Tiempo para la gloria y para el honor

Mientras el aullido del odio se escuchaba en la voz de un condenado  por terrorismo, que arremete llamando perros a los huidos de la barbarie terrorista y la espuma de esa boca salpica con su corrupto contenido mental – “sus putas familias” – el respeto debido a la víctimas, el espíritu de la gente normal puede, sin embargo, aspirar aire de nobleza contemplando en estos días gestos de orgullo y dignidad en el servicio político a la comunidad, en el espacio social y en el deporte olímpico.

La encuesta del CIS sobre intención de voto en España muestra el desafecto hacia el partido que sostiene al Gobierno a causa, según los analistas, de las medidas de austeridad adoptadas por éste. En perspectiva sociológica, es coherente que pierda apoyo del pueblo quien a su vez apoya al órgano que con sus decisiones produce una mengua directa  e inmediata en el dinero disponible por parte del que responde a la encuesta; aquí no hay distinción de color político: la cartera – o su falta – es hoy por hoy una materia altamente igualitarista.

Otra cosa es la razón, pero el dinero produce emociones que la razón no entiende. Y sin embargo pienso que el Gobierno está haciendo el único mal que puede hacer para evitar un mal mayor. Las doctrinas morales del mal menor y la fuerza mayor son difíciles de comprender y todavía más difícil de aceptar en una cultura de playstation y una educación del click: “quiero el donuts aquí, ahora y sin agujero”. La postura del Rajoy y sus ministros, haciendo lo que están obligados a hacer para salvar al país, será criticable en la letra menuda y en cada medida concreta, pero su trazo y su sentido provienen de su conciencia y honor audibles en la fórmula de juramento expresada en sus respectivas tomas de posesión que les compromete a “cumplir fielmente las obligaciones del cargo con lealtad al Rey de guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado”. Cumplir ese mayor enlace con el futuro del país apela a los principios e inspira actitud de servicio, cuando se medita más allá del coraje por el bien material perdido.

También en estos días de verano, dejando el bien material de sus casas y el bienestar de la sala de estar o la sombra arenosa de un murmullo de olas rompiendo, muchos jóvenes – y no tan jóvenes – han acudido con renuncia y espíritu de servicio a escenarios con huellas de guerras y ruinas de pobreza sistémica extrema. Allí, han pintado casas de ancianos pobre y solos, han jugado con niños sin familia; han levantado iglesias y reconstruido viviendas de habitáculos que nosotros no ocuparíamos. No son dos o tres jóvenes: son cientos y en todos los continentes los que orillando las queja estéril y el “hay-que-ver-como-está-el-mundo”, proferido como suspiro apenas contenido ante una imagen de telediario,  han metido en la mochila su coraje y su sonrisa, y brocha en mano o nariz de payaso en la nariz han hecho felices a otros semejantes y han solucionado problemas importantes… muy importantes para los que los padecían.

El último gesto, por ahora, que nos deja pensativos es de un personaje público: en el momento en que con toda razón podría estar disfrutando de la satisfacción gozosa y merecida por un persistente esfuerzo de meses, permite con un sonrisa ser entrevistado, pero interrumpe a la entrevistadora un momento para escuchar con respeto y hacerle escuchar con respeto el himno nacional de los Estados Unidos con el que se honraba a esa nación y a la atleta de color Sanya Richards-Ross, oro en 400 metros.

El que así se comportaba era un ciudadano de otro país, Jamaica, pero de la misma humana dignidad; además, es el que mejor corre: Usain Bolt. También,  por lo visto es el que mejor, se detiene ya que en la médula de su espíritu sabe que hay tiempo para la gloria y tiempo para el honor.

José Ángel Domínguez Calatayud

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