Comunicación: la vida-tunel

Le reconocí nada más verlo. Estaba más envejecido, claro. También algo encorvado y con un aspecto errático a la orilla de la Ría, junto al Guggenheim. Si me hubiesen preguntado entonces hubiera dicho que aquel compañero de la juventud iba a tirarse.

Museo Guggenheim, Bilbao

Decíamos ayer…

Sí: que al comunicar hemos de tener en cuenta sus referencias vitales. ¿Qué hay dentro del que me habla, del que me escucha, del público que me lee?

Sin un mínimo de sintonía no habrá nada común. Sin nada común, nada se comparte. De persistir la ausencia de pulso sintónico, el final puede ser peor: no es largo ni tortuoso el camino de la indiferencia al desprecio.

Esta es uno de los motivos de que convivamos con ese tipo de  Robinson-Crusoe-Urbano que esta en una isla en medio del tráfico, en los ascensores, en la oficina y  -¡ay! – en nuestra casa. Se aísla, nos aleja de su playa-smart y se defiende de nosotros con unos pedúnculos adheridos en sus orejas.

Muchos de estos humanos, no todos, tienen una vida-túnel. Otros se encuentran en vida-túnel porque se metieron ahí (trabajo, deporte, labores domésticas) cuando eran jóvenes y al pasar los años se miran en el espejo estupefactos, sorprendidos de que su vida siga siendo igual. ¿Qué es esto? ¿Dónde se han ido mis días?

Y llega un mañana en que, abandonado el túnel por un instante, uno se encuentra con una compañera de clase o con un colega de la juventud y entonces el estupor se convierte en angustia: ¿qué tengo, 50, 60, 70 años? ¿Por qué éste sonríe? Mejor, ¿por qué no sonrío yo por dentro?

La oscura vía en la que has vivido te hace considerar que tú existencia es bien poca cosa.

Uno puede estar en una vida-túnel por mucha circunstancias buscadas o impuestas de algún modo.

La auténtica vida-túnel es la de quienes absortos en sí mismo no tuvieron tiempo para los demás. Ni siquiera para mejorarse a sí mismos. El ejemplo que me viene a la cabeza es la vida de Emilio, protagonista de una novela de Xavier Dominguez Marroquín, mi padre. Emilio, vida-túnel, queda retratado en el mismo título. “Vivió para nadie”. Y en uno de los primeros párrafos: “Ante el dilema Cristo o Barrabás, Emilio se quedó con la ‘o’

Esa “o” es la boca del túnel que lleva camino de la falsa libertad. Sin compromiso, sin entregarse ni a una mujer, ni a una causa, ni a un ideal era más que un hombre un vegetal viajando oscuro en un contenedor de un tren que iba siempre bajo tierra. Es decir, bajo alma.

Tratar de comunicar con alguien así presenta la dificultad de que ese alguien ni te ve, ni te oye. Romper la cáscara sin que le dañe la luz es cosa de cirujanos de la mente y de oftalmólogos del espíritu.

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Me acerqué a él y, con una cara de sorpresa que parecía dar las gracias caminamos hasta la puerta del Museo. Era de un curso delante del mío en el colegio, pero habíamos salido de potes por Ledesma con la misma pandilla. Estudió arquitectura y le fue bien, con mucho trabajo hasta la crisis de 2007. Pero se recicló y salvó los muebles (y las alfombras, pinturas, residencias y otras posesiones) con un programa de cálculo. Estaba allí de pie y con rostro de circunstancias; había ido a ver la exposición Jenny Holzer, me dijo. Ese tipo de cosas eran de las pocas ventanas que dejaban ver la luz en su ya angustiada vida.

Esas dos últimas palabras las pronunció él mientras nos dirigíamos paseando cerca del Parque.

Me sorprendió lo pronto que me abrió su corazón para contarme que se había casado; que no tenía hijos; que se había divorciado (ella estaba harta de no verle, de no sentirlo, de no recibir muestras de cariño); que ganó una pasta; que viajó; y que estaba sin luces por dentro: sin meta ni esperanza.

Paramos a tomar una cerveza en el Patito Feo, de la calle Máximo Aguirre y los dos nos alegramos de esta distracción de contarnos cosas de los viajes a esquiar los domingos de inviernos, de los bailes en La Bilbaina, de aquella chica – qué habrá sido de ella -, y del otro compañero. Y de mí. Y de él. Y ahí miró a la calle y suspiró.

Photo by NeONBRAND on Unsplash

.- Amigo, ¿qué hago? Nada vale. Nada vale nada – me decía.

Pedimos otro par de cervezas.

.- No tengo consejos. Pero sí te digo que salir de esta oscuridad es como salir del metro. Necesitas un destino y salir en alguna estación a ver luz y respirar. Te diría que aproveches esta conversación y salgamos juntos en la próxima.

.- ¿Qué quieres decir?

.- Me has dicho que tienes fotos de arte;  esa es nuestra primera estación. Vamos a publicar juntos un libro para iluminar a otros.- le sugerí.

.- Pero tú ya no vives en Bilbao… -quería excusarse

.- Preston vive en Massachusetts y Child en Florida y se están forrando como coautores de novelas de acción. Sabes que se puede – le dije riendo

.- Puede más el que quiere que el puede, me dijiste una vez – musitó con añoranza y me dio un abrazo fuerte de bilbaíno, para continuar-: iba a quitarme la vida…

.- Pues ahora nos quitaremos juntos la muerte – le respondí apretándolo junto a mí.

Idea fuente: sabemos que la vida está en hacer feliz a alguien.

Música que escucho: Amigo, Roberto Carlos (1977)

José Ángel Domínguez Calatayud

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