Rectificar a tiempo, sana comunicación

Estaban paseando por la calle Elcano, capitán de la  primera circunnavegación. Pero ni él ni ella sabían entonces mucho de esa hazaña universal. Eran días de mirar más a los ojos que a la Historia o al futuro. Más de ir de la mano que de tener atención a temerarias aventuras ajenas.

Hay algo de egoísmo en el enamoramiento de los dieciséis años. Es un quererse los dos sin volcar quereres en otros. El único globo al que se quiere dar no una sino mil vueltas y jamás salir de él es un hoy propio, único e intenso.

La tarde comenzaba y toda ella se llenaba del templado aire de Bilbao. Aire que se arremolinaba en la plaza de Moyúa y buscaba la ría para refrescarse. A ella le parecía un poco cursi un Bilbao con sol y algo de calor. Relativo calor. Un Bilbao sin lluvia es menos él mismo. Al joven le gustaba así, como una estupenda oportunidad de  poder caminar, ir al cine, o acercarse con ella a La Viña, detrás de la Diputación para tomar un par de cariñenas.

La Viña (Bilbao)

Y allí sentados, comiendo patatas fritas; siendo viernes de Pasión, vigilia, no era día para los célebres taquitos de jamón. Entonces cayeron en la cuenta de que empezaba la Primavera. Brindaron por ello y se pusieron a hacer planes para ese fin de semana.

Fue entonces cuando pusieron un tornillo más en la máquina de su autodestrucción. Comenzó una de esas discusiones de enamorados que empiezan tontas y acaban más estúpidas todavía.

Fuera, en la cercana Gran Vía de Don Diego López de Haro el sol se había apagado como el brillo de los ojos de ella. La galerna había entrado veloz por La Galea, había remontado el Nervión y cruzando el Parque de Doña Casilda ya cubría El Bocho. Marengo, azul cerúleo, el viento entró de golpe en ráfagas de la ira de un Invierno que se resistía a morir.

Parque de Doña Casilda

La discusión de estos dos no era en alta voz, pero sí de alto y necio voltaje. Había inundado de incomprensión los corazones jóvenes igual de repentino y oscuro que la lluvia. Lucha de caracteres en formación era aquello. Soberbia y dominio que se resistían también a morir.

.- Pues si quieres ir allí mañana con tus amigas te vas; yo me quedo aquí.

.- No seas así; estaremos fenomenal, con guitarras y toda la pesca. Anda, venga – rogó ella.

.- Que no: vete tú, te he dicho.

.- Iré – dijo ella enérgica, alzando la punta de su nariz con el nudillo de su dedo índice.

Se hizo el silencio. Se quedaron sin decir ni palabra. Cuando al poco escampó, se marcharon para casa. Ya no había tus ojos en mis ojos, ni mi mano en tu mano. Un frío desdén por fuera, rabia por dentro. Llegaron al portal. Él lo abrió. Ella subió en el ascensor hasta el tercer piso. Él por la escalera al cuarto. Sí, eran vecinos; eso había facilitado el que se vieran a menudo. Mientras subía los escalones mascullando sus razones, él escuchó el compacto cerrarse de la puerta de ella.

De las muchas fórmulas para arruinar las pocas horas del fin de semana habían elegido el enfado evitable.

La fortaleza mental y la disputa evitable

Me he acordado de esta discusión cuando hoy, tantos –  ¡tantísimos! – años después, he visto al personaje en el bar del Club discutiendo con su mejor socio y amigo. El motivo, por lo que han dejado oír, era de la misma inconsistencia que aquel: opiniones políticas. Pero no de ideas de fundamento, sino de una tontería de esas que circulan hoy por las redes con menos recorrido que un limaco cruzando la calle Ercilla en hora punta.

.- Anda, ahí te quedas, cabezota – le dijo el otro dejándolo con su cerveza y su cabreo.

Pasados unos minutos me he levantado de mi mesa y me he acercado a la suya.

.- ¿Puedo sentarme, Isidoro? – le he propuesto con suavidad pero con decisión.

.- Sí claro, claro…

Luego he estado unos minutos en silencio hasta que él ha hablado.

.- ¿Has visto qué terco?

.- Sí. No he podido evitar escucharos desde mi sitio. Siento lo que ha pasado.

.- Que se vaya al infierno – soltó como un tajo de hacha en el tronco de un roble.

.- ¿Me perdonarías si te digo de qué me he acordado al verte así?

.- Nada que perdonar: dime.

.- Pues me he acordado de ti y de Fátima hace cincuenta años en La Viña. La discusión el día como el de hoy de comienzo de la Primavera.

Al nombrarle a ella, vi una casi imperceptible conmoción en sus hombros. Su ojos me miraron como golpeado en el corazón.

.- Me constaste  – proseguí – cómo acabó aquella vez y cómo te hirió aquel compacto cerrarse de su puerta por no rectificar a tiempo.

.- ¿Cómo puedes acordarte aún de aquella tarde?  – me preguntó retóricamente, y siguió -:  aquel cerrarse de “su” puerta no se me ha ido de la memoria jamás. Y eso que no fue la última… hasta que sí hubo una vez que fue el final.

.- Sí, lo sé. Te entiendo.

.- Todo se acabó y la vida ha llevado a cada uno a una esquina del mundo: hay noches del alma que impactan como una puerta que cierra el tiempo en un instante seco y sin retorno.

.- El retorno, o al menos la propia fuerza mental, lo construimos cada uno – le sugerí sabiendo que en su dolorido recuerdo me escucharía -. No pierdas un amigo como tiraste un amor. Saldrás victorioso esta vez si no tienes miedo a admitir tu  propio  error aceptando las consecuencias. Serás más humano, serás responsable. Serás alguien de fiar. Esta vez se tú mismo y llámale.

Me apretó el brazo y musitó un “gracias” sincero.

.- Hombre, – dije para cambiar el tema – ya está aquí el sol.

.- ¡Que curioso que lo digas! – de aquellos días resuenan en  mi mente la puerta que se cerró compacta y “Here comes the sun”.

Entre las volutas de la última nube se coló como espada una rayo de sol.

Photo by Sanketh 🌐 on Unsplash

Idea fuente: La fuerza mental de rectificar a tiempo

Música que escucho: “Here Comes the Sun”, The Beatles (1969)

José Ángel Domínguez Calatayud

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