Honras de Obama al sacrificio de un sacerdote

Recibo de mi fuente privilegiada en los Estados Unidos muy variadas informaciones. Me llama la atención la siguiente, singular, significativa, actual y relevante: el  presidente Barack Obama impone la Medalla del Honor, al capellán Father Emil Kapaun, sacerdote católico, asesinado en Corea hace 60 años. Fr. Kapaun, después de meses de actos de virtud heroica con los soldados de su unidad, vividos con extremo desprendimiento de sí mismo, entregó su espíritu pidiendo a Dios perdón para sus verdugos.

Momumento a Fr. Emil Kapaun

Momumento a Fr. Emil Kapaun

Nos lo cuenta Coleen Curtis, Directora de Contenido Digital de la Oficina de Estrategia Digital de la Casa Blanca:

Antes de nada, pido disculpas a Ms. Coleen y a ustedes por una traducción cuyo original pueden leer probablemente mejor dicho en las propias palabras del Presidente  o ver en el video adjunto de Youtube.

Washington, 11 de abril de 2013. Habla el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama.

Después de la invasión comunista de Corea del Sur, [Fr. Kapaun] estuvo entre las primeras tropas americanas que llegaron a las playas y se abrieron camino hacia el norte a través de las montañas de suelo duro y frío. Con su manera sobria del medio oeste, escribió a su casa, diciendo:” esta vida al aire libre es buena cosa, aunque prefiero vivir en una casa de vez en cuando”. Pero tenía esperanza, cuando dice: “Parece que la guerra terminará pronto “.

Fue entonces cuando las fuerzas chinas entraron en la guerra masiva con un ataque sorpresa – tal vez 20.000 soldados – que hizo caer a algunos pocos miles de estadounidenses. Dentro del caos, de esquivar balas y explosiones, Fr. Kapaun corría entre trincheras, fuera, más allá de las líneas del frente y en la tierra de nadie, arrastrando a los heridos a un lugar seguro.

Cuando sus comandantes ordenaron una evacuación, prefirió quedarse  para reunir a los heridos y atender sus heridas. Cuando el enemigo se abrió paso y el combate se desarrollaba cuerpo a cuerpo, persistió, consolando a heridos y moribundos, ofreciéndoles algo de paz al salir de esta Tierra.

Cuando las fuerzas enemigas se abalanzaron, parecía finalmente que estos americanos heridos, más de una docena de ellos, serían acribillados. Pero el padre Kapaun vio a un oficial chino herido. Le suplicó a este funcionario chino y lo convenció para llamar a su compañero chino. El tiroteo se detuvo, se negoció una entrega segura y el ahorro de vidas estadounidenses.  

Entonces, cuando el Fr Kapaun era conducido lejos, vio a otro americano indefenso herido, sin poder caminar, yaciendo en una zanja. Un soldado enemigo estaba de pie junto a él, un fusil apuntando a su cabeza, listo para disparar. Y Father Kapaun acudió presto y apartó al soldado enemigo a un lado. Y entonces, mientras el soldado miraba, atónito, Fr. Kapaun se llevó lejos al americano herido.   

Este es el valor que honramos hoy, un soldado estadounidense que no disparó un arma, pero que manejaba el arma más poderosa de todas, el amor tan puro por sus hermanos que él estaba dispuesto a morir para que pudiéramos vivir. Y, sin embargo, la increíble historia de Father Kapaun no termina ahí.  

Llevó durante millas al americano herido, ya que sus captores les obligaron a una marcha mortal. Cuando el soldado herido en una pierna se cansaba Fr. Kapaun se ponía a ayudarle. Cuando los demás presos tropezaban, él los recogía. Cuando querían dejarse caer, sabiendo que a los rezagados se les remataba, les compelía a seguir caminando.

En los campamentos de invierno, en el fondo de un valle, los hombres podían morir congelados en su sueño. Fr. Kapaun les ofreció su propia ropa. Pasaban hambre por las reducidas raciones de maíz, mijo y alpiste. De alguna manera se coló por entre los guardias que se alimentaban en los campos cercanos, y regresó con arroz y patatas. En su desesperación, algunos hombres acumulaban comida. Él les convenció para que compartieran. Sus cuerpos estaban devastados por la disentería. Él, con unas piedras, hacía macetas de metal para hervir agua potable. Vivían en la inmundicia. Lavó sus ropas y limpió sus heridas.

