Catedral de Notre Dame

Mientras revuelan las últimas pavesas de la Catedral de París, tenemos el corazón entelerido en esta noche de Europa. Ya dura mucho.

Y ¿París? “Fluctuat nec mergitur”. “Es batida por las olas, pero no hundida”. Me he acordado del esperanzador mensaje contenido en el lema de la capital francesa.

Notre Dame es una realidad de piedra y madera y es un símbolo de Notre Europe. Nuestra Europa es una realidad atravesada en su Historia de gestas heroicas y terribles guerras. El relato siempre incompleto de una aspiración. Por definición toda aspiración no alcanzada es trozo incompleto de vida. Y Europa siempre aspira a más, a algo mejor. El corazón de Europa es fáustico. Un anhelo de totalidad recorre sus siglos  como en el Fausto de Goethe.

Ese es el sentido de los góticos arcos de ojiva apuntando al cielo, imagen de lo Eterno. Esa era en la mente de sus  constructores el  sentido de la aguja de la catedral que se desmorona a las 19:35 del 15 de abril en el devastador incendio.

La Catedral de París se dedicó de manera filial a la Dama sobre toda dama. La Mujer que dijo que sí cuando lo fácil era decir que no. La Virgen que concibió lo inconcebible: un Dios hecho Hombre. Perfectus Deus, Perfectus Homo. Una Mujer que por esa maternidad sobre el Hijo del Hombre fue, a los pies de la Cruz, hecha Madre de los cristianos. Notre Dame, Notre Mère.

Ardió un Lunes Santo la Catedral de París, una catedral central para Europa. Su destrucción por el fuego es un daño cultural. Lo han dicho cargados de verdad políticos y humanistas. Entre las piedras de su armónica estructura dormitaban el arte y la artesanía en muchas manifestaciones. En sus fachadas han sobrevivido al devorador fuego los rosetones cuyas vidrieras, como alguien ha escrito con bella expresión, dejan pasar la luz, pero no el sol.

Rosetón en el crucero de la Catedral de Notre Dame

Es una realidad, una obra de devoción y arquitectura cuya grandeza ha sido respetada en su magnitud física tanto por la Revolución Francesa como por las dos Grandes Guerras. Tanto por el ateísmo militante como por el imperio de Napoleón, autocoronado precisamente bajo su bóveda. Tanto por el laicismo como por las tendencias artísticas. Notre Dame es trasunto de autoridad, de belleza ante la que rendirse.

Pero además el incendio de Notre Dame es un símbolo de la hora actual de Europa.

El Viejo Continente contiene por su amor a la libertad y sus ansias de infinito una belleza especial, una sombra de vida humana, personal y social. Y de eso es símbolo la imponente imagen de la parisina catedral. Y el fuego que la arruinó este lunes nos invita a preguntar, ¿Europa, qué es de ti? ¿No estás ardiendo? ¿No se están quemando tus aspiraciones de Verdad? ¿No es humo de ideologías el que asfixia tus días? ¿No deseas, Europa, ser tú misma?

La imagen de Notre Dame esta mañana me ha sugerido el rostro de esas elegantes damas de Champs Elysées cargadas de años pero en cuyo hermosos rostros sigue resplandeciendo la luz, ya no el sol completo, de una belleza perenne.

Europa parece llevar unas décadas – demasiadas – avejentada, alejada de lo que le podía unir y fortalecer. Europa está en riesgo de incendio. Ya se huele el humo de las viejas afrentas, cuando podría embarcarse en una inacabable aventura de las que miran al último horizonte.

A ese cielo al que se alzaba desde Ile de France la espesura triste del incendio de Notre Dame, hacia la Maison de Notre Mère. Mirando a ella cabe un plegaria, para que nos ayude a convertir estas cenizas en una suerte de positiva alerta para el espíritu europeo.

Y el misterio de la Cruz

Jean Cocteau, iconoclasta y escritor, por ese orden, gustaba decir, “si el fuego quemara mi casa, ¿qué salvaría? Salvaría el fuego”. Seguro que ante las llamas de Notre Dame podría como nosotros desear que no quedase en un suceso, sino en un acceso a un proyecto común y grande. Por ello me quedo de sus frases con esta:“Il faut faire aujourd’hui ce que tout le monde fera demain”.

Idea fuente: Nuestra Dama arde. París, Europa no ha de acabar en cenizas.

Música que escucho: “La bohème, Charles Aznavour (1966)José Ángel Domínguez Calatayud

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