La comunicación: velocidad de crucero

Hay una sevillana que escuché por primera vez en las bodas de plata de una mujer querida. Fue en la campiña del Rocío. Ella me perdonará que no me acuerde de la fecha. Pero sí me acuerdo, del lugar, de la hoguera que templaba el frío de la noche, del rasgar la mano las cuerdas de la guitarra y el sonar de “Tiempo detente”.

El estribillo cálido era el oxímoron del aire: “tiempo detente/que es tan grande el consuelo/que mi alma siente…/¡que duren mis anhelos eternamente!”.

¡Tiempo detente!

El deseo “de que no se acabe nunca el camino”, es piedad, porque es amor de lo que los ojos no ven, pero sí el corazón para el que no hay distancia insalvable. Y es amor, porque es piedad que ensancha el alma hasta las orillas del infinito. Me he acordado de la entrañable fiesta sureña al volver a leer sobre la costumbre que se está introduciendo, y de la que ya escribí, de ver televisión a mayor velocidad (1,5 o x2) de la que está grabada la obra.

La polémica desatada  tiene su origen en la posibilidad ofrecida por Netflix  de ver en móviles Android a mayor velocidad la película “El Irlandés”. Sólo tienen que descargarse la “aplicación Video Speed Controller, una extensión del navegador Chrome de Google” y toman el control sobre la celeridad del visionado.

Video Speed Controller

Y no es sólo que estemos en un tiempo de cambio. Nada de nuevo tiene observar que las cosas no son lo que eran. Sólo el espíritu permanece. El cambio y el tiempo son hermanos siameses nacidos con la Creación para señalar el deterioro de todo espacio y materia surgidos con ellos.

No, no es que la que gente sólo quiera cambios. Es que lo efímero ha ocupado toda pausa, toda reflexión, cualquier contemplación. La quietud aterra. Se huye de lo lento, sea en cine, lectura, teatro, pintura, actividad deportiva o conversación.

La conversación es con pulgares rápidos ante la pantalla. La investigación, como nos hacía ver este mediodía un catedrático, una autoridad de Comunicación, acude y encuentra fuentes en segundos en Internet que tardaría semanas en una biblioteca. Y si puedo hacerlo en segundos no empleo días. Y si puedo enterarme de la trama en una hora no me trago las tres horas y media del film de Martin Scorsese.

Y eso enoja a los creadores de obras: “No, Netflix, no. No me obligues a llamar a todos los directores en la tierra para pelear contigo en esto. Ahórrame ese tiempo perdido. Ganaré pero tomará toneladas de tiempo. No juegues con nuestro tempo. Te damos cosas bonitas. Déjalas como las creamos para que se vean”, grita en su artículo Laurent Carpentier (Ils consomment films et séries légèrement en accéléré : les adeptes « speed watching »”. Le Monde, 05/12/2019).

La polémica con los autores está servida. O no. Podrá el dinero. Sí, en parte. Pero con el canto al tiempo de la piedad y del amor “detente”, puedo hacer de la espera – aquí, de pie – una obra bella, una filigrana artesanal que graba a fuego los minutos eternos que encierra el cariño.

Despacio la copla

Vuelve la música pausada. Vuelve la conversación amable y una tarde lenta que se hizo noche de frías estrellas frente al fuego de tu hoguera: “Perfiles de tu ermita,/mi canto/y al mirarte a los ojos/mi llanto”.

Idea fuente: la velocidad de crucero de la Comunicación

Música que escucho: Right Here Waiting For You, Richard Marx (1989)

José Ángel Domínguez Calatayud

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