Los guardias ridiculizaban su devoción a su Salvador y al Todopoderoso. Ellos le quitaron sus vestidos, y le hicieron permanecer durante horas de pie en el frío. Sin embargo, nunca perdió su fe. En todo caso, sólo se hizo más fuerte. Por la noche, se deslizaba dentro de las chozas para hacer oración con los presos, dirigir el rezo del rosario, administrarles los sacramentos y ofrecer tres sencillas palabras: “Dios te bendiga”. Uno de ellos dijo más tarde que con su sola presencia conseguía simplemente que en vez de una choza aquello fuese una catedral.

Fr. Emil Kapaun celebra la Santa Misa

Fr. Emil Kapaun celebra la Santa Misa

Esa primavera, fue más allá: celebró una misa de Pascua. Al salir el sol del Domingo de Pascua, se puso su estola morada y llevó a decenas de presos a las ruinas de una antigua iglesia en el campo. Y leyó la oración de un misal que había mantenido oculto. Levantó un pequeño crucifijo que había hecho de palos. Y mientras los guardias miraban, Fr. Kapaun y todos los presos – hombres de fe diferente, tal vez algunos hombres sin convicciones religiosas – cantaron  “America the Beautiful”, cantaron el Padrenuestro. Y cantaban tan fuerte que los demás presos en todo el campamento no sólo los oyeron, sino que se unieron también, llenando el valle con el canto y la oración.

La fe –  en que pudieran ser librados del mal y de que podían llegar a casa – fue quizás el mayor regalo para los hombres, para que aún en medio de tantas dificultades y desesperación, sin esperanza, en medio de su miseria en lo temporal pudieran ver esas verdades que son eternas, que incluso en un infierno tal, no puede ser sino un toque de lo divino. Mirando hacia atrás, uno de ellos dijo que eso es lo que “nos mantiene a muchos de nosotros con vida.”

Sin embargo, a Fr. Kapaun, las horribles condiciones le pasaron factura. Delgado, frágil, empezó a cojear, con un coágulo de sangre en la pierna. Y luego vino la disentería, neumonía más tarde. Fue entonces cuando los guardias vieron la oportunidad para finalmente deshacerse de este sacerdote y la esperanza que él inspiraba. Vinieron a por él. Y pese a las protestas y lágrimas de los hombres que lo amaban, los guardias lo enviaron a una casa de la muerte – un infierno sin comida ni agua – para dejarlo morir.

Y sin embargo, incluso entonces, su fe se mantuvo firme. “Yo voy a donde siempre he querido ir”, dijo a sus hermanos. “Y cuando llegue allá arriba, voy a decir una oración por todos vosotros”. Entonces, cuando se lo llevaron, él hizo algo notable: bendijo a los guardias. “Perdónalos – dijo -, porque no saben lo que hacen.” Dos días más tarde, en la casa de la muerte, Fr. Kapaun exhaló su último aliento. Su cuerpo fue llevado lejos, ningun señal indica su tumba, sus restos están sin restituir a día de hoy”.

 

Medalla al Honor a Father Kapaun, muerto en Guerra de Corea

Medalla al Honor a Father Kapaun, muerto en Guerra de Corea

El presidente hablaba a una audiencia que incluía a unos cuantos parientes de Fr. Kapaun, así como a varios de los héroes americanos que sirvieron junto a él, los veteranos y los ex prisioneros de guerra de la guerra de Corea. Venían a la Casa Blanca para presenciar cómo el presidente Obama imponía la más alta condecoración militar de Estados Unidos, la Medalla de Honor, a Fr. Emil Kapaun seis décadas después de su muerte. Como uno de los camaradas Fr. Kapaun dijo cuando se enteró de la noticia: “ya era hora”.

En honor del sacerdote católico, capellán Emil Kapaun

En honor del sacerdote católico, capellán Emil Kapaun

Por la traducción, José Ángel Domínguez Calatayud

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