In memoriam Charles Aznavour

Sólo tenía 94 años. Pero siempre tuvo 94 años, y 50 y la edad de todo adolescente que llora un trozo de vida perdida. Sostenía todas nuestras biografías en sus canciones. Charles Aznavour ha muerto. De origen armenio, había nacido en París cuyas nubes cubrieron las notas de su voz.

Charles Aznavour

Esa voz fue aclamada en todo el mundo y sus canciones acompañaron a una generación que quería cambiar el mundo. Que quería suspirar por la paz y por crecer más valiente.

No sé si eso se consiguió. Él sí obtuvo el premio a querer estar siempre preparado para hacer los días un poco más habitables, para que los armenios – fue nombrado embajador de Armenia en Suiza – abrazaran una existencia más digna. Charles Aznavour no elevaba la voz, levantaba el silencio en poemas que se nos quedaban cantando entre los pliegues primero del alma y luego de los largos recuerdos. Y de los aún más largos olvidos.

Recuerdo a aquel amigo de apenas diecisiete años en el portal de ella, con el frío del cercano parque metido bajo la camisa, esperando que ella bajara para ir a tomar un vino en La Viña. Eran tiempos en que en unos colegios se seguía enseñando francés (en el de la chica) en otros emergía el inglés (en el de él). Anglófonas se imponían las canciones (The Beatles, Rollings Stone, Bee Gees, Simon & Garfunkel). Pero él, pensando en ella, persistía en musitar para sí – nunca cantó bien – canciones de trovadores franceses como Charles Aznavour (también Françoise Hardy, Richard Anthony o Jacques Brel).

¿Qué habrá sido de él? Pero, mejor, ¿qué habría sido de él sin la música llena de poesía de esos cantantes?

 

Playa de Algorta

Le vi una vez por la playa de Algorta sólo y en invierno. Habían pasado veinte años y aún buscaba entre los pocos cantos rodados que la marea acariciaba uno blanco. Ya me había contado cuando éramos dos jóvenes que en la playa tendría que aparecer un día la roca lisa, sin aristas, blanca con un solo signo. Me lo dibujó en la arena mientras tatareaba La bohème y mi memoria aún retiene aquel signo simple y radiante.

.- La que perdí está en un mar de sueños – decía – y de otro mar vendrá lo que mi destino dibuje.

Luego, vueltos a la ciudad, charlamos de las propias vidas y de las canciones que acompasaban los pasos míos, suyos y de todos aquellos que crecimos los años en que la música se estiró hasta la Luna de París.

Pocas canciones con tanto contenido de lo cotidiano hecho poesía. Desde que Que c’est triste Venice a Il te suffisait que je t’aime; desde Hier encore que sonaba cuando perdió a su madre hasta Le Temps que en dos estrofas talla la fugacidad.

Pasamos una buena tarde entre la nostalgia y los sueños. Luego y antes de separarnos me mostró lo que escribía en su Moleskine, todo un libro de poemas entre los mares, los pinos, los robles y un lago extenso quizás de allí donde Charles terminó de embajador. O del lugar donde todo se sumergió.

A ella la he visto menos, pero me consta que sigue buscando – quién no – el lugar donde los aromas se hacen sólidos anhelos, los anhelos silencios y los silencios canciones en francés.

Portada del disco de Aznavour en el Olympia. París 1972

Música que ha sonado viva porque su intérprete nunca se rindió ante el trabajo. Impresiona la juventud nonagenaria de Charles Aznavour: entregó el irrecuperable pentagrama del último respiro recién llegado de un recital en Japón. Ha muerto con las canciones puestas. Así se muere menos.

 

Idea fuente: Recuerdos in memoriam Charles Aznavour

Música que escucho. “Que c’est triste Venice”, Charles Aznavour (1964)

José Ángel Domínguez Calatayud

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