En la muerte de Gore Vidal


Extraño momento para morir el elegido para el intelectual americano Gore Vidal. Ha muerto a los 85 años, en Los Ángeles (California) mientras están teniendo lugar los Juegos Olímpicos de Londres. Extraño y sugerente porque muchas veces en la Historia se dan avatares o hechos más propios de la Isla de Serendip: hace ahora noventa y dos años, en 1920, su padre Eugene Vidal, se clasificaba séptimo lugar en el total y segundo americano, en la prueba de Decatlón en los VII Juegos Olímpicos en Amberes (Bélgica), detrás de Brutus Hamilton (medalla de plata). El oro aquel año se lo llevó el noruego Helge Løvland.

Igual que su padre, también Gore Vidal fue a su estilo, un atleta intelectual que corrió su particular Pentatlón literario:

Novela: Williwaw; En busca del Rey; La Ciudad y el Pilar de Sal; Juliano el Apóstata

Ensayo: El Último Imperio, Matters of Fact and of Fiction; La Segunda Revolución Americana

Teatro: The Best Man; On the March to the Sea

Guión: (cinematográfico y televisivo): Ben-Hur

 Discurso político: Inventando una nación

Sólo son un muestra de una vasta obra literaria.

Desde un cinismo irreverente y un radicalismo reformista captó y dibujó con maestría y con su pluma esa escasamente original tendencia del antimilitarismo, antiimperialismo americano – tan arraigado en capas del liberalismo americano -, y los espasmos iconoclastas que hacen furor entre la progresía intelectual.

Dice el Washington Post en un artículo que a Vidal le entusiasmaba la historia desde su más tierna juventud; pone en su boca la siguiente afirmación hecha con 14 años: “I wanted to know the entire history of the entire world”. Me parece que esta precoz conexión vocacional es estrictamente colosal y debería venir preimpresa en el encabezamiento de los folios  en los exámenes de Selectividad para entrar en la Universidad, prueba a la que millares de estudiantes acuden sin saber qué quieren y –peor aún – para qué lo quieren.

Es para temblar que entre las notas de corte más altas de alguna universidad está una sedicente carrera universitaria de Criminología;  es decir, es una de las más solicitadas y se requiere para cursarla más y mejores conocimientos que para Ciencias Políticas, Ingeniería Industrial y, cómo no, Filosofía. No sé si pensar que hay muchas expectativas de crímenes sin resolver para dentro de cinco años o que nuestros jóvenes llevan cinco años viendo la serie televisiva CSI. O que puede aplicarse a nuestra civilización, a muchos de nosotros, lo que Gore Vidal pone en pluma del héroe-narrador Ciro Espitama:

Quizás los griegos hayan llegado a ser la más voluble de las razas por la facilidad con la que se aburren. No pueden soportar que las cosas continúen como estaban. A sus ojos nada viejo puede ser bueno, ni nada nuevo malo, hasta que se vuelve viejo. Les agradan los cambios radicales en todo, excepto en su idea de que ellos mismos son un pueblo profundamente religioso, lo cual no es cierto” (Creación; Gore VIDAL, Edhasa 1982, pág. 367).

Con Gore Vidal, primo del ex-presidente Carter y del ex-vicepresidente Al Gore, se podrá estar de acuerdo o no, pero nadie le negará que, como un esforzado atleta, Gore Vidal procuró correr su carrera en congruencia con sus convicciones de transformación social, que es decir bastante más de lo que puede afirmarse de muchos de nosotros cuando pactamos con la mediocridad, cuando salimos cogidos del brazo de lo políticamente correcto o cuando a las puertas de la Redacción, del Colegio Profesional o de la Facultad universitaria dejamos orillados a nuestros trillizos de conciencia: Vocación, Fe y Honestidad.

 

 

 

 

 

 

José Ángel Domínguez Calatayud

 

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