Ancianos pero personas

Entré esta tarde en la iglesia del Corpus Christi de la Avenida de la Palmera. Eran las siete de la tarde. Para ser día laborable había un buen número de personas. Me puse en la zona media de la derecha.

Dos bancos por delante estaban dos personas viejas. Ancianas, si lo prefieren. De la tercera edad, si se me ponen oficialistas y políticamente en orden.

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Me atrevo a presumir que eran matrimonio. Ambos vestían de gris elegante, a juego con sus cabellos. El abrigo de ella, de amplios cuadros, se mantenía sujeto por la espalda con una trabilla del mismo paño y doble botonadura. Él vestía una amplia cazadora invernal.

Ella parecía no atender a la misa que había comenzado: miraba a muchos lados. Él, sin perder detalle del rito no quitaba ojo de la mujer. Ella era menuda y temblorosa como una última hoja de árbol en otoño. Más robusto él y más alto estaba presto asistir a su mujer que, como un gorrión, seguía con los ojos lo que a su alrededor ocurría. Dos amplias manchas oscuras en su mejilla derecha hablaban del tiempo y sus estragos.

Nunca me pareció angustiada, pero sí inquieta o interesada por lo que ocurría cerca de nosotros. En algún momento, siempre a destiempo de la liturgia sonaba su dulce voz con una plegaria. El marido con exquisitos modales de una ternura llena de paciencia le decía algo al oído y ella entendía que la atención estaba en el altar.

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Siguió la ceremonia. Al poco de volver de la comunión volví a escuchar la voz de ella diciendo “vamos para allí”, señalando el pasillo como si quisiera volver a comulgar. Sujetándola suavemente de la manga derecha el hombre volvió a decirle al oído algo con pausa y ella desistió de avanzar. Pero cantó por su cuenta, ella sola y en tono muy quedo, una estrofa de la canción que los asistentes habían cantado unos minutos antes.

No sé que enfermedad padecía aquella mujer con la cabeza trastornada. Pero sí supe, y confirmé cuando pasaron por mi lado al salir de la mano por el pasillo central, que el amor tiene muchas formas pero un sólo corazón.

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Puede sonar brutal, pero si pierdo la cabeza quisiera ser tratado con la ternura con la que aquel anciano comunicaba con pacientes gestos todo una amor en lo concreto. Puede sonar irreal, pero aquel cariño era de novios. Puede parecer imposible pero me hice casi niño en la sombra del templo imaginándome capaz de volcar una tierna ayuda enamorada a mi lado y a mi adentro.

Idea fuente: minutos de servicio de visible amor, evocadores de los que no vemos.

Música que escucho: And I Love You So, Perry Como (1973). El autor de la canción fue Don McLean que la lanzó en 1969.

José Ángel Domínguez Calatayud

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