Exposición prolongada a «fake news»

Escribe Mathilde Damgé (“Non, le Wi-Fi n’est pas un « tueur silencieux”, Le Monde, 16/0816) un artículo que desmonta la alarmante argumentación sobre los daños que puede provocar el wifi: infertilidad, interrupción del desarrollo de los niños, desórdenes cerebrales. Así, llegan a llamar a wifi “el asesino silencioso”.

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Tales alertas provienen en Francia del sitio how-economiser.fr, sin embargo, se encuentran huellas en muchas otras publicaciones, como Health + Magazine o Natural Tips, ambas clasificadas en rojo en Decodex, porque difunden mucha información falsa.

Y ahí acaba todo… o debería acabar: “no hay evidencia experimental sólida para establecer un vínculo causal entre la exposición a los campos electromagnéticos y los síntomas descritos” declaraba ANSES (Agencia Nacional de Seguridad Sanitaria) del país vecino.

Pero no creo que termine; los seguidores de la Teoría de la Catástrofe Universal seguirán insistiendo, pues pocas cosas más atrayentes para algunas cabezas que seguir dando sustos. Herederos de los pesimistas históricos, ellos ya ven el fin de un mundo del que no se sabe ni el día ni la hora.

Los desastres irremediables físicos, médicos y humanitarios llegarán, sin duda, cuando toque y con la magnitud que corresponda. Ya veremos que pasa. O no.

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Pero las que ya están aquí y bien visibles son los efectos de las prolongadas exposiciones a la falsedad. La epidemia de las “fake news”, esa sí está acabando con el Hombre,  o al menos con el diseño original del bípedo implume.

Su origen se remonta al Paraíso y a la primera periodista mentirosa, la serpiente, y su fake news acerca de los poderes de la manzana. Desde entonces la mentira acompaña a la mujer y al hombre hasta nuestros días. Pero ahora es mentira masiva, procaz, cabalgando sobre la la tierra a velocidad de Internet.

En los últimos decenios la desinformación revestida de verosimilitud se hace pasar por verdad; ahora ya se llama “posverdad”, pero viene de una “prementira” acerca del bien, la verdad y la belleza y la, para quien la defiende, imposibilidad o inutilidad (a efectos prácticos es lo mismo) de conocer esos bienes.

Las consecuencias de esa prolongada exposición a la falsedad pueden verse en el cuadro patológico que presenta nuestra sociedad: desconfianza, temor, desorientación.

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Desconfianza: ¿qué medio es fiable? ¿qué científico es creíble? ¿en manos de qué político dejamos nuestras haciendas? ¿cuánto cotiza la palabra del amigo?

Miedo: pavor a decir las cosas como son, con sencillez; terror a ser acusado de algo, de ser preterido de la sociedad por ser honrado; vergüenza a decir la verdad en la que crees, a llamar mal al mal y bien al bien; miedo, sí miedo, a no ser premiado (ascendido, reconocido, aceptado) por defender la vida, la compasión y el amor verdadero. Horror sobre todo al compromiso.

Y desorientación: hay multitudes, masas ingentes (followers, fashion victims, influenciados de los influencers) que no pueden dar un paso porque ignoran la dirección a tomar hasta que alguien tan poco serio, tan poco formado o más malicioso que ellos les indica con un sólo eslogan en las redes sociales hacia dónde ir y con qué carga de odio o frivolidad.

La epidemia de la exposición prolongada a las fake news es pandemia y está marcando una tendencia global.

Sin embargo ya hay movimientos ciudadanos que trabajan para poner lo cierto por encima de los dudoso, lo verdadero sobre lo falso y la dignidad de la persona por encima de la hegemonía de los mediocres del “seréis como dioses”.

También hay quien como elmundotoday ha hecho de ello un divertido modo de reírse de los mentirosos: sus noticias – todas falsas – están tan bien narradas que hasta algún periódico la ha reproducido como auténtica. ¡Este mundo!

Idea fuente: campaña sobre daños del wifi.

Música que escucho: You’re My World, Helen Reddy (1977). Es versión inglesa de la canción original Ce Monde de Richard Anthony (1964). Muy apreciables también las versiones de Tom Jones y Dionne Warwick.

José Ángel Domínguez Calatayud

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