La primera palabra está viva

No se acordaba Cira de cuál fue la primera palabra que dijeron cuando se conocieron. Ni siquiera podría asegurar si fue ella la que habló primero en aquella campa junto al río de un pueblo donde se habían reunido ambas familias. Sí recordaba con cierta seguridad que se entendieron enseguida con los ojos antes que con verbos, sujetos y predicados. También, eran apenas un niños, tenía muy en su mente que hubo largos periodos de obligado silencio. Es doliente el silencio en esos años. El silencio, del primero al último, es un roedor de esperanzas.

¿Cuál fue?

La primera palabra” es el título de un libro de Christine Kenneally (The First Word: The Search for the Origins of Language). Esta investigadora, periodista y divulgadora australiana se adentra en la historia del lenguaje y en sus implicaciones biológicas e históricas.

De su extenso estudio me interesó leer que “las palabras no son sólo etiquetas convenientes para las cosas; más bien, son dispositivos mentales extremadamente poderosos”.

Lo que nos dicen nos modifica. Es en nuestro cerebro donde se hace sitio, sitio activo, lo que escuchamos. Ciertamente hay silencios que nos hacen pensar más, darles más vueltas a su sentido que algunas palabras. Pero, entonces, el silencio viene a ser un tipo de palabra. Es la palabra que no diciendo nada, puede estar alterando nuestro interior de manera condicionante; es silencio que opera como comunicación, Una portentosa comunicación cuando, por lo que sea, desearíamos fuese sustituida por una palabra.

Qué bien lo sabe el joven que hace días pasó una entrevista de trabajo que terminó con un apretón de manos y un “ya le llamaremos”; también el silencio es ahí un roedor de esperanzas.

Photo by Derek Owens on Unsplash

Hablaba antes del sitio activo que las palabras ocupan en la mente, porque una palabra, cada palabra no es algo inerte: es viva, es dinámica: produce efectos, incluso imperceptibles en el momento. Una vez en nosotros la primera palabra y las que le sigan serán actrices que intervienen en la comedia que es nuestra vida; las de los whatsapp de ahora, pero más aún las cartas de papel y sobre de siempre.

Que no se nos muera el cartero, como en la canción aquella de Moustaki.

Recuerdo a aquel compañero  de colegio mayor que apretaba el paso para llegar al hall y ver sobre el mueble rústico, entre todas, la carta de aquella chica. Sólo el sobre ya era una palabra, un contenedor de palabras que aventuraba lo inabarcable.

Podemos expresar lo que el pensamiento elabora con los ingredientes que le son manejables: música, artes, sentimientos y las palabras que los explican. Somos verbales. Y aprendemos a callar. Y a decir.

Cómo ha escrito Kenneally, «de hecho, los humanos no hablarán ni producirán lenguaje a menos que se les enseñe a hacerlo, lo que significa que nuestra notable capacidad carece absolutamente de valor si alguien no está allí para proporcionar un modelo sobre cómo usarlo».

La primera palabra del mundo debió ser una palabra surgida de un apasionado sentimiento – ex abundantia cordis os loquetur -; es el corazón que por la boca, como desde las fauces de un volcán, revienta pavores o imperiosas necesidades. Pero bien pudo ser una palabra de amor. Como lo será la última. La primera palabra tendría que haber sido la que será al final: “amor mío”, sonara como sonara en las primitivas gargantas.

Y después van llegando las respuestas y la mutua comprensión, ya que “en su forma más fundamental, el lenguaje es un acto de atención compartida, y sin la disposición fundamentalmente humana de escuchar lo que otra persona dice, el lenguaje no funcionaría».

Photo by Yee Vonn Tan on Unsplash

La palabra es comunicación; comunicar es compartir: darse y recibir. Plegaria de seres vivos porque compartir es el abrazo de comprender. O, al menos, de querer comprender.

Han pasado los años, serían bastantes para otra persona, pero Cira sigue buscando por los cajones un blanco canto rodado que recogieron de aquel río y que tenía inciso un signo que era un destino, una primera palabra de una primer encuentro.

Idea fuente: la cuestión de cuál fue la primera palabra del mundo: el Little Bang

Música que escucho: Le facteur, Georges Moustaki (1984)

José  Ángel Domínguez Calatayud

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2 respuestas a La primera palabra está viva

  1. Ramón dijo:

    El comentario que hace de la «Primera palabra» es genial y la música de Moustaki muy apropiada. Recuerdo perfectamente el mueble rústico del Colegio Mayor a que hace referencia.

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