Cultura Occidental, instantánea

Hace ya un mes que se publicó en ScienceReportsMeasuring the Evolution of Contemporary Western Popular Music”, un estudio sobre la evolución de la música pop en 55 años (1965-2010). Se trata de un documento extraordinario, por el rigor, el empleo de medios informáticos y pormenorizado desbroce de conceptos objetivos de matemática y estadística. Accediendo a una base de datos con casi 460.411 canciones y aplicando el bisturí analítico, el “Artificial Intelligence Research Institute, Spanish National Research Council (IIIA-CSIC)” que, con otros equipos radicados en Barcelona, aborda el asunto, constata tres grandes cambios tendenciales:

1.- Restricciones de transiciones de tono.

2.- Homogeneización de la paleta tímbrica.

3.- Aumento del volumen intrínseco de grabación de las canciones,  es decir, independientemente del manipulable por quien la reproduce.

Sintéticamente, podría concluirse como hace este trabajo “que nuestra percepción de lo nuevo tendría sus raíces en estas características cambiantes. Por lo tanto, una vieja melodía podría sonar perfectamente novedosa y de moda, a condición de que estuviera compuesta de progresiones armónicas comunes, se le cambiara la instrumentación y se aumentase la intensidad media”.

También sugiere que la originalidad ha disminuido en un doble sentido ya que, de una parte, las canciones actuales se parecen más unas a otras y, de otra, que dada una nota resulta más fácil predecir cuál será la siguiente.

La revista Muy Interesante, que se hace eco de este trabajo, recoge unas declaraciones particularmente clarificadoras de Joan Serrá, del equipo investigador: “Estos parámetros musicales en las canciones son como las palabras de un texto y hemos observado que cada vez hay menos palabras diferentes”.

Basta mirar a nuestro alrededor, no hace falta ser un experto en otras artes, para intuir que el estado de cosas que  estos investigadores constatan, también tiene trazas similares en otras expresiones de la creación humana y de la Comunicación. Al fin y al cabo la Cultura, el Arte y la Comunicación no viven fuera de su tiempo: se nutren de él y a él vierten sus riquezas: comparten, como los vasos comunicantes, un zócalo común.

En la comunicación oral, escrita y visual no es difícil identificar parámetros que nos definan como poco originales. A salvo las mejores investigaciones hechas o por hacer, cabe reconocer enseguida que nuestro lenguaje está plagado de transiciones poco enriquecidas, frases hechas, lugares comunes y tics del lenguaje tanto en el discurso parlamentario, en la tertulia radiofónica, en el tuit experto como en la conferencia sabia.

Tampoco nuestra paleta tímbrica despliega novedades y enriquecimiento del lenguaje más allá de la deglución acrítica de anglicismo y neologismos de asamblea populachera. La oratoria, el debate inteligente, la redacción de crónicas periodísticas o siquiera los balbuceos de la escritura de guiones, continúan ausentes de los currículos docentes, tolerando tal vaciedad lingüística que hace padecer a la misma Universidad y a la ciudad. Los verbos comodines ser, estar y otros y las muletillas  – o sea, cosa, eso, etcétera – acaban constriñendo la capacidad olímpica de llegar más lejos y más alto en el intercambio de ideas.

Lo de llegar más fuerte es evidente que se ha logrado, pues el lenguaje –también el de la Cultura Visual –es significativamente más agresivo que hace unas décadas. Se podría decir que en muchos ambientes ideas ya desacreditadas por su falsedad pueden emerger como conceptos novedosos y de moda siempre que se expresen con simpleza, por medios intensivos en capacidad de extensión – internet y redes – y, sobre todo, a un volumen intrínseco de espectacular y resonante procacidad, virulencia y desprecio de cualquier umbral de dignidad humana.

¿Es todo así? No. Y ¿va a seguir siendo así? Hay esperanza de que cada vez más organizaciones sociales, prensa honesta, artistas que se lo trabajan y ambientes de educación esmerada influyan para que todo ese caudal filtre en riqueza del espíritu y grandeza de la raza de los hombres. Nuestra misión podría ser buscarlos, apoyarlos – también económicamente – y aprovecharnos pues la Cultura, a diferencia de las zapatillas, no se gasta con el uso: se incrementa.

 

 

 

 

José Ángel Domínguez Calatayud

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