Como un puffin en su roca

Every bird was born with feathers

Every wing was shaped to fly

We spin around ‘til we stop all motion

Let the heart move until the earth can touch the sky

(Everybird, Peter Gabriel)

Uno se siente como uno de esos pájaros de Isle of May, en el Estuario de Forth, al noreste de Escocia. Uno de esos frailecillos, puffin le llaman los de allí. Un puffin es algo original, elegantemente vestido y atento a lo que viene. Habita la roca pero sobrevuela el Mar del Norte donde pasa el invierno sobre las aguas atlánticas. No siente, sin embargo, la necesidad imperiosa de adentrarse hacia Edimburgo. No es de tierra, no ansía el grano de cebada ajena, de la que alguien sacará cerveza para descansar la conversación o llorar un amor perdido.

Isle of May, Anstruther (Escocia)

Prefiero ser  puffin. Hoy estoy profundamente puffin. La isla no me aleja del mundo, me lo pone en perspectiva. Me basta elevarme unas yardas a golpe de aleteo y veo el fondo de las cosas. También desde la rocosa orilla escucho los pensamientos de las mujeres y los hombres. No los entiendo, pero me los traducen la olas.

Luego, de esos pensamientos retiro para mí las mejores ideas y me las aprendo refugiado en el nido frente al batir de las olas contra las rocas: espuma salvaje y perfume marino. Es bueno rumiar buenas ideas que los hombres dicen y olvidan.

Si tengo que volar mañana hasta Eyemouth, al otro lado del estuario o más allá me alivian el viaje. Un viaje necesita o un destino o un alivio. O ambas cosas.

Porque los hombres que nunca han volado sueñan con hacerlo pero ignoran la medida del peso. No el peso de la gravedad que quiere estrellarnos contra la marea como contra la vida, sino el peso de volar horas sin otra compañía que el viento. Tampoco saben que el viento habla poco al puffin. El viento no va a nuestra velocidad: nos acompaña pero sin quitarnos la soledad. Somos nosotros los que vamos a su ritmo y, por tanto, si dice algo no lo oímos pues no hay roce ni contraste.

Pero lo que decía: se hace duro volar en silencio. Por eso los pensamientos escogidos con cuidado son una cosecha de palabras que inspiran y nos hablan. Yo estoy atento a la costa mirando por encima de mi pico naranja y negro para captar los suspiros de la gente y quedarme con sus palabras.

puffin

La otra noche llegó a mi casa de Isle of May algo mejor que la confidencia traída por un pescador de Crail. Se trataba de un tesoro que entre nosotros es especialmente apreciado: una canción. ¡Eso sí que nos gusta! Alguien cantaba una balada de los tiempos heroicos de los hombres de Alba, que es como se llamaba esta tierra en los años antiguos.

Desde luego frente al chirriante graznido de las gaviotas o el bocinero canto  – kitti/waak – que dio nombre a los kitiwake aquella balada era para que las plumas se erizaran emocionadas. Cuánto dolor olvidado tenía en su música. Y cuánta alegría soñada sus versos. Ahí sí: esas bellezas vibrantes las guardo en el equipaje de mi cabeza migrante para el otoño. Esa época que se llena de viento polar y olas encabritadas las adorno con canciones como hace con su nido la arrogante alca torda.

Ahora en julio, sin lluvia y con viento templado me siento un puffin en su salsa, si se me permite la expresión, metido en mí pero con el  trajín de miles de congéneres que anidamos – cortos vuelos, pasos decididos y pesca – en esta isla que es nuestro continente. No necesitamos más.

En medio del estuario vemos pasar los barcos mercantes y allí a lo lejos unos jugadores de golf que hablan otra lengua venida de algún mar cálido. Ellos también cantaban y batían palmas con algo de mejor ritmo que el vecino cormorán moñudo de la cornisa de al lado.

Balada para seguir el vuelo

Pero vuelvo a mi balada traída por aquel pescador y me paro a pensar. Es sencilla la vida, pero los humanos se la complican ellos solos. Más tarde encuentran en la canción un modo de hacerla entendible. Me gusta que lo hagan, que llenen de belleza lo que les rodea. Les comprendo, porque a los puffins nos pasa algo parecido: la música nos calienta el aceite bajo las plumas del cuerpo y de este modo caldeamos el corazón. Así somos los de la estirpe de los Alcidae, gente común: vivimos en el mar, soñamos en los aires y nos acuna una balada de amor, de lluvia, de lágrimas y de un fuego encendido.

Idea fuente:  a la vista de Isle of May una tarde de julio

Música que escucho: Everybird, Peter Gabriel (2019)

José Ángel Domínguez Calatayud

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Una respuesta a Como un puffin en su roca

  1. Nacho dijo:

    Si sabía que eras culto, inteligente y creyente, lo de escritor, me sorprende gratamente. Enhorabuena.

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