La estrella que siempre está

En su muro de Facebook un amigo, copresidente conmigo de una sociedad por fundar, evocaba algo típico de estas fecha: las Lágrimas de San Lorenzo y lo hacía con una frase:

Lo mejor de ver estrellas fugaces es darte cuenta de la belleza de las que siempre están”.

La noche de las Perseidas es en la que miles de ojos se dejan las dioptrías escrutando el firmamento. Son los instantes para no perderse las estrellas fugaces.

Photo by Nick Owuor (astro.nic.visuals) on Unsplash

El corazón pega un brinco con el avistamiento de la primera. Si es un corazón solitario cierra los ojos mientras pide un deseo. Si es un corazón acompañado comparte con el índice la trayectoria. Emociona esa primera estrella, porque en una tierna cuna del alma mecemos la primera estrella, la que no se olvida, la que inspira, la que nos hace más niños, más amables.

Las Lágrimas de San Lorenzo se refieren a la más intensa lluvia de estrellas fugaces del verano, que suele comenzar a mediados de julio y extenderse hasta finales de agosto, aunque es en los días centrales de agosto cuando se produce el pico de mayor intensidad. Este año 2019 el pico de actividad se produjo entre las noches del 12 y 13 de agosto, con hasta 120 meteoros por hora.

Delante de esa lluvia de estrellas corre el cometa 109P/Swift-Tuttle. A la velocidad de 60 kilómetros por segundo, de la piel de Swift-Tuttle se desprenden una pequeñas partículas que, por la alta temperatura, vaporizan al sentir el tacto de la atmósfera de la Tierra: ese toque es el que enciende el destello fulgurante que recorre el firmamento y atraviesa de luces nuestra emoción.

Photo by Neil Rosenstech on Unsplash

Al seguir con los ojos el bello espectáculo de cada estrella fugaz, nos perdemos en lo efímero y estamos ciegos para lo permanente.

¿No es esto trasunto de nuestra vida de hoy? Nuestros ojos corren detrás del último aparato electrónico; nos atrapa el chisme recién contado; la última novelería oscurece la idea raíz; se tropiezan los pies persiguiendo la moda naciente y perdemos el estilo que es lo que permanece. No queremos dejar de seguir la catarata de noticias, minuto a minuto, como delata el historial de nuestra navegación por  Internet. Hay que «estar al día». Y el peligro es «estar de noche» para la propia vida.

Pero se ve que esto ocurre casi como parte de un tipo de condición humana. Así les pasaba en Atenas a aquellos ciudadanos a los que Pablo de Tarso traía una novedad de resonancias eternas: “Todos lo atenienses y forasteros que residían allí no se dedicaban a otra cosa que decir y escuchar algo nuevo” (Hch, 17, 21).

Ese “aliquid novi” es subyugante y, sin embargo, podemos hacerlo compatible con lo que evoca mi amigo en Facebook “Lo mejor de ver estrellas fugaces es darte cuenta de la belleza de las que siempre están”.

Photo by Luis Quintero on Unsplash

Y esas estrellas que siempre están enmarcan las lágrimas celestes de agosto. Pero también son la luz para tus ojos, la verdad que nos abraza con ternura fuerte, la belleza perenne que justifica a la que pasa, la noche luminosa que consuela nuestros temores y nos da valor para pasar los días repartiendo cosas buenas.

He nacido bajo una estrella errante y la bella distracción de lo que pasa no me pesa si miro con amor a la que arde dentro de mí.

Idea fuente: estrellas que están siempre, la certera visión de un amigo.

Música que escucho: “Wand’rin star”, Lee Marvin (1969). La cantaba en la película «La leyenda de la ciudad sin nombre» (Paint Your Wagon, título original) protagonizada por el propio Lee Marvin, Clint Eastwood y Jean Seberg. Dos versiones de interés: Frederick Loewe, compositor de la música del film, y Engelbert Humperdinck.

José Ángel Domínguez Calatayud

Etiquetas: , , , .

Los comentarios están cerrados.