atenerse con naturalidad a su propia normas y a la lógica que las infoma. Pienso, así mismo, que uno no es más religioso por exhibir más signos, sino por significar mejor en la vida ordinaria una mayor identificación con el amor inagotable del Hijo de Dios.

Pero eso no me impide comprender que si uno bate el récord del mundo señale a lo alto en acción de gracias como Usain Bolt;  o que si otro, tras correr durante 2 horas y 8 minutos gana frente a Buckingham Palace la prueba olímpica de Maratón como el ugandés Stephen Kiprotich, se arrodille y envuelto en  la bandera de su país eleve recogido una plegaria al Cielo.

Finalmente nada me impide admirar la gratitud de sobrenatural dimensión con la que la ortodoxa Meseret Defar al vencer en la carrera de 5000 metros saca de su pecho una imagen de la Virgen y  el Niño, la exhibe, la besa y celándose con ella el rostro musita alguna oración en amárico, su lengua etíope.

Hoy y muchos días hay gente que ofrece su trabajo a Dios, le pide ayuda para realizarlo bien y le besa en el silencio de su corazón agradeciéndole el fruto de tanto sudor.

¿De verdad es esto una seria amenaza para la paz?

Más parece la representación en la vida real de la obsesión que G. K. Chesterton describía hace cien años en “La esfera y la Cruz”.

Sobrevolando Londres en una nave, Miguel, después de oír una blasfemia le cuenta a Lucifer esta historia:

“Conocí a un hombre como tú; él también odiaba al crucifijo: lo eliminó de su casa, del cuello de su mujer, hasta de los cuadros; decía que era feo, símbolo de barbarie, contrario al gozo y a la vida. Pero su furia llegó a más todavía: un día trepó al campanario de una iglesia, arrancó la cruz y la arrojó desde lo alto.

Este odio acabó transformándose primero en delirio y después en locura furiosa. Una tarde de verano se detuvo ante una larguísima empalizada; no brillaba ninguna luz, no se movía ni una hoja, pero creyó ver la larga empalizada transformada en un ejército de cruces, unidas entre sí colina arriba y valle abajo. Entonces, blandiendo el bastón, arremetió contra la empalizada, como contra un batallón enemigo.

A lo largo de todo el camino fue destrozando y arrancando los palos que encontraba a su paso. Odiaba la cruz, y cada palo era para él una cruz. Al llegar a casa seguía viendo cruces por todas partes, pateó los muebles, les prendió fuego, y a la mañana siguiente lo encontraron cadáver en el río. “

El profesor Lucifer, al oír el relato, mordiéndose los labios, mira al anciano monje y le dice:

—Esta historia te la has inventado tú.

—Sí, responde Miguel, acabo de inventarla; pero expresa muy bien lo que estáis haciendo tú y tus amigos incrédulos. Comenzáis por despedazar la cruz y termináis por destruir el mundo.”.

Más bien lo intenta, pues, como en la canción “La quiero a morir” de Francis Cabrel, se abre paso la verdad de fondo: “podéis destruir todo aquello que veis porque ella de un soplo lo vuelve a crear”. El divino soplo de la fe, que aviva la antorcha de la paz y de la alegría en muchos corazones con espíritu deportivo.

 

 

 

 

José Ángel Domínguez Calatayud

 

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