Whatsapp : la cercanía lejana

Llevaba conducidos trescientos kilómetros en aquella autovía de rectas largas, inmensos espaguetis de asfalto. Los pensamientos también se alargaron como un suspiro hasta los recuerdos. Los recuerdos llenaron la cabina  de una aire cálido. Y el aire se había hecho amor. En la radio del coche empezó a sonar la canción Bright eyes. Cantaba Art Garfunkel.

No es raro, es común que una canción se clave en en el corazón con intención de fijar una escena, una historia o acontecimiento. Los ojos se llenaron de lágrimas y tuvo que detenerse en la cuneta. Aquellos ojos brillantes eran los de él. Por eso ella paró el coche.

Photo by Nagy Szabi on Unsplash

Habían pasado ¿cuántos años, diez, quince? Allí mirando los campos pardos sembrados de trigo de invierno se puso a calcular con el alma encogida. Pues estaba en octubre de 2019. La ruptura fue hacía diecisiete años. Aún le dio para otro cálculo. Se estremeció: diecisiete años y diecisiete días. Era la primera desde entonces que echaba esas cuentas.

Lo que más le atormentaba no era el tiempo sino el sinsentido del vacío.

Entre hipidos, sola en el coche en medio de La Mancha, se decía a sí misma que era lo correcto, que no había otro solución. Y estaba en la verdad. Pero el corazón tiene razones que el corazón no entiende. Nunca hubo violencia. Jamás de mal modo le toco un pelo, ni la piel. Sin embargo aquella primavera del comienzo del segundo milenio descubrió – en mala hora, se decía ahora – que lo de ellos no tenía futuro. Rutina, tedio y el gris horizonte de los días siempre iguales habían matado las risas y la alegría quinceañera.

El límpido cielo azul se jorobó por la alargada estela blanca de un avión. ¿Por qué el cielo tiene que ser turbado? ¿Por qué la vida no te da respiro? ¿Por qué no esperó a que él se diera cuenta?

Las cunetas de días de poco tráfico se ponen meditativas. Sol, silencio, campo y una grulla en busca de cobijo, aunque no llovía. Cada pocos minutos el apagado sonido de un coche que pasa es sólo un ruido de la tierra viva. Ella se sentía muerta. Pero se dio cuenta de que la muerte es una manera de no sentir. Ella sentía. Por sus cansada mejillas vino a rodar una lágrima caliente para recordárselo.

“Por ir al Norte fue al Sur” cantaba Serrat en la emisora. Cambió a música clásica. Al sur iba ella. Pero ¿y él? Y en el aire acordes de Pachelbel.

tatuaje grabado a fuego imborrable

¿Cómo es que de nuevo su cara venía al recuerdo? ¿Dónde andaría? De una cosa estaba segura: no, él no la había olvidado. Los tatuajes de la piel se borran, pero los del corazón se quedan trenzados a fuego imborrable de dolor, gozo y esperanza.

Bien lo saben quienes nunca olvidaron. La vida sigue adelante, pero el corazón lleva una cojera bien disimulada por la conveniencia, el orgullo y el necesario compromiso de libertad. Porque  la memoria de lo que se quiso a muerte, paradójicamente, nunca muere.

Ella había entendido todo esto con la cabeza, pero terca y vital, había prohibido aceptarlo a su corazón. Dos estrellas en el cielo del recuerdo parecían en su brillo diminuto resplandor interponerse entre ella y el olvido.

Llegó al atardecer al destino del sur. Entró en la cafetería mirando incomprensiblemente si aquellos ojos del adiós – qué duro aquel día – podían estar ahí mismo y ser los ojos del reencuentro. Ella lo había imaginado así muchas veces viajando en el AVE, en el hall de un hotel, junto a aquel lago suizo, incluso en el camino rural cerca de su casa.

Y en un instante el corazón le dio un vuelco: por su fosas nasales le apuñaló el alma el aroma de la colonia que él siempre utilizaba. Se volvió hacia el lugar de donde le parecía partía el olor. No era él; un señor de edad madura muy elegante charlaba en aquella parte con un matrimonio.

¿Qué le estaba pasando? ¡Si hasta pidió un Martini rojo al camarero de la barra! Eso lo bebían ambos cuando los primeros años de ternura y peleas. Y otra vez ternuras y perdones.

Fuera, una tormenta avisaba que era otoño. La grulla sabía más. Lluvia y lágrimas son lo mismo. Fuera el firmamento lloraba. Dentro de ella, una injustificada congoja fruto del cansancio y la música amada le estaba rompiendo. Pero siempre le queda a una el sueño, el sueño de una primavera en otoño.

Vibró el móvil avisando de la entrada de un mensaje de wahtsapp. “Tendríamos que hablar”. No miró quien lo enviaba. No necesita el corazón respuestas cuando la mente ya ha adivinado.

Bajó, la cabeza con lágrimas de esperanza. Y se dijo,  y ahora qué.

Idea fuente: lo que la mente sabe porque el alma se lo ha susurrado.

Música que escucho: Canon y giga, Pachelbel, Berliner Philarmoniker, Herbert Von Karajan. Esta composición es madre de multitud de canciones. Mi preferida es Rain and Tears de Aphrodites Child (1968). Otras conocidas son Oh Lord, Why Lord, de Pop Top (1968). Sus agradables acordes se han introducidos en más de treinta composiciones desde entonces.

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