Blanca, somos nieve

Descanse en Paz

Más cerca del cielo fuiste a despedirte, Blanca. Con una parte de tus suspiros hechos vaho. Con el recuerdo de cumbres ascendidas y vertiginosos descensos. Tu eras nieve. Otros son mar.

Las personas nos distinguimos por ser mar o por ser nieve. Una u otra, pero no las dos: la mar o la nieve.

Hay cuentos preciosos, trayectorias vitales de gente de tierra adentro que descubre el mar para meterlo bajo su piel y quedar cegada ante esa maravilla siempre la misma y siempre cambiante.

Otros, acaso poco después de dejar de ser niños, sienten que el corazón les cambió, se les hizo grande, sin límites, cuando vieron la nieve. No sólo ver nevar. Personas, tú y yo, que fuimos cautivados al sentirla bajo los pies, muy fría pero que incendiaba el corazón desde aquella primera vez.

Éramos jóvenes de ciudad y costa. De hábitos urbanos y uniformes de colegio. De lluvia gris, bella también en la gris ciudad. Y descubrimos que había una excursión a  esquiar. Nos apuntamos y fue un día inolvidable, seguido de otros en una edad emocionante y torpe: esquíes, gafas, guantes, anorak  y gorro chulo.

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Cómo disfrutamos en la preparación, en reunir todo, en soñarnos descendiendo juntos por la pendiente y en tener muchos ratos nuestros y únicos. También, que especial nervio la víspera para no quedarnos dormidos. Y madrugar. Y vestirse. Y atarte yo la botas atrevido. Y el autobús y la música. El día fantástico con los amigos que continuó con la fiesta apreski y más canciones con el cuerpo medio roto.

Hay personas que son mar. Hay personas que son nieve y la viven a tope y no de modo aficionado. Blanca, así fuiste. Naciste en ella. En ella creciste y te la sabías de memoria. Hasta ese momento único, cuando la nieve pierde su propia mansedumbre para convertirse en obsesión de décimas de segundo. Ahí te elevaste a otro plano.

Entonces la nieve es la amiga entrañable que enardece el corazón pero que también es roce que frena el palpitante descenso de un slalom. Amiga que te da gloria, como a ti. Pero que tiene momentos que te reta y sabes, Blanca, – supiste -, que ella o tú. Y tuvo que ser ella. La nieve siempre sale victoriosa al final, como los ojos de la persona amada que guardan los recuerdos, como el santuario que es de la belleza de las montañas que nunca pudimos conquistar del todo.

Tuvimos la nieve. Ella nos tuvo a nosotros. Y todo tiene su momento, menos ella, la nieve, que cada invierno vuelve con aires mansos y tersura forjada de vientos y fríos para decirte ¿por qué no volvemos?

Volví un fin de semana pero en otro paraje distinto y vi que, como las madres, seguía igual de hermosa. Más asentada si quieres, con los desafíos pacificados y los recuerdos revolucionados. La vida, ese lecho de contradicciones, cantaba una vieja canción que dio en la diana: “vendo la nieve en una hoguera”.

Ahora, desde esta madrugada, todo un mundo de la nieve, del esquí, de la familia y el deporte llora Blanca – blanca paloma, Blanca– porque al caer en la montaña rebotaste hasta el cielo.

Photo by Emily Toycen on Unsplash

Al decirte hasta luego –no decimos adiós- teníamos la tentación hoy, de cantar con Adamo una  canción de la primera vez: “Triste certitude/Le froid et l’absence/Cet odieux silence/Blanche solitude”. Pero no es verdad, la muerte no tiene ya el viejo poder: está vencida: “tristitia vestra vertertur in gaudium”. Vuestra tristeza se volverá gozo.

Si hay un algo en tierra que hable de Fe, es la arena cierta junto al mar. Mas si quieres escuchar el poema infinito de la Esperanza sube a la montaña. Mejor si, como en aquella mañana, está nevada. Llevamos la nieve dentro. O dentro llevamos el mar. Somos mar. Somos nieve.

Idea fuente: Descanse en paz, Blanca Fernández Ochoa

Música que escucho: Tombe la niege, Salvatore Adamo (1963)

José Ángel Domínguez Calatayud

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