Mientras respiro, tengo esperanza

Tenía el rostro girado al Oeste, hacia Carnoustie; un poco más cerca se extiende el primer hoyo del Old Course de Saint Andrew. Al costado de éste se alarga a la playa. Allí se rodó la escena de la carrera de Carros de Fuego.

Estaba sentada en los bancos del bajo acantilado que miran al mar entre el monolito del Martyr’s Memorial y la iglesia de Saint James. Pero lo que sólo existía hoy ahí eran sus ojos y el mar en mutua atracción.

Playa Saint Andrews, Escocia

Y el sol. Sol de julio en una Escocia avara de verano como los enamorados de una corta conversación de teléfono. No se ama porque es corta, se ama más porque no hay tiempo para un beso. La brevedad intensifica la necesidad de amar con más corazón, como un concentrado de infinito.

Al verla en aquel estado de desolación, arrasado el rostro por las lágrimas, las manos retorciendo un pañuelo y una soledad sin límites en los ojos me pareció comprender lo que pasaba.

Dos estudiantes en un banco frente al mar puede ser un cuadro impresionista. Una mujer abandonada en ese mismo banco es un drama. Pero una mujer joven oteando una nada marina a dos pasos de un acantilado huele a desesperación camino de la tragedia.

Le pregunté si necesitaba algo y aunque dijo que no con la boca, debió decir que sí con el resto de su ser, pues terminamos ella hablando y yo escuchando su historia. Una historia que es vieja en general, pero siempre nueva, única, para quien le toca sufrirla.

Universidad de Saint Andrews, Escocia

Estudiante española con un Erasmus para la Universidad de Saint Andrews había conocido a Alex, compañero de clase. Se había enamorado de él. Iba a decir que él también de ella, pero no tengo elementos de juicio suficientes para afirmarlo con rotundidad.

Lo cierto es que el joven, hizo lo que quiso. Y lo que luego nunca debió querer, pues sin acabar el curso se fue donde la memoria no lo alcanzase. No sabe el insensato que la memoria lo alcanza casi todo; el olvido nunca se olvida.

Le invité a un café regular en el salón de té del Hotel du Vin de Scores St. desde donde tras los cristales se veía el mismo paisaje pero a cubierto de todo riesgo. Y ella rompió de nuevo a llorar: ese lugar, esa vista era “de ellos”. Le creí: lo era en el sentido abisal con el que los enamorados se apropian de las estrellas, de la luna, de las calles o de la canción que sonaba en los días de su amor.

Supe por ella cuál era la canción de ellos. Helios, de Sía (“I’m trying but I keep falling down/I cry out but nothing comes now/I’m giving my all and I know peace will come/I never wanted to need someone”). Hay letras que las carga el diablo.

Score Street, Saint Andrews, Escocia

Me dicen que tengo facilidad de palabra, pero puedo asegurar que no sabía qué decir ante el dolor sin consuelo. A ver qué palabras hay que no suenen a manidas, a triviales o falsas. ¿“No es nada, se te pasará”?. “¿Eres muy joven, encontrarás a otro?” Vaya cosa tan estúpida, incluso si fuese verdad.

Ese el momento más difícil de comunicar. Las palabras no son herramienta suficiente. Es la hora de escuchar. Es la hora del silencio. Es la hora de comprender.

Y de recordar que comprender es compartir. Es la hora de dedicar algo de tiempo paciente. Yo tenía cita para jugar un partido de golf en el Eden Course, pero ya no llegaría. El camino al Edén es tortuoso, pero feliz al fin.

Salimos del café y conseguí que bajara conmigo dando un paseo por Links Crescent, mientras más distraída me contaba cosas de España y de su familia. De vez en cuando la congoja saltaba en suspiros.

Lo único que pude compartir con ella fue otra canción. No era actual. Pero era más que eso: era atemporal. Mejor, era eterna pues sus cadencias anudan todos aquellos momentos en que la mujer o el hombre necesitan anclar de nuevo su arado a un destino.

Y eso no se hace con la mirada en el arado, sino con los ojos en una estrella. Sólo ella puede lograr que el surco se trace recto. Con terrones llenos de lágrimas, pero recto. Y luego saldrá el sol. Le hablaba ya de esperanza. Y del sol que está llegando.

Ese sol de mediodía que ya templaba las olas del Mar del Norte.

Algo que dije le hizo reír quedamente. En ese momento le regalé un marcador de los que se usan en el golf para señalar la bola en el green. Era como un botón, con el escudo de Saint Andrews.

El escudo está partido en dos flancos; en el derecho, sobre fondo azur y plata, la figura de San Andrés con su cruz característica delante de él; en el flanco izquierdo, sobre monte un clásico roble fructificado; frente al tronco, un jabalí en sable, matizado en gules. El escudo lleva una corona mural y debajo la divisa con el lema «Dum Spiro, Spero«.

Casa Club, Old Cours Saint Andrews, desde Links Crescent

Se quedó mirándolo y leyó el lema. No dijo nada más. Me fui cuando parecía más tranquila. No supe más de ella.

De un teléfono que no he reconocido he recibido esta tarde un mensaje de whatsapp con los emoticonos de una sonrisa, una graduada, una herramienta, que he tomado por un arado, y una estrella. Y sólo tres palabras: “mientras respiro, espero”.

Idea fuente: una persona sentada en uno de los bancos del pequeño acantilado entre Score St. de Saint Andrews y el Mar del Norte.

Música que escucho: Whiter Sade of Pale, Annie Lennox (1995); la versión original de Procol Harum se lanzó en 1967.

José Ángel Domínguez Calatayud

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