Historias desde la soledad

Hay historias personales escritas desde la soledad. Toda historia tiene un tramo de soledad. Soledad de sala de estar. Soledad de estación de tren. De aeropuerto. De malecón en invierno rompiendo el salitre contra el rostro. Soledad de los pasos por el arcén de la carretera.

No son siempre buscadas esas islas de tiempo y lugar donde te planteas que no hay nadie más en el mundo. Bueno, lo hay, pero no va intervenir en los siguientes acontecimientos. Tú y el mundo. Y  una ventana a la eternidad, sea lo que sea esa eternidad para ti. Con su blanca palidez, con lluvia y lágrimas que son lo mismo.

Photo by Jonny McNee on Unsplash

Le sucedió a él aquel lunes. Acabado el fin de semana, las cosas no habían acabado bien con ella. No era la primera vez. Se maldijo por lo bajo. Tenía que haberlo arreglado el domingo por la noche. Una llamada por teléfono hubiera bastado. O no. Porque el teléfono no tiene su cara y la de ella. Y la solución está en los ojos. O no.

Ahora, con mucho frío, haciendo autostop por la carretera, daba vueltas a la última frase de ella.

.- No quieras tener siempre razón.

Fuera de contexto, la frase no daba mucho de sí. Pero entre los dos aquello llegaba después de una discusión y él la recibió como un reproche intolerable. ¿Es que él “siempre” quería el tener razón? Engreída, terca, cabezota. ¿Quién se creía que era?

En fín…allá ella.

Caminaba por el arcén levantando el dedo pulgar de su mano izquierda. ¡vaya frío!, ¿es que nadie iba a parar? Tenía que llegar a la universidad esa tarde, que a última hora tenía dos clases. Había hecho el viaje ese fin de semana para estar unas horas con ella. Todo había ido bien hasta la tarde del domingo. Maldita discusión.

Y ahora estaba solo. Iban a pasar días antes de verse otra vez. Aunque tal y como había acabado el día  – “no quieras tener siempre razón” – igual no habría otra vez.

.- Pues mejor – se dijo a sí mismo, y añadió para su cabeza sin mucha convicción- : ella se lo pierde.

El frío del viento se había detenido, pero lo que no se detenía era ningún coche y llevaba andando una hora. Comenzó a nevar. En otro momento le hubiera encantado. Pero no ahora, pues el tráfico disminuiría y quién sabe si hasta cerraban la carretera.

Hay días, pensó, en que todo sale mal, que la vida se vuelve del revés, y que hasta la cosas más sencillas como estar en paz con la novia o llegar a destino parecen imposibles. Estúpidos abismos donde antes se extendían llanuras de paz.

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La nieve caía oscura. No lo entendía. La nieve tiene que ser blanca y luminosa. Pasó un camión que tampoco se paró. Miró al cielo y el gris de la nieve era opaco. ¿dónde está el sol?

Ella allí, la nieve fría en los pies, en la cara, y ahora casi sin luz. Todo gris. Gris y azul de los pinos junto a la carretera. No entendía por qué ni lo pinos eran verdes como toda la vida. “Ella se lo pierde”, repitió para sí, pero con menos fuerza.

Ahora sí. Ahora se detuvo un coche. El hombre le acogió y además iba a la ciudad de su universidad.

.- Hijo, como se te ocurre hacer autostop en un día como éste.

El calor del coche y la amabilidad del caballero fueron de una gran consuelo.

En la radio sonaba una canción antigua demasiado a propósito: el tema de la película “Love Story”.

Photo by Can Ahtam on Unsplash

No llegó a clase. A lo que llegó es a marcar el teléfono de ella y a decirle: “no te lo pierdes tú: si hay soledad, perdemos los dos”.

Idea fuente: lo que perdemos con la distancia y la soledad

Música que escucho: Where Do I Begin, Andy Williams (1970), Tema de amor de la película “Love Story”

José Ángel Domínguez Calatayud

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