Mi buganvilla no la maten

Las personas no podemos acabar siendo hojas superfluas de la Humanidad. Tampoco flores excesivas, excedentes, para la tierra.

Esta mañana he ido a ver a mi amigo Alberto ingresado por una importante dolencia cardiaca. Y de paso hacia el Hospital me he encontrado la estampa de la foto que acompaña estas letras.

Reconozco que, por motivos que no son del caso, ando un poco sensible. El corazón tiene  suspiros que sólo otro corazón escucha, ahora en silencio. Pero el hecho de ver buganvillas condenadas a muerte me ha conmovido. Sé que es natural y que entre las la tareas de un buen jardinero está la labor de poda. Son excedentes de la justa ornamentación del seto. Otras  veces esta matanza es necesaria para fortalecer la planta.

No eres una bungavilla: eres vida humana

No sé. Tanta belleza descartada me ha golpeado dentro. No tanto por ella misma, sino por que ha proyectado en mi mente el asesinato asistido de una mujer mayor con Alzheimer en Holanda.

Cuando he visto a Alberto en la cama del hospital he pensado en las buganvillas. “Lo he pasado mal esta vez, amigo”, me ha confesado con la boca lo que sus ojos claros de mirada bondadosa ya me declaraban: había estado más allá que más acá.

Las vidas de las mujeres y los hombres en la tierra no son genéricas, flores excedentes de la tierra que hay que desechar por edad, enfermedad o comodidad de la familia.

La vida de las mujeres y los hombres en la tierra son recia sangre individual que palpita gracia a un espíritu único para cada una, para cada uno. Ese espíritu le confiere tal dignidad que, aun en el dolor – o precisamente en él –, cada persona es acreedora del máximo amor, atención y cuidados, incluidos los paliativos, para que se sepa querido. Y necesario.

No eres, amigo, un sobrante del planeta, un desecho, algo molesto del que deshacerse, para que el arbusto de la ¿sanidad? ofrezca una imagen solvente, o para quitarte de en medio de la familia, ni siquiera si en tu desesperanzado sufrir dijiste que no querías vivir. ¿Quién sabe?

Eres un buganvilla única. Necesaria. Viviente y dadora de vida, de color, de belleza para un mundo de compasión confundida. No permitiré que te quiten de en medio – .¿me oyes?  -; y te abrigaré en el frío; te cambiaré la almohada; secaré tu sudor; acudiré al médico para decir que te alivie del dolor.

Los dos viviremos un día en el que, aunque no me reconoces ahora, me dirás: “qué bien que no me matases aunque sufría; cuánto valoro el amor que me diste. Y eso que yo te había olvidado”.

No eres buganvilla más que en su hermosura: eres persona, alma, amor al que amar.

Idea fuente: la vida humana no sobra; no es algo genérico: es personal.

Música que escucho: Se piange, se ridi. Bobby Solo (1965)

José Ángel Domínguez Calatayud

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