La más bella casa de aquel refugiado

La noticia le dejaba a uno helado: un hombre – condenado ahora a quince meses de prisión – había dejado morir a su madre sin atenderla; ella padecía cáncer: “apenas pesaba 25 kilos, era de una delgadez extrema consecuencia de su falta de alimentación y era perfectamente visible la tumoración en su mama izquierda”. (ABC de Sevilla, miércoles 9/5/2019).

No es el único caso de abandono de un familiar cercano que sufre. A veces es peor; a veces, qué bien lo sabemos estos días de dolor y hasta de muerte, el horror no viene por inacción, sino que es buscado de propósito.

Se maltrata en el matrimonio, en la familia, en la amistad, en el lenguaje, en las proposiciones de ley y en la limpieza de la ciudad. Hay un mal instalado que destruye y ese mal no es algo que simplemente “ocurre”, sino que es llevado a cabo como propósito. Hay un mal que tiene dueño. Es un mal que es personal, de un ser con voluntad y entendimiento. El mal no llueve, hay uno que lo procura.

Casco antiguo de Fráncfort renovado

Por eso me parece oxígeno para el pulmón del alma la información de portada del Frankfurter Allgemeine Zeitung (Das schönste Flüchtlingsheim, Matthias Alexander, 9/5/2018) sobre la rehabilitación en sólo seis años de 35 casas del centro de Fráncfort. Hasta la palabra rehabilitación suena a herrumbre frente a la extraordinaria labor que la publicación presenta con fotos y un corto video de 58 segundos.

Varios estudios de arquitectos, entre ellos el de Jourdan & Müller Steinhauser y las autoridades francfortesas han reanimado y revitalizado un enclave de histórico. Entre las casas de tejados fuertemente angulados de negra pizarra, sobre el pavimento color clara ceniza de puro, las paredes en blanco apagado, crema y rosa, e incluso azul inmaculada, resplandece en todos su atrevimiento la Goldene Waage, casa construida por un refugiado, un holandés huido de los españoles que ocupaban su tierra en aquellos comienzos del siglo XVII.

Se llamaba Abraham Von Hamel; era un comerciante. Hombre dedicado al negocio de las especias y la pintura, también fue confitero. Tenía posibles y un carácter tesonero que lo forjó muy seguro de sí mismo. Encargó aquella obra de arquitectura que, como dice el Frankfurter “Dieses Haus war eine einzige Provokation” (esa casa fue una simple provocación).

La “Goldene Waage”

Una construcción de espíritu abierto neerlandés llena de ventanales y elementos ornamentales en cuadrantes y moldeadas formas llenas de colorido en la esquina. Podría recordar el cuadro de Gerrit Berckheyde de la curva del canal Herengratch en Amsterdam.

Pero el centro de la más importante ciudad de Hesse no es Flandes, por eso los habitantes de Fráncfort debieron sentirse fuertemente interpelados. Luego, cosas del tiempo y el arte, absorbieron en su sentido de la estética la originalidad de aquella casa. Como si una hoja en precoz otoñarse alumbrara sus ocres entre el verdor de la copa de un roble.

La belleza, también en el detalle discordante, es camino de esplendor. Al fin, hasta el propio Hermann Hesse escribía que “los árboles son santuarios. Quien sabe hablar con ellos, quien sabe escucharles, aprende la verdad”.

Canal Herengracht, pimtura de Gerrit Berckheyde

En este centro de renovado de la ciudad también podemos sentir la convicción, la inspiración de que las obras de los hombres llenas de cuidado son santuarios de pensamientos nobles para acciones dignas.

Con poco o con mucho hay un bien a hacer, una belleza a custodiar y una verdad a defender ya sea con la propia madre enferma, con el trabajo de hoy o con las paredes de una ciudad hermosa.

 

Idea fuente: abrir espacios propios a las cosas bien hechas es una forma de bien necesario.

Música que escucho: “Bright Eyes”, Art Garfunkel (1979)

José Ángel Domínguez Calatayud

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