Aquellos eran mis pies

Starry, starry night
Paint your palette blue and gray
Look out on a summer’s day
With eyes that know the darkness in my soul
(Vincent, Don McLean)

 

Eran las doce de mediodía de aquella mañana calurosa de agosto. Había terminado mis dos cafés en el velador, bajo la sombra que daba el edificio de viviendas de allí mismo. Sólo un par de mesas más estaban ocupadas. Apenas se oían sus conversaciones. Al menos yo, centrado en la lectura de artículos de fondo, no escuchaba nada. Acaso el algún piar retrasado y quejumbroso de un negro milano. Pasaba las páginas. Me detenía en un párrafo. Subrayaba un frase inspiradora.

Pocas cosas más satisfactorias en una mañana de un domingo que tener entre las manos prensa de papel – sí, de papel – y poder entretener voluntad, inteligencia y lápiz en algún texto. Memoria me va quedando menos.

Según avanzan de la mano mediocridad y prensa digital, cada vez echo más en falta firmas con ideas de fondo que con prosa culta sugieran, empujen, animen, ilustren y hagan crecer desde las páginas del periódico los espíritus de los lectores y las luces de la sociedad.

Pero este domingo me sumergí en algunos artículos de interés que explicaban la actualidad más allá de chismorreo y la vacuidad inane de las declaraciones políticas sin esperanza. Me detuve, por ejemplo, en dos ideas de Vincent van Gogh. La primera: “cuando siento una necesidad de religión, salgo de noche y pinto las estrellas”. Y otra más : “es bueno amar tanto como se pueda, porque ahí radica la verdadera fuerza, y el que mucho ama realiza grandes cosas”.

Autorretrato” de Vincent can Gogh (1889)

Estaba bien. Me sentía fantástico sin más urgencia que comprender y asimilar sin prisa lo que leía. ¡Se dicen tantas tonterías!

Pero de pronto todo se interrumpió fuera y dentro de mí. Un sonido desafinado de flauta se hizo espacio en el espacio pisoteando el tiempo y la armonía. Yo seguí leyendo sin levantar la cabeza. Una voz quejumbrosa se dirigió a los que ocupaban una mesa no lejos de la mía.

.- Señores, una ayudita, que no tengo para comer y tengo una hija enferma.

Hubo un corto silencio. Yo no veía al grupo ni al mísero que limosneaba. Tampoco supe si le dieron la ayuda suplicada. Pienso que no porque el mendigo insistió.

.- Una ayuda y toco lo que quieran…

Enseguida se llevó la horrible flauta a los labios. El aire se quebraba herido por notas musicales. El hombre destrozaba temas de amor y de nostalgia.

Por mi parte, metí más la cabeza en la lectura y seguía con el lápiz las palabras. Pero él se apostó en el árbol que yo tenía a un escaso metro tocando y tocando aquel horrísono instrumento.

Imposible concentrarme. Me tapé los oídos con los dedos sin levantar la cabeza siquiera, con el único deseo de que aquello acabase. Me dije a mí mismo que no le daría un céntimo. “Lo que faltaba – pensé – es que le diese dinero. Sí, vamos: para que repitiese aquella tortura de sonidos”.

Al final el repertorio no fue largo. El hombre de la flauta musitó algún ruego que no atendí y se marchó.

Sólo había visto de él una sucias botas de indefinido color y unos calcetines que en origen debieron ser blancos. Era pobre, necesitado y muy solo. Como tantos que en estos días andan por las calles, paran a la puerta de las iglesias o se acercan a las terrazas pidiendo a los que no hemos huido al refresco de las piscinas o a la playa.

Les souliers“, Vincent van Gogh (1886)

Ya ido, dejé de leer claramente perturbado por aquella falta de caridad tan estúpida como malvada. Recogí las prensa y la barra de pan – sí, de pan – y caminé hacia casa. Al milano tampoco le hice caso cuando repitió no se qué. La verdad es que desde esa escena de pobre y flauta el día perdió sentido e interés.

Hasta hace un rato. Sólo hace unos minutos, como una punzada de dolor en el alma, he escuchado sin posibilidad de error este mensaje dentro de mí: “él era Yo. Aquellos eran Mis pies”.

Idea fuente: quién es Yo

Música que escucho: Vincent, Don McLean (1971)

José Ángel Domínguez Calatayud

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