La Rotonda interior

En un post anterior cité de pasada de La Rotonda. Era este un lugar central de la casa paterna. Se trataba de un espacio, considerable ampliación del pasillo, con ventanas de cristal emplomado que daban al patio y que hacía las veces de sala de estar: punto de encuentro. Sala de vivir.

Rincón de tertulia. Recodo del primer amor, mientras, tú y yo, quedábamos tocados por la frase certera, por la estrofa de Sound of silence  o por la dicha de estar juntos mientras veíamos “La senda de los elefantes” (Elisabeth Taylor, Peter Finch) en la televisión.

Moyúa, 6

Sé que escribo esto porque he leído un mensaje tuyo y porque Iñigo, ese hermano y común amigo, se nos ha ido. Un plus de emociones. Pero ahora llueven retazos de realidad ¡Ah! aquella Rotonda.

Es compleja la vida de una casa de familia numerosa a la que en los días señalados se unía otra familia con sus propias alegrías y heridas.

La Rotonda sirvió entonces de crisol, de lecho de río alpino donde la corriente y el chocar medido de unas rocas con otras limaron aristas y nos forjaron tal y como somos. También, acaso rendidos en ese fondo tal que piedras vivas, contemplábamos cómo los rayos de sol, conversaciones de luz, iluminaban nuestras almas para grabar en ellas tesoros de ideas, pensamientos y emociones. De todas ellas doy gracias. Somos hoy lo que entonces  fuimos. Pero seremos lo que ahora somos  y querramos ser.

Photo by Mike Lewis HeadSmart Media on Unsplash

En mi vida no puedo interpretar ya nada sin referirlo a aquellos espacios y tiempos de la casa familiar tan cuajados de frases, besos, risas, abrazos, riñas, reconciliaciones. Allí, padres, madres, hermanos, hermanos, primos y primas hacíais vibrar un especial universo: el Universo de La Rotonda.

A sus barrios periféricos – comedor, despacho, habitaciones y salones – se extendía la actividad. Pero en la Rotonda el aperitivo de martinis, de copas  de cava y de argumentos de los mayores era ciertamente la savia que hoy circula por nuestra mente y nuestros recuerdos.

Sé que te reconoces, como yo, en frases, que allí escuchamos. Los dos sabemos que al proyectar partes de nuestras vidas hemos buscado en el desván lleno de recuerdos de aquella Rotonda de Moyúa.

Hoy, con la sensibilidad a flor de piel y corazón, como en un volcán en ebullición, las emociones más profundas y los recuerdos más tiernos abandonan las cavernas en que dormitaban para sorprenderse de estar vivos y de verse tal cual nunca dejaron de ser.

Se han ido todos. No sé si a los toros, al cine… qué más da. En el amplio chester  verde nos miramos y en el tocadiscos suena “Wild World” de Cat Stevens. No es que te guste mucho. Pero es de esas canciones que te dicen que te cuides si vas a marcharte. Todos acabamos  por irnos: ley de vida. A veces de muerte.

Photo by Gabriele Diwald on Unsplash

Pasados los años sigo reteniendo notas y compases que una guitarra me clavó a una estrella: si me río es porque la nota de la risa sonó alegre entre las paredes de la  Rotonda. Si lloro, que no lloro, es porque se quebraron – Rain and Rears – los últimos verbos que jamás debieron pronunciarse entre la Rotonda y el hall. Cuánta palabra maldita por estúpido juvenil afán de domino.

Si escribo, y escribo tan a menudo, es mucho por lo mucho que se llenó mi mente en momentos de lectura en la Rotonda, en discusiones de los mayores o en silencios de ojos grandes.

Un privilegio. Así entiendo esos años jóvenes de manos entrelazadas, de salidas y venidas. De un paraguas al salir al estreno de Oliver o cualquier otra película. Años jóvenes en los que se compusieron canciones que hoy vuelven a versionarse: “Those were the day” (Mary Hopkins) o el imperecedero “Yesterday” (The Beatles)

La Rotonda, era para nosotros esa estación de descanso, antes de la siguiente aventura en la nieve de Reinosa o de risas e intimidades en las calles cercanas, tomando un vino o comprando un regalo.

Claro que era un privilegio elevado a los cielos la Rotonda cuando llegaban las horas, qué cortas, de la Navidad donde esa familia amplia que éramos tíos y primos se reunía. A nosotros nos permitía la reconciliación y el beso de la paz. Filter. Sí y un cigarro, LM tú, Chester robado a papá yo. Luego, más tarde en el final de los días de las risas sonaba el “Closet to You” (Carpenters).

Photo by Annie Spratt on Unsplash

Pero nada iguala la felicidad – una suerte, un don, portento regalado – de las tardes en que se descubre lo que la vida mejor puede darte. Pocos habrán tenido una conjunción de “casualidades” que les permitan gozar de lo que era tan improbable como inmensamente inspirador: el ser.

Ser uno mismo y ser de otra persona en un mismo largo día a día, tarde a tarde… Sucedió porque lo quiso el cielo y lo ciñó a la Rotonda y a las personas que la habitaron. Eran los días en que el corazón encuentra su libertad acompañada hasta el último horizonte.

Mientras, California sueña.

Idea fuente: ninguna. Sí un sentimiento abrigado en la Rotonda de la casa paterna.

Música que escucho. «California dreamin’”, Sia (2015) traída de la película «San Andrés». La versión de original de The Mamas & The Papas (1966) pervive.

José Ángel Domínguez Calatayud

2 respuestas a La Rotonda interior

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