Ternura, golf y parálisis cerebral

Mamá ha vuelto a llorar. No llora mucho. Lo hace sin ruido y se da la vuelta para que yo no le vea. Piensa que es culpable. La tía Mónica le ha explicado que no es ella, que son cosas que ocurren. Parálisis cerebral la padecen uno de cada 500 niños. Yo tampoco la culpo.

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Tengo tres hermanos mayores: Iñigo, Fátima y Luis. Mi hermano Luis que me lleva cuatro años se metió donde las rocas. Mamá le había dicho que tuviera cuidado. Pero Luis es siempre un lanzado. Quería ver sargos o serviolas, o recoger una caracola. Aunque lo que más le picaba era ver de cerca un águila de mar. Había oído a unos pescadores que era muy peligrosa y que te pincha y te mata.


Total que se metió en el agua a bucear con gafas y todo; quedó atrapado su pié en una roca. Mamá que estaba al tanto se tiró flechada. Ella nadaba bien siempre. Pero ahora íbamos los dos. Se sumergió y luchó hasta liberar el pie de Luis. Pasamos debajo del agua unos tres minutos. Yo sentí que me ahogaba. No me llegaba nada de oxígeno por el cordón. Mi corazón bombeaba asfixia. Pienso ahora que me desmayé, porque no recuerdo más.


Los detalles esos los sé porque siempre piensan que yo no escucho. Mamá se lo contaba a tía Mónica por teléfono. Siempre cuenta muchas cosas a tía Mónica por teléfono. Nunca se lo dijo a papá; para proteger a Luis, supongo. Pero cuando nací como nací y el médico le preguntó, ella se lo contó. El médico no le dijo nada; sólo, como tía Mónica “que son cosas que ocurren”.

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Como mis piernas no pueden sujetarme estoy en silla de ruedas. También mi pierna izquierda es más boba que la derecha. Eso digo yo. El pediatra le dice a mamá que le falta tono muscular. No sé que es eso. Aunque peso más, mamá me coge en brazos. Me encanta. A veces me aprieta tanto que vuelvo a oír, como el mar, sus latidos de sereno corazón.


Ella ya no está triste todos los días, ¡eh!; que se ríe un montón con las gansadas de Iñigo que se pasa el día haciéndome gracias. Fátima piensa que le entiendo. Bueno, sospecha que de algo me entero. Me entero de todo, pero no puedo hablar porque los músculo prelaríngeos y los estíleos están “tocados”. Lo sé porque el pediatra se lo explicó a mamá. ¿A que sí me entero? Entonces sí lloró. Ahora ya no esta triste todos los días.

Fátima, como piensa que de algo me entero me lee libros. Estos días está con El Principito. Es como yo, pero de otra estrella que tiene una flor. Es como yo, pero habla y viaja solo. Yo nunca viajo solo. La verdad, nunca me dejan solo. Me encanta El Principito y sus ideas.


Y también me encanta ver golf por televisión. Me paso horas viendo el Circuito Europeo y el PGA Tour. No puedo hablar pero me sé todos los nombres. Me gusta Jon Rahm. No me gustan sus pantalones.


Lo del golf llevo viéndolo tres años. Me cuidaba Fátima y estaba puesto el golf en la tele. Yo me fijé un momento porque ella había encendido la tele sin pensar y se había puesto a jugar con el teléfono. No me hacía caso, la verdad. Así que comencé a prestar atención.

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Entonces, como mis músculos del cuello están también “tocados”, lo veía torcido. Pero bueno, era calmado y me serenaba. Me parecía curioso: ¡qué lejos tiraban la bola! Y luego en lo más fácil – ¡zás! – fallaban un putt de dos pies. Yo entonces no sabía que era putt y qué eran pies. Bueno, los míos sí.

Cuando llegó mamá y vio la escena de mi hermana tirada en el sofá con el móvil y a mí con mis ojos torcidos viendo a Jordan Spieth, que tiene una hermana que es como yo, echó una bronca a Fátima – “es que no puedo faltar media hora”.


Y apagó la tele.

Luego me miró. Y volvió a mirarme. Sus ojos se fijaban en los míos como los del Zorro en los de El Principito. Creo que le llaman con ternura. Tornó a encender la tele y se giró para mirarme a los ojos de nuevo. Ahora su mirada parecía la de El Principito evocando su flor rodeada de baobabs en aquella estrella tan lejana. Sí, era ternura.
Luego saltó con la alegría del inventor.
..- A Pedro le gusta el golf – y sentenció -: desde ahora en está casa abonados al golf con Pedro.


Desde entonces siempre me lo ponen. Por la noche papá me deja ver los majors y Augusta con él. Mamá protesta un poco, pero me mira y sonríe. Ella ya no está triste todos lo días.

Hoy ha venido Bartolomé. Es su santo. Bartolomé me cuida cuando todo están en el cole o en el trabajo.

Me ha contado que hay una Fundación sobre lo mío y que han hecho un concurso para ayudar a los que están así. El que gané podrá jugar con Pedro Oriol. Sé que aquí no se puede hacer publicidad pero lo cuento igual. Hay niños que no tienen hermanos como Luis, Iñigo y Fátima. Ni un papá que ve los majors. Ni una mamá que pueda estar con ellos, y darles un abrazo con un corazón que suena a mar, y una mirada que descubre en un instante que estando yo en otra galaxia estoy en sus ojos.
Sí, es ternura. Los chicos y los hombres también pueden tener ternura. Me lo ha dicho Bartolomé.
(https://lunatics.es/experiencia/pedrooriol)

Idea fuente: ternura en un cerebro herido
Música que escucho: Tears in Heaven, Eric Clapton (1992). Una canción nacida en una tragedia: Conor, de cinco años, hijo del cantante y compositor se precipitó desde la planta 53 del apartamento de Nueva York donde residía. Dos versiones más le han dado continuidad, la que lleva acústica asociada de Boyce Avenue y la de Emmerson Nogueira.

José Ángel Domínguez Calatayud

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