Occidente descolgado de su propio liderazgo

He tenido en una sola semana acceso a dos experiencias comunicativas de las que le dejan a uno pensando.

De una parte, haciendo una gestión en la oficina de Correos de mi ciudad escuché la conversación entre un ciudadano y la funcionaria que le atendía tras el mostrador. Aquel preguntaba sobre el costo de envío de un paquete de peso inferior a 5 Kg. desde esta ciudad española hasta Jerusalén.

Oficina de Correos

Oficina de Correos

La solícita empleada tecleó mientras miraba dubitativa la pantalla. Finalmente, al cabo de unos largos segundos preguntó al ciudadano en qué país estaba Jerusalén. Amablemente éste le informó que en Israel, lo que agradeció la funcionaria a la vez que expresaba su vergüenza por este desconocimiento.

Qué duda cabe que, como explicaban esta semana en la presentación de unos títulos de postgrado – másteres – de una universidad privada de Andalucía, es muy necesario poseer ciertas aptitudes y competencias técnicas como teclear con acierto un ordenador, dominar ciertos programas informáticos y ser bilingüe en inglés, además de conocer otro idioma (chino u árabe preferentemente). También parece de interés para ser líder estar en posesión de actitudes de inteligencia emocional, saber trabajar en equipo y disposición a la movilidad internacional.

Ceremonia de Graduación

Ceremonia de Graduación

Entre todas las competencias, empero, hay una clásica que no oí nombrar que es la del propio conocimiento (el “nosce tibi ipsum”, del templo de Apolo en Delfos). Y dentro de ese conocernos, incluir el saber acerca de la Sociedad a la que pertenecemos y las generaciones de las que venimos. Hemos nacido para el mañana, pero no nos hemos dado el hoy.

En la etapa del Tour de esta tarde, el español del equipo Movistar, Alejandro Valverde, se quedó descolgado tras un pinchazo y perdió tiempo en la sustitución de la rueda. Pero fue determinante la falta de directrices y coordinación para enganchar con el pelotón de cabeza. Llegó 9’54’’ después del vencedor y pasó del 2º puesto al 70º. La técnica no le sirvió frente a la estrategia. La noticia buena es que sólo ha perdido tiempo y no el camino.

Alejandro Valverde, ciclista

Alejandro Valverde, ciclista

Nosotros somos también recipiente de la cultura, la lengua, la historia y la religión de nuestro entorno. Oír hablar de valores e ignorar que de ellos importa su contenido y lo que nos hace nobles, sabios y compasivos comporta un riesgo de alucinación por acogida acrítica de lo novedoso. En algunos casos se han descrito dolencias derivadas de lo que el papa Francisco afirma en su reciente encíclica: “perdida la orientación fundamental que da unidad a su existencia, el hombre se disgrega en la multiplicidad de sus deseos; negándose a esperar el tiempo de la promesa, se desintegra en los múltiples instantes de su historia”. (Lumen Fidei, página 16)

Por eso no sólo no me reí de la ignorancia de mi funcionaria de Correos, sino que pienso que con menos justificación estamos los demás, yo también, dando la espalda a saberes propios y, distraídos por momentos tecnológicamente emocionantes, eclipsamos raíces que explican mucho “por qué” y casi todos los “para qué”.

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Esta tarde, como mi funcionaría de Correos, me he avergonzado cuando entro en Jerusalén por Internet, aterrizo en la web de la Polis, Institute of Languages and Humanities y leo en su home page cosas que ignoraba como esta:

Los tratados de Galeno, por ejemplo, que nos ha legado más de 20.000 páginas  en griego, sólo están traducidos integralmente en latín y árabe. Menos del diez por ciento de su obra literaria está disponible actualmente en alguna de las grandes lenguas europeas modernas.

O este fragmento:

Más de la mitad de los textos antiguos y medievales no se pueden leer hoy en día más que en griego, latín, hebreo o árabe. Así, dada la imposibilidad de entrar en contacto con sus raíces culturales, el hombre del s. XXI se ve incapaz de comprender y asimilar su herencia espiritual.

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Me ha parecido muy inspirador que en el cruce de las civilizaciones que dotan a Occidente de los modos de pensar de hoy, exista este centro en el que un “estudiante puede aprender al mismo tiempo idiomas antiguos  (griego, latín, hebreo bíblico y siriaco clásico) y modernos (hebreo moderno, árabe literario y dialecto palestino) como si fueran idiomas vivos. Desde el primer día, la lengua enseñada viene a ser el único idioma usado en clase”.

No es algo sólo para expertos en lenguas, sino que, al poder aprenderse con nuevas técnicas, implica un modo muy interesante de empoderamiento para muchos profesionales y jóvenes: llegarán a valorar lo que tienen, podrán darle sentido y se sentirán capaces de emplearlo, con una utilidad más finalista, a la hora de tratar con su propia cultura, con la árabe o la judía, tan presentes en los negocios de ahora y en el futuro.

Polis suena a ciudad abierta, coetánea, acogedora y a la altura de aspiraciones humanistas valiosas que esponjan el mapamundi.

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José Ángel Domínguez Calatayud

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