En la habitación de nuestra soledad

No estaba hoy para escribir nada. Preso de un vértigo que me tiraba al suelo, tampoco podía leer. O sea, un bendito día, de ojos cerrados y quietud. Luego la medicina me ha permitido alguna luz, como ver los mensajes. Entre ellos el que  contenía el vídeo que acompaña estás líneas. (2, 5 minutos)

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No sé que le dirán a cada uno estas imágenes. En mi caso, lo primero que me han dicho es que vuelva con la imaginación a esos comedores familiar, del colegio, de la universidad e, incluso, a la cantina militar del Regimiento donde hice mis prácticas.

De eso hace mucho tiempo y por ello eran comidas de tecnología cero.

Vamos a ver, no voy a decir que todas las comidas eran celebraciones llenas de jolgorio y diversión. Hubo escenas, Y duras. Pero también, mejor sobretodo, humanidad. Un rostro te anuncia el significado del “no matarás”. Pero te proclama aún con más fuerza “me has visto y ya no puedes desaparecer de mi vida”. Acaso con la edad se esconda en algún rincón cavernoso de la memoria oculta. No perdida. Basta que te den dos pistas y enseguida la vida se ata a esa cara, a esos ojos.

(Paréntesis: son las nueve de la noche del sábado y la máxima autoridad doméstica constituida, recordando mi estado de salud, me ha apuñalado con sus ojos al volver a casa y verme con el teclado: cambio y corto.

Abro veinte horas después del cierre de ayer).

Pero es claro que algo habrá que hacer para que las personas nos tratemos. El trato es condición del compañerismo. La palabra cara a cara es el umbral de la comunicación. Al otro lado de cada uno,  en la habitación de nuestra soledad, está el pomo de la puerta de la comunicación: la puerta de la comunicación sólo se abre desde dentro.

Photo by Jens Johnsson on Unsplash

Pues resulta que algunas habilidades de “cerrajero” están en nuestras manos:

  • Reuniones de trabajo breves sin ordenador ni móvil: un papel, un lápiz y un capuccino con canela.
  • Una cerveza, dos cervezas, con los amigos: el primero que coja el móvil paga la ronda.
  • Un comedor – una habitación que se utilizaba en las casas hasta el 2000 – sin wifi, sin aparatos.
  • Una cena con tu amor en un restaurante buenecito (¿con vela?, pues sí) donde os miráis a los ojos; y el teléfono apagado. “¡Horror!, ¿apagado?, ¿no lo dirás en serio? Pues lo digo en serio. Es más rápido apagar el teléfono que el latido de tu corazón, pero es más fácil arruinar el amor al borde de una mesa. Una palabra amable, y otra, y otra. Y escucharle, sonrisa en ristre, la historia que ya te contó.
  • No te insertes los auriculares hasta que estés solo y por necesidad de estar solo.
  • Al entrar en el ascensor dile buenos días al vecino del cuarto mirándole a la cara. La primera vez quizás no te contesta. Si después de dos veces y de preguntarle por su hijo Diego te suelta una impertinencia, te invito a comer.
Me llamo Alfonso y me gusta bailar

Esta mañana en la cafetería habitual leía los periódicos, mientras tomaba mi café. Llevaba puestos mis auriculares oyendo desde Spotify mi “playlist” “MOYÚA” con música que llegaba hasta el año 1971. Son coplas de añoranzas de la casa paterna y de sonrisas nunca olvidadas. Suelo hacerlo así para concentrarme y  poder leer.

Delante de mí se ha plantado un niño de unos tres años, procedente de unos padres jóvenes que ocupaban la mesa de enfrente.

He descorchado mis oídos porque la criatura hablaba.

.- ¿Qué haces? – me pregunta el niño.

.- Oigo música – le respondo lacónico.

.- A mi no me gusta la música – me informa la criatura.

.- Y entonces ¿qué te gusta? – le pregunto con más amabilidad.

.- Le gusta bailar – tercia la madre.

.- Yo me llamo José Ángel, y ¿tú?

.- Me llamo Alfonso y me gusta bailar.

Nos hemos hecho amigos cuando, desenganchando el cable de los auriculares, he cambiado de registro y los dos hemos escuchado de la lista JOSÉ ÁNGEL música más bailable. Alfonso ha bailado “Qué bonito es querer” de Manuel Carrasco. Su padres han sonreído. La parroquia ha aplaudido. Yo no he leído la prensa, he aprendido otra cosa.

Idea fuente: un video de dos minutos sobre vivir y convivir.

Música que escucho: Qué bonito es querer, Manuel Carrasco (2019)

José Ángel Domínguez Calatayud

2 respuestas a En la habitación de nuestra soledad

  1. Regina dijo:

    Me ha gustado. La cuestión está ampliamente reconocida(: cabe esperar que aquí y allá aparezcan personas capaces de recuperar la comunicación mirando a los ojos
    Un saludo

  2. José Ángel Domínguez Calatayud dijo:

    Cien por cien. Estoy contigo. Agradecido de compartir. Animado por tu comentario. Seguimos. Saludo

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