Europa no está equivocada

Es un amor que va fino alla fine senza fine; estas palabras de san Agustín – hasta el extremo sin fin – las ha introducido el papa Francisco en su discurso durante la audiencia pública de este miércoles, que parece miércoles de ceniza, polvo, frío y miedo para una Europa encogida. Al leerlas en Internet, rápida, la imaginación ha volado a Bélgica.

Veía el rostro demudado de un joven. Veía la cara ensangrentada de un mujer. Otra se acurrucaba espantada detrás de su maleta en un rincón del aeropuerto de Zaventem. En un instante se me mostró la precipitada huida de una muchedumbre que dejaba atrás toda su impedimenta. El aeropuerto y la estación de Metro donde explotaron las bombas terroristas quedaron desalojados.

martes de dolor en Bruselas

martes de dolor en Bruselas

Y aquí, entre nosotros, el miedo ha desinstalado al amor, porque el odio ha golpeado de metralla y tornillos la seguridad. Golpean la seguridad y debilitan la libertad. Y sin certezas, y sin libre albedrío, sin horizonte, ni camino, ni propósito, es fácil ceder a la desesperanza.

Europa tiene en sí semillas de muchos males, algunas sembradas por europeos. Entre ellas la peor semilla es la negación de la verdad, o de la posibilidad de llegar a conocerla. Sabemos ahora que los frutos amargos de ese error ya están entre nosotros, en los jóvenes, en medios de comunicación, en las calles y – ¡oh paradoja descomunal! – en las universidades.

¿Quieren que los desgrane? Vidas vividas para solo uno mismo; efímeros sentimientos, menos duraderos que la lumbre en esas velas sobre el suelo de la Place de la Bourse de Bruselas; mayor valoración del tener que del ser y, en consecuencia, “desfamiliarización” de la sociedad, o sólo unidos mientras dura el gusto. Y paro con desamparo; y algo de indigestión con indigencia; más corporaciones que “almaraciones”. Semillas, tallos, hojas, ramas y frutos de una sociedad que pudrió parte de su raíz, de su integridad.

Personas perdidas en la indiferencia

Personas perdidas en la indiferencia

Pero Europa no está equivocada. No lo está cuando –a veces a tientas, como saliendo de la humareda tras la bomba en la estación de metro de Maelbeek – busca los rastros de su origen y de lo que le destinó a ser faro para iluminar a muchos.

Por eso tenemos sus libertades civiles, que si son civiles será porque son de ciudadanos, seres con algo más que cuerpo. Ahí tenemos su creatividad desde el Museo de la Ciudad de Bruselas al Prado, desde Jan van Eyck a Goya, desde Beethoven a The Beatles. Y luce Europa su devota densidad sapiencial desde Santa María Pötsch en Viena hasta el Camino de Santiago.

Europa es eso y mucho más. Y ante todo tiene siempre ante sí el reto fáustico de buscar, de dejarse las uñas escarbando en su mundo para encontrar – ¿reencontrar? – lo que puede unirle para ser útil a sí misma y al mundo. Probablemente en esta oscuridad de su desolado pasar por la Historia, en esta turbulencia que no es de un día, la “silver lining”, el rayo de esperanza, la luz tras la tormenta vendrá de atreverse a un amor “fino alla fine senza fine”, una entrega hasta las orillas del infinito.

Catedral de San Miguel y Santa Gúdula, Bruselas

Catedral de San Miguel y Santa Gúdula, Bruselas

Claro que para esto hace falta más fortaleza que la que proporciona un prieto amasijo de mensajes rutinarios. Amar duele. Duele con dolor de esperanza y esperanza es lo que precisamente parece necesitar Europa. Ya es la mañana.

 

Idea fuente: Qué puede hacer Europa

Música que escucho: La mañana, Edvard Grieg (Peer Gynt, Suit nº 1 Opus 46), compuesta en 1875

José Ángel Domínguez Calatayud

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