Comunicación sin ira

Ya sea en el Reino Unido o en Estados Unidos, como informa el Frankfurter Allgemeine Zeitung (Schwarzer Dienstag, 27/09/2019), en ambos casos sus máximos dirigentes han respondido con insultos y acusaciones: el uno, Boris Johnson a los parlamentarios tras sentencia que anula la “prorrogación” de las sesiones; el otro, Donald Trump contra el movimiento de los demócratas hacia una destitución del presidente por su llamada a Ucrania para que se investiguen los pasos en ese país del hijo de Joe Biden.

Boris Johnson y Donald Trump

En España, las palabras y los gestos airados suben de tono, exacerbando ánimos. Algunos ya han pasado de las pintadas al amonal.

Ya lo iba repitiendo Calígula – “oderint dum metuant” – por los pasillos de sa Domus Augustana. Qué me odien mientras me teman. Eso y ¿luego qué? ¿Qué puede pasar cuando te dedicas a odiar y ha comunicárselo a todos?

Pues lo que sucede es que alguno puede dejar de temer y si tiene la oportunidad te hace llegar el mensaje en la punta de un puñal. Casio Querea, a quien el emperador consideraba un pésimo recaudador de impuestos y un marica, recibía de Calígula epítetos iracundos e hirientes como Príapo y Venus. Querea fue el primero en apuñalar al emperador y le siguieron los pretorianos conjurados que le acompañaban. Un día cualquiera de enero del año 41.

Enero es un mal mes para matar. Peor para morir.

Europa, el mundo, y nosotros mismos dejamos atrás hace nueve meses nuestro enero, pero parece que en el tiempo transcurrido, lejos de apaciguarse, el recalentamiento de las almas es más veloz, intenso y criminal que el de la superficie terrestre.

Photo by Callum Skelton on Unsplash

El aire de las almas perdió hace tiempo la capa de ozono y le abrasa una maldición de rabia, odio y mal gusto… “Intoxicated with animosity” (MacCaulay): Un aire “envenenado de animosidad”. Lo estamos respirando, lo leemos en la prensa, lo sufrimos en algunos telediarios que lo inoculan, eso sí, con la ira dulce de la sonrisa de una locutora o con las imágenes embarazadas de soplos científicos. Una ira que se desata en palizas a una compañera de clase, en un bocinazo al que nos quita la plaza de aparcamiento o contra quien piensa diferente en la Asociación de Vecinos.

La segunda parte de este post tendría que describir cómo podemos nosotros vacunarnos contra la propia ira; cómo comunicar sin odiar. Porque la primera víctima – y, finalmente la última – del asesinato de Calígula, fue Casio Querea, que sufrió antes de la acción y poco después de ella ejecutado por orden del tío de su víctima, el emperador Claudio.

Lo primero para comunicar sin ira es ser libre: tan libre que nos poseamos a nosotros mismo por la paciencia. De hecho dejas de poseerte cuando estas que te “llevan los demonios”.

Son pocas las veces que algo odioso requiere irremediablemente una respuesta inmediata. Stephen R. Covey, catedrático y humanista, solía poner la imagen de la “segunda oportunidad”. En vez de reaccionar con ira, uno puede reconstruir la imagen de cómo le gustaría reconocerse a sí mismo tiempo más tarde al recordar que respuesta dio. Es como una película de la que podemos ser guionista, director y protagonista. ¿Cómo quedo como una persona digna? Los que tenemos fe sabemos que veremos esa película cuando Dios quiera. Alguno querremos emocionarle con un happy end.

El caso del periodista que escribe o habla ante un micrófono o una cámara, ofrece casi siempre, la oportunidad de meter en la nevera el texto ardiente; de pensar que el otro es de la misma raza – la humana – que él; de sacar más tarde el texto y, ya enfriado, rescribir alguna parte con lo mejor de uno mismo. Con fortaleza, por qué no, pero con ecuanimidad.

En las relaciones personales, en las más íntimas, la fluidez confiada de la comunicación, es un factor de grandeza, que se empequeñece si no somos capaces de perdonar.

Le encontraste buscando un disco

Sí, están las rupturas, los adioses. No siempre con ira, pero siempre divisores. El silencio vuelve a ser el mejor sonido si hay rabia. Luego, – cuántas vueltas da la vida –, en una biblioteca, mejor en la tienda de discos de toda la vida, unos ojos conocidos están del otro lado y sus dedos buscan la música que eleva. Cuando se levantan y las miradas se atraviesan, te das cuenta de lo valioso que fue no montar más número que el arrebato breve pero intenso para evitar lo inevitable.

Sabemos que con el tiempo por medio, si siempre hubo luz y nunca violencia, es fácil coincidir en reírse juntos con timidez al escuchar en el sonido ambiente de aquella tienda la música de la película “Barri Lyndon”, de Stanley Kubrick, que no es otra que la “Sarabande” de Händel.

Sin ira, pero con el tiempo fugado.

Idea fuente: la ira sitúa muy bajo el umbral de ignición de la comunicación.

Música que escucho : Sarabanda, Suite para clave en re menor HWV 437, Hándel. Esta pieza fue utilizada además de por la película citada por un anuncio de Levi’s (2000) y en otro de Coca-Cola (2011).

José Ángel Domínguez Calatayud

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