El rostro, primera comunicación

Conducía mi amigo Luis por la autovía que lleva a Huelva. La circulación a la salida de Sevilla era cualquier cosa menos fluida. Tres carriles llenos de coches rodaban sobre el asfalto. En un momento él, que llevaba el coche por la izquierda, maniobró a la derecha para dejar que avanzara un Porsche que venía veloz y pegado a nuestro paragolpes trasero.

Para ocupar el carril central, Luis se coló en el espacio que dejaban dos coches. A lo mejor el espacio no era muy largo. El primer síntoma de que algo de eso había, es que del Peugeot delante del cual se metió nuestro coche salió un persistente sonido de claxon. El conductor repetía los bocinazos una y otra vez. Luis no decía nada. Sólo conducía sereno al ritmo que marcaba el tráfico.

De repente, el coche de atrás, sin dejar de hacer sonar el claxon, tomó el carril izquierdo y se puso a la altura del nuestro. Su conductor, varón, mediana edad, de pelo moreno volvió la cara hacia Luis para mirarle con odio. Mi amigo ni se giró para verlo. Pero yo si vi aquel rostro. Odiaba con su rostro.

.- ¿Has visto la cara de ese tipo? – dije.

.- No, pero sé con certeza que su rostro me estaba matando – respondió Luis -. Si le hubiera mirado su deseo mortal permanecería y, a lo peor, encendía el mío. Ha empezado a matarme con su rostro lleno de esa sensibilidad destructiva. La parte positiva es que se ha quedado en grado de tentativa en lo físico. Por dentro de él el asunto es diferente.

Primera comunicación

El rostro es la primera comunicación. De hecho el rostro es una acción en sí mismo. Es una tarjeta de presentación. Qué digo tarjeta, es el tomo de lo que soy. En palabras de Emmanuel Lévinas, “en la expresión un ser se presenta a sí mismo”. Así lo escribió en su libro “Totalidad e infinito. Ensayo sobre la exterioridad”. He podido leerlo en “El «rostro» del otro: Una lectura de la ética de la alteridad de Emmanuel Lévinas” (Olivia Navarro).

Con el rostro llega la condena y ejecución de quien odia. El que odia quiere ver el rostro de su odiado para acabar con él, para que nunca más tenga exterioridad que comunicar. Quien no odia puede también matar, pero como el motivo no es la aversión, no tiene necesidad de ver el rostro de su víctima: es el caso del aborto. Por eso hay muchos testimonios de que al ver en la ecografía el rostro se desiste de esa acción.

El rostro personal es un torrente incontenible que no deja de comunicar. Cada rostro en su decente desnudez nos dice mucho y profundo. La condición es no quedarnos en la frente, la nariz, los ojos, los labios, sino atravesar todo ello para llegar a conocer todo el mensaje que no emite antes incluso de oír su voz. O ella – la cara – o yo conmigo mismo. Hay siempre que optar: primero yo o primero el rostro del otro lado.

Sin rostro

En el extremo del espectro, se nos clava en el corazón el rostro del amor. “Hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado…,/¡hoy creo en Dios!”. Miramos el rostro para amarlo.

Amarse es mirarse al rostro hasta el final: sin miedo, con ternura y darlo todo en esos ojos. “The first time I ver saw your face”. Incluso en el alejamiento el otro rostro permanece siendo un rostro amable. Y, bien lo sabemos, no vale la fotografía pues ella no es sólo sus rasgos: lo que valora, lo que asume, lo que aspira no cabe en cuatro lados.

Verse cara a cara sí cabe. Para eso tenemos, quizás, una vida.

Idea fuente: el rostro es la primera luz a compartir. Compartir nace de comunicar.

Música que escucho: El 7 de septiembre, Mecano (1991)

José Ángel Dominguez Calatayud

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